Los funerales son para la gente de hoy día epílogos tristes de una vida, el final amargo de un drama, son auténticas punzadas de dolor que no dejan indiferente a nadie, excepto a una persona, a la estrella del funeral. Y es precisamente el protagonista del evento, el que puede aprovecharse de ese acto para pasárselo realmente bien. Quizás sea la excepción que confirma la regla, quizás no, pero en mi caso, mi funeral fue de lo más divertido.
Tajante, tal y como suena. En la misma Iglesia donde fui bautizado, donde pase algún que otro domingo con los amigos de la infancia hasta hacer la comunión, la misma iglesia donde me confirmé mientras mi enjuta abuela sollozaba de emoción, yacía yo en un ataúd de abedul reseco y viejo, con los ojos cerrados y el rostro rígido, presidiendo mi ceremonia. Aún así, entonces ya no era yo, porque podía verme en ese féretro, andar por la iglesia, escuchar lo que otros decían, incluso hacer mis propias conjeturas. Pero como nada en esta vida es perfecto, tenía unos límites impuestos, no se exactamente por quién, pero solo estaría en esa fase espectral durante mi funeral, tras el cual desaparecería de la tierra, y nadie podría verme ni oírme, era transparente para todo el mundo, además de tener acotada mi movilidad a la Iglesia, de la cual no podría salir. Eso me dijo una voz que podría ser de mujer o de hombre antes de dejarme en el altar viendo como empezaba la misa por mi muerte.
Antes de proseguir pido disculpas por no haberme presentado, y ya puestos a ello, voy a hacerlo. Varón, cincuenta años, más obeso que delgado y más feo que guapo. Y un dato muy importante. He muerto siendo heladero, un heladero soltero. Este último dato revela que en mi funeral no estarían presentes ni mi mujer ni mis hijos, aunque si sus respectivos sucedáneos. Mi mujer puede ser Jon, un irlandés viejo y malhumorado, dueño del antro más sucio y sórdido de la ciudad, donde desde los quince años, llevaba yendo día sí y día también a tomarte una, tres o diez cervezas. Y que buenas que estaban, por lo menos a partir de la cuarta o quinta el sabor se volvía supremo. Pobre Jon, en sus días de gloria había conseguido llenar el Bar con un aforo máximo de tres personas, contándome a mí, y a los dos únicos amigos que he hecho en mi vida. Esos compatriotas de los que hablo no iban a la tasca tanto como yo, estaban casados y se supone que eran decentes y que no les gustaba el olor a vómito y orín del Bar de Jon. A mí en cambio siempre me ha gustado. Siempre he esperado a que un perfume de Gucci tuviese el olor del Bar de Jon, aunque pensándolo bien, que demonios, no me hubiera llegado el dinero para comprar el maldito perfume.
Y mis hijos, podría llamar mis hijos a las más de cien prostitutas que me he trajinado también desde los quince años. Mi madre decía que soy muy prematuro e impaciente, y puede que sea verdad, pero me arrepiento de no haber empezado las aventuras con mi mujer e hijos aquí descritos desde los diez años, o que carajo, desde mucho antes si cabe.
Mis amadas putas, comenzábamos a interactuar cuando Jon cerraba el Bar, es decir, cuando mi amado barman estaba trompa y empezaba a disparar con su escopeta a las mugrientas jarras de las que los dos habíamos dado cuenta durante toda la noche. Vaya tipo, decía que eran jabalíes, y cuando pasaba eso lo mejor era salir corriendo de mi amado antro inmundo, no vaya ser que a uno le confundan y la jodamos ¿no?.
Todas las pelandruscas que me trajinaba trabajaban y vivían en una casita contigua a la taberna de Jon, y con todas ellas además de hacer el respectivo servicio, a no más de una o dos por noche, resultaron ser grandes confidentes de mis secretos y yo de los suyos. No se como podían estar enamoradas de su chulo, todo el día peleándose entre ellas, se ponían alcohol hasta en el líquido de las lentillas y coca en los tacones. A mi me contaban todo lo que hacían, pero uno nunca dirá nada, que para algo soy una persona decente.
