EL FLACO NICANOR
I. Rompiendo palitos.
II. El orgullo ladra su vanidad
III. Moliendo sentimientos
IV. La flecha que quiso ser libre
V. La uña y la mugre del salón
VI. El saber nunca sobra
VII. Hablando de Cristal
VIII. El otro Flaco Nicanor
IX. Un amanecer, una nueva oportunidad de vivir
X. Una luz al final del túnel
XI. Nuevamente juntos
XII. Una serenata sin igual
I. ROMPIENDO PALITOS
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Sus pasos eran largos. Exagerados. Beligerantes. Una vez fuera y conforme se alejaba del lugar, por oleadas aumentaba en sus oídos el volumen de sus propias palabras Nunca más a mi lado. Nunca más caminando juntos. A partir de hoy, ¡abridooorrreeesss!. Nunca más a mi lado. Nunca más caminando juntos. A partir de hoy, ¡abridooorrreeesss¡. NUNCA MÁS A MI LADO. NUNCA MÁS CAMINANDO JUNTOS. A PARTIR DE HOY, ¡ABRIDOOORRREEESSS!.
Se internó entre la gente, poco a poco, mimetizándose con la muchedumbre; es cuando advirtió que su furia, comparada con la inmensidad de la gente, era tan insignificante, tan bizantina. Se sintió ridículo por el aspaviento con que había actuado.
Pero, el Flaco Nicanor, era el Flaco Nicanor. Su palabra, era palabra de hombre de honor, por eso tenía que cumplirla. Sin embargo, en el trayecto, se detuvo varias veces, porque la tentación de girar en ciento ochenta grados y regresar por ella, era testaruda. Pero tenía que honrar su palabra para estar bien con su conciencia. Sus palabras habían cerrado toda posibilidad de reconciliación.
II. EL ORGULLO LADRA SU VANIDAD
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En este punto, ya había culminado la calle de todos los días. Se encontraba en la esquina, en la cual, con ella, acostumbraban voltear a la izquierda. Sin embargo, esta vez, dobló a la derecha, para sumergirse por una callejuela extraña, que no era la cotidiana; pero al menos, era la vía más adecuada para escapar de los demás y seguir con prisa hacia ninguna parte.
Pese a que deseaba inaugurar el hecho de caminar solo, se sentía raro sin su compañera de siempre. Se sentía vacío, como sin existencia. Ahora se arrepentía de haberla dejado en ese lugar. Cuántas veces había compartido con ella la caricia de
III. MOLIENDO SENTIMIENTOS
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Pensándolo mejor, por primera vez en muchos años, el Flaco Nicanor podía hacer lo que quisiere; ir a donde su antojo le señalara, sin tiempo ni presiones ridículas. Por fin era totalmente dueño de sí. Lo bueno, de entre lo malo, era que se había atrevido a dar ese paso trascendente hacia su completa libertad. En adelante tendría una sola preocupación: Él; y, nada más que, él. Una ocasión para gozarla lentamente, a sorbos, de a pocos, como un trago fino, sin desperdiciarlo, hasta la última gota.
¡Por qué esperé tánto tiempo!, se dijo en silencio. A gozar de la vida y de todas las oportunidades que se me presenten. En este punto, al recordar sus palabras, sintió cierta justificación que alivió sus remordimientos, hasta diríamos que discretamente, se felicitó de haber dejado las cosas en su sitio..., y clara como el agua de lluvia (...)¡Qué creías! ¿Que seguiría aguantando tus mañoserías y caprichos? ¡Pues no... Esto se acabó! Mejor digo, todo terminó entre nosotros. Más calmado y con menos remordimientos, se congratuló por su valiente decisión; por eso no volvería a buscarla ni en sueños. Y siguió caminando con más aplomo.
IV.
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El Flaco Nicanor quería desmentir la historia de la flecha. Él sí demostraría que es posible independizarse totalmente de la cadena del pasado, no importando lo molesto e incómodo que hubiere sido. Entonces más decidido ganó distancia hacia el futuro. En los días que sucedieron se entregó, sin control, al trago, al tabaco y a las mujeres..., o no necesariamente en ese orden; pues, el turno de los factores, nunca alteró al producto.
