EL FLACO NICANOR, de Javier Cotillo - JACO

Categoría(s): Relato politemático

EL FLACO NICANOR
 

I.      Rompiendo palitos.
II.     El orgullo ladra su vanidad
III.    Moliendo sentimientos
IV.    La flecha que quiso ser libre
V.     La uña y la mugre del salón
VI.    El saber nunca sobra
VII.   Hablando de Cristal
VIII. El otro Flaco Nicanor
IX.             Un amanecer, una nueva oportunidad de vivir
X.     Una luz al final del túnel
XI.    Nuevamente juntos
XII.   Una serenata sin igual


I.    ROMPIENDO PALITOS

 

A
hí te quedas. ¡Y..., para SIEMPRE! —emplazó furibundo, el Flaco Nicanor; luego,  mirando rabioso al mismo lugar, agregó—, ¡qué creías!, ¿que seguiría aguantando tus mañoserías y caprichos? ¡Pues no...!, —se contestó—. ¡Esto se acabó! Mejor digo; todo terminó entre nosotros—. Luego, queriendo asegurarse de que había dejado claramente subrayado el gran favor que había significado estar a su lado tánto tiempo, agregó con cierta petulancia—. Nunca más a mi lado. Nunca más caminando juntos. A partir de hoy, ¡abridooorrreeesss! ¡Cada uno por su lado! —Y dando media vuelta sobre sus argumentos, salió a tumbos.

 

Sus pasos eran largos. Exagerados. Beligerantes. Una vez fuera y conforme se alejaba del lugar, por oleadas aumentaba en sus oídos el volumen de sus propias palabras “Nunca más a mi lado. Nunca más caminando juntos. A partir de hoy, ¡abridooorrreeesss!”. —“Nunca más a mi lado. Nunca más caminando juntos. A partir de hoy, ¡abridooorrreeesss¡”. —“NUNCA MÁS A MI LADO. NUNCA MÁS CAMINANDO JUNTOS. A PARTIR DE HOY, ¡ABRIDOOORRREEESSS!”. 

 

Se internó entre la gente, poco a poco, mimetizándose con la muchedumbre; es cuando advirtió que su furia, comparada con la inmensidad de la gente, era tan insignificante, tan bizantina. Se sintió ridículo por el aspaviento con que había actuado.

 

Pero, el Flaco Nicanor, era el Flaco Nicanor. Su palabra, era palabra de hombre de honor, por eso tenía que cumplirla. Sin embargo, en el trayecto, se detuvo varias veces, porque la tentación de girar en ciento ochenta grados y regresar por ella, era testaruda. Pero tenía que honrar su palabra para estar bien con su conciencia. Sus palabras habían cerrado toda posibilidad de reconciliación.

 


 

II.   EL ORGULLO LADRA SU VANIDAD

L
e parecía increíble que hubieran brotado de sus labios frases tan despiadadas que aún retumbaban en sus recuerdos embruteciendo sus sentimientos. Mientras ganaba espacio hacia más lejos, nuevamente ladraban  en sus oídos la dureza de sus palabras. Es cuando pensó que sería terrible la humillación de volver a buscarla para rectificar su desesperanza. En esa lucha interna, finalmente su orgullo ganó. Le empujó varias veces a alejarse y ganar distancia..., tras distancia, hasta el horizonte.
       
El Flaco Nicanor había estado a su lado por más de quince largos años; después de ese tiempo, por primera vez, estaba solo. Definitivamente solo. Era raro verlo metido en él mismo.

 

En este punto, ya había culminado la calle de todos los días. Se encontraba en la esquina, en la cual, con ella, acostumbraban  voltear a la izquierda. Sin embargo, esta vez, dobló a la derecha, para sumergirse por una callejuela extraña, que no era la cotidiana; pero al menos, era la vía más adecuada para escapar de los demás y seguir con prisa hacia ninguna parte.