Y tan decente que siempre he abierto puntualmente la heladería, y he servido miles de helados de muchos sabores a todo el mundo que así lo desease. Lástima que odiase los helados, que me dieran arcadas al ver cada saborcito en su tarrina por las mañanas y a veces escupiese en los mismos por las tardes para refrendar mi ira. A los clientes les gustaban igual o más, así que no veía por que no hacerlo.
Las cremas de los helados las hacía la dueña de la heladería, una vaca gorda que se llamaba Michelle. Descarada, cotilla y malhechora, no me subió el sueldo ni una sola vez en los treinta y cinco años que he estado trabajando en esa cueva con olor a maripositas y chocolates. Claro, no os lo había dicho, comencé a trabajar en la heladería a los quince años, la misma edad con la que empecé a frecuentar el garito de Jon y a jugar con las chicas del Bar de enfrente. Y eso que en casa había dinero para ir a la universidad y hacer todas esas cosas que hay que hacer, pero mi madre siempre ha dicho que soy muy alternativo, y lo sea o no, la verdad es que no cambio mis decisiones a los quince por nada en el mundo.
Disculpad otra vez, soy muy maleducado, eso también es verdad, pero no es justo que desvíe la atención de la historia. Estábamos en mi funeral, comentando que alguien con voz de travelo me había concedido la virtud de ver mis exequias y a los asistentes de la misma. En la primera fila se encontraban mi madre y mi padre y mis cuatro hermanos. Todos abogados, como mi padre, son una élite y toda una representación de decoro y decencia. Sus rostros estaban desencajados, pero no de tristeza, sino de aburrimiento. Y no les culpo, mi padre me odiaba, y siempre trasmitió a mis hermanos ese odio ex profeso hacia mí. ¿Por qué? No soy hijo suyo, sino que del cura de la parroquia, y desde que mi padre se enteró, cuando cumplí los anecdóticos quince años, sentenció mi destierro de su corazoncito de heladito, y de paso del de mis hermanos. Pero no me importó, nunca me hicieron la vida imposible, simplemente eran indiferentes conmigo, aburridos como ahora lo estaban en el funeral, mirando las paredes de la abandonada iglesia, en busca de algún detalle que les haga más corto el tiempo de espera antes de irse de sus respectivos asientos.
Mi madre en cambio si que lloraba, es más, vaya numerito estaba montando en la Iglesia, a base de sollozos y de apretar su pecho a su elegante vestido negro recién comprado. En el fondo sé que estaba chiflada, preparaba la venganza para alguna de sus amigas que no le había dado el pésame, y pensaba en edificar un panteón descomunal y lujosísimo donde albergar a toda la familia y ser así la envidia de la ciudad. Mi madre era así, muy elitista y muy rencorosa, pero ante todo, era mi madre, y la comprendía. Me parece normal que quisiera vivir emociones morbosas, y para ello diese cuenta del entonces joven novicio de la iglesia entre los cojines de terciopelo púrpuras del confesionario, ese mismo siervo de cristo que lideraba la misa en mi funeral. Cuando se quedó embarazada de mí se lo comunicó al prelado, pero entonces al curita le entró por las entrañas su vocación y sintió por triplicada la llamada de cristo, negándose así a que mi madre abortase, y claro, también negó a su hijo, concebido en el mayor de los pecados, dicho sea de paso. Pero en el quinceavo aniversario de mi nacimiento, con unos remordimientos y una exageración abrumadora, se presentó en mi casa y se lo contó todo a mi padre. Entonces se hizo el silencio, al cura se le quitaron los remordimientos de conciencia, mi padre atajó su ira siendo indiferente conmigo, mis hermanos más de lo mismo y mi madre tragó su rabia haciéndose atea y no volviendo a pisar la iglesia, aunque de todas formas, ya había estado en ella derrochando tanta pasión y devoción, que tenía el cupo de visitas cubierto para toda su vida, y dos reencarnaciones si es que existen.