Sus interlocutores, casi como letanía aprendida, siempre tocaban el tema de su soledad. Preguntaban por su compañera..., que dónde estaba, que por qué tan solo, qué había ocurrido, que no era posible después de tanto tiempo, que debería buscarla, que no sea vanidoso y otros porqués a los que Nicanor aprendió a contestar solo diciendo: Después de las seis..., ya nada importa. Esta frase, que no decía nada, tenía doble efecto. Desconcertaba al preguntón, quien se decía a sí mismo ¿Qué habrá querido decir?. Y para no parecer tan torpe, aparentaba entender todo el mensaje, por lo que se apresuraba a contestar usando un tono de total convicción: Claro, tienes razón...; después de las seis..., ya nada importa. Y seguían bebiendo, copa tras copa, ya sin más preguntas. Esto fue así, por unas semanas, hasta que el asunto de la eterna compañera del Flaco Nicanor, poco a poco, pasó al olvido para formar parte de su pasado.
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Oye, te reconocí por tu nariz..., sigue siendo brava tu nariz ¿no? Es tan pequeña, pero tan pequeña que toda la tienda de la esquina estaba metida dentro de ella.
VI. EL SABER NUNCA SOBRA
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Oye, a que no sabes..., ¿cuántos dientes en total, como promedio, tiene el ser humano durante toda su vida?
VII. HABLANDO DE CRISTAL
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Luego, empezó a filosofar sobre el amor con una lucidez sorprendente: Amar..., cruel espera, dulce esperanza. Amar..., brutal veneno, dulce frenesí. Amar..., deleitable dolencia, alegre tormento. Amar..., llaga sangrante, cataplasma de vida. Amar..., masoquismo y narcisismo disfrazados de tormento y ternura, de pasión y santidad. Negación y consentimiento. Mezquina limitación y entrega total. Amar..., palabra que no tiene historia porque es eterna y se vive en el presente ya que el mañana y el ayer son parte del hoy; por eso amarla es nueva oportunidad de recordarla para vivir el pasado otra vez en el presente y muchas veces más, cuantas veces quieras; entonces el hoy es alimento del mañana para volver a amarla en el ayer y en el presente; por eso su amor es eterno y para siempre. Cristal de mis ilusiones..., ¡mi dulce Cristal! ¡Mi amor eterno! Es más siguió monologando QUIERE VERME.
En este punto, empezó a desmenuzar pausadamente las palabras del amigo, muy lentamente como desatando las palabras del mensaje, repitiendo sílaba tras sílaba el mensaje, anonadado..., como si en su inconsciente hubiera subrayado, de pronto, la segunda parte del mensaje: TE QUEREMOS VER.
¿TE QUEREMOS VERRR? Qué ¡¡¡QUÉ..., QUÉ!!! Estalló como un energúmeno. Cómo es eso de: ¿TE QUEREMOS VEEERRR? ¡Gordo desgraciao! ¡Haber, ACLARA DE UNA VEZ! ¿¡CÓMO ES ESO DE QUE QUIEREN VERME!? ¡EXPLÍCAME, SI PUEDES!
VIII. EL OTRO FLACO NICANOR
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Las dos últimas palabras las escuchó, apenas, ya al borde de la calle; pero, herido como estaba y aun cuando la intención del amigo fuera otra, él las interpretó como una burla; una burla ruin y baja, como una estocada innecesaria al vencido. No faltes, repitió en su mente, y no sé por qué, su soledad se hizo más intensa, su corazón de vistió de noche y su orgullo de penumbra.
Ya en la calle, el Flaco Nicanor se abrió paso entre la gente y el torbellino vehicular de la metrópoli. Un extraño dolor de cabeza se abrazó de su desgracia, y no quiso soltarla por nada. Habían desaparecido la bizarría en su mirada y la mueca de suficiencia de sus labios.
Para darse ánimo, iba a recitar su consabida arenga El Flaco Nicanor, es el Flaco Nicanor, pero lo que se taladró en su mente fue: El Flaco Nicanor, es el ingenuo del siglo; expresión interna que a él mismo lo sorprendió, sin saber el porqué. La verdad fue que, siguió caminando y caminando, mientras las gruesas gotas de la lluvia invernal se hundían con facilidad entre su ropa, bañando la tela y a la miseria de sus pensamientos, para reivindicar al hombre que todavía quedaba en ese espantajo, quien agobiado por la herida de su orgullo, nunca antes pisoteado, y adormecido por el abundante licor ingerido, mas quien sabe, por no saber a donde ir, se quedó dormido al pie de un árbol del parque municipal, quedando, su huesudo cuerpo, expuesto a las inclemencias del clima.