 

Pese a que deseaba inaugurar el hecho de caminar solo, se sentía raro sin su compañera de siempre. Se sentía vacío, como sin existencia. Ahora se arrepentía de haberla dejado en ese lugar. Cuántas veces había compartido con ella la caricia de la Luna. Cuántas veces habían hilvanado juntos los compases de una canción como modo de tragarse las saetas del mismo dolor; y cómo la gente veneraba esa capacidad de entendimiento para ejecutar las fusas y semifusas; las corcheas y acordes antes de los silencios, los que eran antesala para exquisitos falsetes que pronto se hicieron famosos por estas tierras. Esta singular manera de interpretar las canciones les permitía pasar de un compás a otro sin desentonar; antes bien, ejecutando armonías magistrales, que a todos seducía, menos a ellos mismos, porque estos prodigios lo reproducían muchas veces, durante todos los días. Es que, a esta frecuencia, las cosas más exquisitas se vuelven triviales.  

 

III.  MOLIENDO SENTIMIENTOS

 

E
l Flaco Nicanor se detuvo una vez más, tentado por el impulso de regresar sobre sus pasos. Sin embargo, en su lucha interna, y para darse fuerza, se dijo a sí mismo: “El Flaco Nicanor, es el Flaco Nicanor.” Y siguió caminando hacia delante con fingida indiferencia, pero parecía que toda la gente sabía de él y de sus sentimientos encontrados; por eso disimulaba su evidente arrepentimiento, aunque por dentro se quemaba de remordimiento por haberla dejado sola. Y nuevamente molió en su corazón al eco de su sentencia —“Nunca más a mi lado. Nunca más caminando juntos. A partir de hoy, ¡abridooorrreeesss!”.

 

Pensándolo mejor, por primera vez en muchos años, el Flaco Nicanor podía hacer lo que quisiere; ir a donde su antojo le señalara, sin tiempo ni presiones ridículas. Por fin era totalmente dueño de sí. Lo bueno, de entre lo malo, era que se había atrevido a dar ese paso trascendente hacia su completa libertad. En adelante tendría una sola preocupación: Él; y, nada más que, él. Una ocasión para gozarla lentamente, a sorbos, de a pocos, como un trago fino, sin desperdiciarlo, hasta la última gota.

 

“¡Por qué esperé tánto tiempo!”, se dijo en silencio. “A gozar de la vida y de todas las oportunidades que se me presenten”. En este punto, al recordar sus palabras, sintió cierta justificación que alivió sus remordimientos, hasta diríamos que discretamente, se felicitó de haber dejado las cosas en su sitio..., y clara como el agua de lluvia —“(...)¡Qué creías! ¿Que seguiría aguantando tus mañoserías y caprichos? ¡Pues no... Esto se acabó! Mejor digo, todo terminó entre nosotros”—. Más calmado y con menos remordimientos, se congratuló por su valiente decisión; por eso no volvería a buscarla ni en sueños. Y siguió caminando con más aplomo.

 

IV.  LA FLECHA QUE QUISO SER LIBRE

 

L
a famosa pareja era más conocida que la hierbabuena. Por eso era impensable verlos separados. Creo que la fama del Flaco Nicanor creció más por las virtudes de ella que por las de él. En este punto, mientras caminaba buscando no sé qué, recordó haber leído alguna vez la historia de una flecha que quiso ser libre. Tan inmensa era la ilusión de la flecha por ser libre, que hizo hasta lo imposible por salir de la flechería. Por fin le tocó el turno de ponerse frente a la cuerda del arco. El arquero templó el cordel, levantó el brazo hacia lo alto, y terminando de apuntar, templó al máximo la cuerda y soltó a la flecha. Ésta, feliz, ya en el aire, empezó a gritar:  ¡Soy libre, libreee, por fin..., libreee...! A lo que el arco le respondió: Mentira, no eres libre. Aun en el aire, dependes de mí, porque llevas la dirección y la fuerza que yo te he dado.