Ahora volvemos nuevamente al funeral, más concretamente al segundo banco, donde estaban mis dos amigos, Jack y Jason. En su cara se denotaba tristeza, aunque sabían perfectamente que esto podía pasar en cualquier momento. Habían estado conmigo en el garito de Jon, también habían jugado con mis hijas, y sabían que ese era un modus vivendi con una esperanza de vida corta. Ahora se mostraban sumisos junto a sus respectivas esposas, las cuales contaban los segundos para salir de aquél circo. ¿Y qué hace de un funeral un espectáculo circense? Lo hacen las panteras y leopardos, las cebras y los leones, esto es, mis chicas putas tristes.
Todas ellas, desaforadas y alteradas, con el rimel corrido, la resaca de alcohol y estupefacientes de la pasada noche en la cara, las braguitas desencajadas, las medias raídas, disfrazadas de tigresa negra, con los colores del arcoiris en maquillaje facial, lloraban y lloraban mientras desprendían un olor a pachuli y semen que a todas ellas envolvía en forma de muralla inexpugnable y atávica. Se movían en desorden entre las últimas filas, y cuanto más decentes intentaban ser, más abochornaban al resto de asistentes. Las mujeres de Jack y Jason las odiaban, no paraban de comentar sus ordinarias vestimentas y esos pechos descomunales que brotaban entre collares de hojalata y corsés talla mini. Por mucho que las criticasen, lo que realmente les pasaba por su cabeza de esposa de anuncio de detergente era un volcán de envidia, celos y ardores, porque querían ser como ellas y no lo sabían. Una vez leí algo de alguien, y sorprendentemente se me quedó grabado en la mente, donde se decía que en el corazón de toda mujer con tintes de Margaret Tatcher se esconde una fogosa e intrépida fémme fatale. En los espíritus de esas dos mujeres podía verlo, sentirlo y palparlo. Quien sabe, tal vez ahora tenía también el don de ver el alma de las personas, joder, me estaba convirtiendo en un elfo mágico.
De todas formas dudo llegar a ser una criatura tan rematadamente élfica como Michelle, la patrona y dueña de la heladería, y de cientos de horas de trabajo de mi vida. Desde una de las esquinas del templo analizaba el percal, repasaba los momentos más jocosos del sepelio para trasmitirlos a su séquito de arpías con las que se reuniría más tarde, y maquinaba quién sería mi sustituto, a poder ser de por vida. Necesitaba otro esclavo al que poder atar a su aburrido negocio, alguien sin ambiciones, que hablase poco y trabajase mucho, y ante todo, alguien que piense que un sindicato es una marca de coches. No creo que tarde mucho en encontrar y someter a sus despóticos dictados a algún pobre diablo de este mundo.
De hecho, le hubiera bastado a alguien como Jon, el tabernero de mi vida, que aún borracho intentaba no caerse del banco, y que con su lívida mirada, a ratos intentaba penetrar más haya de las mullidas ropas que envolvían a Michelle. Estaba muy triste con mi pérdida, se había evaporado el mejor y más fiel de los clientes que jamás regento su negocio, quizás había llegado el momento de poner fin a su trayectoria empresarial en el mundo de la hostelería y alquilar el Bar. Ya pensaría en ello más tarde, por el momento tenía mayores preocupaciones, como angustiarse por mi muerte y por no poder ver a través de las telas que envolvían a la arpía de mi jefa sus partes más íntimas y seguramente mugrientas.