IX. UN AMANECER, UNA NUEVA PORTUNIDAD DE VIVIR.
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Una trabajadora de la municipalidad, encargada de la limpieza pública, al verlo igual que un redivivo, se hizo la señal de la cruz y se retiró como alma que lleva el viento. Otro intento, y con acopio de todas sus fuerzas, se impulsó y... aprendió a caminar nuevamente. El dolor de cabeza se extendió rápidamente por todo su cuerpo, especialmente por la espalda y los músculos de ambas piernas. Se sintió débil, muy débil. El frío de la noche y la lluvia habían hecho su trabajo. Como pudo, salió del parque. En su camino encontró lo que podría llamarse un restaurante, con unos cuantos tablerillos por mesas, sin comensales y una pequeña pizarra que invitaba su Rico caldo de gallina.
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Todavía me invita el desgraciao, se dijo mortificado; o mejor diciendo... decepcionado. Pero mejor es así. No iré ni de vainas. Se cree el escogido por la reina Victoria espetó desde lo más profundo de su frustrado corazón, lleno de envidia, pero no de rencor. Pude casarme con ella, pero así es mi destino monologó casi con irresponsable conformidad.
La fiebre continuaba enraizándose en el cuerpo, mas no en el hombre quien, removiendo entre los escombros de su ego, sacó a relucir la última porción de su acostumbrada vanidad, para decirse entre dientes: ¿Y, por qué no debo ir? ¡Ah! ¡Pues... iré! ¡Sí señor, iré! ¡Es más... se dijo muy convencido, cantaré para ellos como nunca. Cantaré para ellos con todas mis fuerzas y mi alma, mi corazón y mi guitarra.
Al pronunciar la palabra guitarra, repentinamente se calló, como aguijoneado por su conciencia; como si de pronto hubiera encontrado una dificultad insalvable: ¿Mi guitarra...? Mi guitarra, se repitió con extraña añoranza. Entonces recordó cada una de sus palabras que empezaron a repiquetear en su mente al ritmo de los latidos de su corazón, mientras remachaba: ¿Cuál..., cuál guitarra?, si hace tiempo la dejé en ese rincón. Hasta le dije: ¡Ahí te quedas! ¡Y..., PARA SIEMPRE!¡Qué creías!, ¿que seguiría aguantando tus mañoserías y caprichos? ¡Pues no...! ¡Esto se acabó! Mejor dije; todo terminó entre nosotros! Nunca más a mi lado. Nunca más caminando juntos. A partir de hoy, ¡abridooorrreeesss! ¡Cada uno por su lado! Y dando media vuelta sobre mis argumentos, salí sin remordimientos, dejándola en ese lugar oscuro y húmedo. ¡Pobrecita! ¡Pobrecita mi guitarra! ¿Estará allí todavía? ¡Tánto tiempo..., sola.
XI. NUEVAMENTE JUNTOS
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Mientras el Flaco Nicanor desempolvaba su guitarra, se disculpaba una y otra vez con ella como si entendiera. Finalmente, y solo después de lustrarlo, le dijo con ternura, como quien busca disipar el enojo de su dama: Aunque sea la última vez que me acompañes, por favor, esta vez no me falles. ¡No me falles..., por favor! ¡Vamos, mi nena, como siempre, como en los viejos tiempos! ¡Juntos! ¡Cantaremos para Cristal! Pero, sin saber el porqué, el nombre de Cristal, esta vez, le sonó extraño..., lejano..., con sabor a traición.
En otras circunstancias, posiblemente el Flaco Nicanor, por encima de cualquier consideración, hubiera re-encolado con mucho esmero el cajón de su guitarra, le hubiera bañado con el más fino charol, cambiado los trastes, el capotraste y las cuerdas también, con las mejores del mercado, sin escatimar precios ni salarios; pero esta vez no había tiempo para esos lujos, ni salud para tomarlos en cuenta.
Obligado por la fiebre y el dolor, Nicanor quiso reposar unos breves segundos. Sin embargo, el tiempo pasó sin tregua. Eran casi las once de la noche. Nicanor se había quedado dormido por unos instantes que, al parecer, fueron horas. Las once de la noche se dijo muy preocupado, mientras ingería unos calmantes y secaba el sudor por la fiebre. Justo el momento para presentarme al Salón de Recepciones y dar mi excepcional concierto se tranquilizó a sí mismo. Hasta imaginó su ingreso triunfal, como personaje principal de la recepción. Entonces se puso sus mejores galas y salió acompañando a su guitarra.