 

El Flaco Nicanor quería desmentir la historia de la flecha. Él sí demostraría que es posible independizarse totalmente de la cadena del pasado, no importando lo molesto e incómodo que hubiere sido. Entonces más decidido ganó distancia hacia el futuro. En los días que sucedieron se entregó, sin control, al trago, al tabaco y a las mujeres..., o no necesariamente en ese orden; pues, el turno de los factores, nunca alteró al producto.

 

Sus interlocutores, casi como letanía aprendida, siempre tocaban el tema de su soledad. Preguntaban por su compañera..., que dónde estaba, que por qué tan solo, qué había ocurrido, que no era posible después de tanto tiempo,  que debería buscarla, que no sea vanidoso y otros porqués a los que Nicanor aprendió a contestar solo diciendo: Después de las seis..., ya nada importa. Esta frase, que no decía nada, tenía doble efecto. Desconcertaba al preguntón, quien se decía a sí mismo “¿Qué habrá querido decir?”. Y para no parecer tan torpe, aparentaba entender todo el mensaje, por lo que se apresuraba a contestar usando un tono de total convicción: Claro, tienes razón...; después  de las seis..., ya nada importa. Y seguían bebiendo, copa tras copa, ya sin más preguntas. Esto fue así, por unas semanas, hasta que el asunto de la eterna compañera del Flaco Nicanor, poco a poco, pasó al olvido para formar parte de su pasado.



V.   LA UÑA Y LA MUGRE DEL SALÓN

 

C
ierta mañana, el Flaco Nicanor se cruzó con un entrañable amigo a quien no había visto desde su infancia; era “el amigo íntimo”, de esos que uno no olvida jamás. Se abrazaron con exagerado júbilo y, aun después del saludo inicial, de rato en rato, se palmoteaban los hombros reiterando su alborozo por ese feliz reencuentro. Habían sido la uña y la mugre del salón durante parte de la Primaria y toda la Secundaria, por lo que les tocó vivir las aventuras más increíbles y también las menos creíbles (?!). Por eso, en esta ocasión recordaron de todo. Primero empezaron con el tema de los defectos físicos:

 

—Oye, te reconocí por tu nariz..., sigue siendo brava tu nariz ¿no? Es tan pequeña, pero tan pequeña que toda la tienda de la esquina estaba metida dentro de ella.
—Y tu panza; —contestó el Flaco Nicanor, medio picado—, es tan ligera, pero tan ligera, que de seguro va ha competir en los cien metros de las próximas Olimpiadas.
—Si, pero tú tienes que alquilar tu nariz para que instalen la cancha  de atletismo, tu calva como reflector y,  para que te ganes alguito, tu manzana de adán como palco oficial, y seguro que sobra espacio. Pero tienes que reforzar tus costillas y tu columna, porque eres tan flaco, pero tan flaco,  que el viento ha presentado su queja, porque dice que, cuando sopla, no te encuentra.
 
—Bueno, bueno... Ya está bueno ¿no? —dijo el Flaco Nicanor, levantando las dos manos abiertas en son de paz. Luego, acomodó las gruesas lunas de sus lentes sobre su nariz, agregando en tono conciliador: —Si seguimos así, acabamos a golpes, como antes. Mejor chupamos hermano, ¿no te parece?—. Solo entonces el amigo reparó que los dedos del Flaco Nicanor eran largos, tenían callos en las yemas y, después, solo huesos apenas disimulados con una cubierta de piel. El pulgar derecho mostraba la uña demasiada crecida. 
—Claro, hermano, tienes razón; pero..., tú empezaste.
—¿¡Otra Vez!?
—¡Sssss, nonó hermano, no!; —se apresuró a calmar el amigo—, no te encrespes hermanón, que ahora se trata de festejar nuestro reencuentro —y abrazando el vaso con sus voluminosos dedos, invitó sin prisa—:
—¡Salud..., hermano, salud!
—¡Salud!