No puedo seguir sin centrarme en la piedra angular de aquel funeral, el personaje más hilarante de todos, me refiero al maestro de ceremonias, el cura o mi padre biológico, o como le queráis llamar. No sabía donde mirar, su canónigo cerebro le estaba haciendo tartamudear sucesivamente, y eso que Dios, Cristo,Pan y Vino no son palabras largas, difíciles ni estruendosas para un discurso de algo menos de media hora. Podía sentir la tormenta que palpitaba en su interior, sentía pena por saber que su jefe se había llevado al objeto más ateo de toda su existencia, pero también alivio por haberlo perdido de vista, todo un torrente de emociones, del cual se percató hasta mi jauría de mujeres, que intentando ser discretas, vociferaban y chirriaban lo pálido y desganado que estaba el prelado. El cenit de la ceremonia llegó cuando tocó repartir entre los asistentes el cuerpo de cristo, menudo escándalo, le temblaban tanto las manos a mi pobre padre, que más bien ofrecía el sumo y sagrado óleo por las orejas en vez de por la boca, y cuando llegó el momento de comulgar a mis amadas lobas, no atinó siquiera a enderezar la mano y alzar el brazo. Que podía hacer él, con esa neurosis compulsiva que le ahogaba hasta dejarle sin aire, si además tenía que ofrecer la respetadísima ostia a bocas con más carmín que labio además de estar sostenidas, si cabe, sobre sendos e imposibles pechos sacrílegos. Así que explotó como una bomba, y sin mediar palabra, huyó a la sacristía, dejando atrás a un público perplejo, y a más de la mitad de las putas sin comulgar.
Fue así como se cerró el telón, y cada cual entendió a su manera que el funeral había acabado. Todos se levantaron, y sin mucho alboroto vaciaron la iglesia en cuestión de segundos, para irse cada uno por donde había venido.
Acto seguido, entraron en el templo dos pseudo humanos con la cara demacrada y andares distraídos, se situaron a la diestra y siniestra del ataúd, y levantándolo, se dispusieron para llevar lo que quedaba de mí al camposanto. Que curiosos me resultaban los enterradores, parecían jóvenes, pero a su alrededor existía un aura que les hacía parecer centenarios, eran unos auténticos zombis, que a pesar de llevar el ataúd con todo el peso que representa la coraza y con el añadido de mi poco saludable y perfecto cuerpo, lo cogieron en un suspiro y lo trasladaban como aquél que lleva a su casa una bolsa de naranjas.
Ya con la iglesia vacía, sin asistentes, cura y muerto, comencé a desvanecerme, a evaporarme, a que se yo, ya me iba de allí, no se a dónde ni con quién, pero ya no podía ver aquel teatro que tanta risa me produjo.
Solo me queda decir un adiós rotundo a mi querida y folclórica madre, a mi poco ortodoxo padre biológico y al AS de la indiferencia, mi otro padre y su séquito de hijos, digo también adiós a la bruja piruja de Michelle, a todos los heladitos con sus saborcitos, tarrinas y cucuruchos, adiós a Jack y Jason, espero que algún día encuentren el camino junto con sus pseudo esposas, adiós a mi gran amigo y casi esposa y concubina, mi tabernero del alma, adiós Jon, y por último, adiós a todas y cada una de las féminas que hizo de mi existencia una ventresca de sabores y color, adiós a cada una de mis hijas, hermanas o almas gemelas, mis amadas prostitutas, si yo fuera Dios, haría y desharía para que ellas pudiesen heredar la tierra, y hacer de este un mundo mucho mejor.
Y por supuesto, volviéndome hacia ustedes con un talante educado, les digo adiós, damas y caballeros de bien, espero que hayan disfrutado de esta lectura sobre mi humilde persona. Quizás aplaudan mi historia emocionados, quizás sientan nauseas, quizás caiga en el más profundo de los olvidos de vuestras mentes, el caso es que me da absolutamente igual, y me atrevo a aventurarles una pequeña confidencia, mi última revelación, casi un fetiche, que sepan queridos y queridas compatriotas, que desde que yo falto en la tierra, los helados que yo servía han perdido sabor y ya no gustan tanto como antes. Eso da mucho que pensar, ¿no creen?
AIMAR RUBIO LLONA.
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