XII. UNA SERENATA SIN IGUAL
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Claro que no tenía invitación. Vanos fueron sus explicaciones y protestas, porque no le sirvieron de nada. Sólo cuando insistió de que era invitado de Cristal, la novia que se casó a las siete de la noche en
El Flaco Nicanor, pese a la fiebre que arrancaba su salud, recobró sus ilusiones. Entonces se dijo: No me verán, pero..., por lo menos me escucharán. Y como pudo, tomó la acera con dirección al índice, y se puso a contar cuatro ventanas, estando seguro que la cuarta correspondía al departamento 104, donde estarían alojados su amigo y la felona de Cristal.
De algún lugar se consiguió un ladrillo sobre el cual acomodó su pie izquierdo, y encima de la rodilla su guitarra. Levantó un poco la manga derecha de su saco y rasgó como si fuera una vez las dos veces que su brazo subió y bajo en un solo movimiento sobre las seis cuerdas de su instrumento. Este atributo era un artificio de perfección pocas veces igualado, cuyo sonido, tenía la virtud de abrir el alma del Flaco Nicanor, vía al paroxismo. Aquí arrugó la frente para elevar la ceja derecha, y al instante recuperó la bizarría en su mirada y la mueca de suficiencia de sus labios. En clara señal de éxtasis, tensó levemente los escasos músculos de su rostro, como si se hubiera transportado a su mundo de leyenda. Luego, tres compases y un silencio..., y lo que vino después, fue para no creer. Los labios del Flaco Nicanor se abrieron lentamente, mientras desde su garganta fluía una voz varonil que, a pesar de haber sido golpeada por los rigores de la noche anterior, tenía la fuerza de envolvernos en su melodía, entremezclándolo con las cuerdas de su legendaria guitarra, desparramando por todos lados el embrujo de un conocido bolero:
♫♫ ♫♪♪
No era Nicanor el que cantaba. Era el Flaco Nicanor quien, desde lo más profundo de su alma tejía, con su voz, dedos y guitarra, la más perfecta melodía, endiosado quien sabe como Nerón y su trágica cítara que homenajeaba el incendio de
Las cuerdas, oxidadas como estaban, no resistieron el castigo. Como es lógico, se rompió la primera, después la tercera, luego el turno de la segunda... Pero el Flaco Nicanor, ¡ahí!, ¡imperturbable! Ahora se fragmentó la quinta cuerda, pero la gran muñeca y los prodigiosos dedos de Nicanor se multiplicaban para no perder un solo compás, mientras que, desde su garganta, fluía imparable la melodía de su canto. Hasta aquí resistieron la cuarta y la sexta cuerda, que se rompieron a la vez, en medio de una sandunga. La guitarra, ya sin cuerdas, enmudeció, haciendo cuatro silencios; entretanto Nicanor, acentuaba la cadencia con la boca, como si hubieran ensayado que las cuerdas tenían que romperse, justo, en ese punto.
Los extasiados espectadores adelantaron el fracaso del trovador, dando por hecho que éste, sin cuerdas en su guitarra, diría: Después de las seis ya nada importa, se callaría, pediría disculpas y se marcharía. Pero no, el Flaco Nicanor... ¡era el Flaco Nicanor!.
Para asombro de todos, al iniciar el quinto compás, el músico volteó en un santiamén su instrumento, y continuó golpeteando el cajón de su guitarra, usando los dedos de una mano, ya, marcando compases ligeros como una pluma, ¡YA, RETUMBANDO COMO UNA TROMBA!, luego con la palma de la otra mano, finalmente con las dos manos, los dedos índice y medio de la izquierda, mientras la palma de la derecha le hacía los silencios para enlazar, en armonía magistral, los sones de la Negra Soledá, o El Compá Maytín no ha Mueyto.
La garganta del Flaco Nicanor, afectada como estaba, no dio para más. Su rostro hizo una mueca de intenso dolor y su voz se calló..., para siempre, igual que su guitarra. Desde entonces la pareja se perdió entre las sombras de la noche, y nadie los volvió a ver..., nunca más.
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De entre los espectadores, alguien comentó, lleno de admiración y pena:
¡Qué serenata, señores, qué serenata...! Ha sido para el 104. Allí está alojada su antigua novia. Cristal.
Si alguna vez escuchas que retumba un cajón sordo, pero sonoro..., de seguro es el Flaco Nicanor rompiendo su silencio para nutrir a los bordones de su guitarra. No olvides lo que dijo: No me verán, pero por lo menos me escucharán. Y, él..., ¡fue hombre de honor!
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Javier Cotillo
JACO|
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