 

 

VI.  EL SABER NUNCA SOBRA

 

L
os viejos amigos continuaron recordando sus aventuras de infancia, como todo adulto que cree que, cuando joven, fue el centro de la Tierra. Luego pasaron a las preguntas ingeniosas. Empezó el amigo:

 

—Oye, a que no sabes..., ¿cuántos dientes en total, como promedio,  tiene el ser humano durante toda su vida?
—¿Cuántos? Déjame ver... Papayita hermano —replicó muy seguro Nicanor— Eso lo sabe hasta mi gato. Tiene treinta y dos dientes..., y date por bien servido, pues.
—Mancaste..., tan grandullón  y ¿hasta ahora no lo sabes?
—Ya, ya. No la hagas larga y lanza de una vez. Entonces, según tú ¿cuántos tiene?
—Cincuenta y dos dientes, pues.
—Qué bruto. ¿De dónde sacas cincuenta y dos?
—¡Escucha bien..., ah! Va hablar el sabio: Treinta y dos dientes tiene cuando adulto, más veinte dientes de leche, cuando fue niño! ¿Cuánto suma en total?
—¡Cincuenta y dos..., verdad hermano; me agarraste!
—Como siempre, pues. Entonces pagas la rueda.
—¡Nonó, todavía no! —replicó Nicanor; y, con intención de igualar el puntaje, se puso a buscar la pregunta más difícil de su repertorio, mientras agregaba— ¡Déjame parir a mí también!
—Pare pues..., si puedes.
—Bien..., ahí va. 
—¡Tánta alharaca..., y nada!
—Ya..., aquí va; ¿no sabes esperar? ¿Cómo  escribes contralmirante? ¿Con una sola “a” en la segunda sílaba, o doble “a”?
—¿Contralmirante? Pues..., la forma correcta de escribir es “contraalmirante”, con doble “a” —contestó con toda seguridad.
—Pero separado con guión, contra-almirante.
—No. Error. Se escribe con doble “a” y juntos como contraataque, contraarmiños o contraaviso. Si tienes duda, puedes consultar el diccionario de la Real Academia.
—Ya veo. Tú me hablas a base de datos sacados del diccionario.
—Perdón. Basado en datos, mi querido amigo; no a base de datos.
—¡Páaasu! —murmuró con admiración, Nicanor— Con tántos conocimientos, puedes ser Vice-Rector de cualquier universidad.
—Sí, pero se escribe vicerrector sin guión, y no “Vice-Rector”, con guión, que es otro error.
—Pucha —Dijo el Flaco Nicanor—, o sea que vicerrector se escribe con doble erre. Éste se pasó de la raya.
—Un momentito, mi amigo, cometiste nuevo error. Cómo es eso de doble erre. Esa palabra no existe. Imagínate si escribiera vicerrector como tú dices, con doble erre, tendría vi-ce-rr-rrec-tor, es decir con doble “erre”. Seguro, habrás querido decir con doble ere, y no doble erre. ¿No es cierto, mi hermano? 
—¡Qué bruto! Pareces diccionario. ¿De dónde resultas tan culto?, ¡ah! Pero me da gusto que seas mi amigo y que hayas progresado. No, como yo..., en la última lona..., siempre con las seis.
—Qué, ¿sigues con las seis?
—Ya no, ni siquiera eso.
—Entonces.
—Esa es otra historia—. Y mientras se tragaba su propio arrepentimiento, el Flaco Nicanor, para disimular, preguntó— ¿Qué más te cuentas, hermanón?

 

 

VII. HABLANDO DE CRISTAL

 

E
l amigo, como queriendo despejar el cielo de su interlocutor, consideró oportuno tocar el tema Cristal, la primera enamorada de Nicanor. Es cuando a éste se le removieron cada uno de sus doscientos ocho huesos. Habían tocado su lado flaco.
—¿Qué...? —dijo incrédulo El Flaco Nicanor—, ¡haz visto a Cristal! ¿Está aquí? ¿Regresó de Honduras? ¡No, no lo puedo creer! ¡ Cristal, Cristi..., mi dulce Cristal, aquí! ¡Dios mío...!  ¿Qué hago?  
—¡Cálmate Nicanor, por favor, cálmate! —recomendó el amigo— Es más...; QUIERE VERTE; mejor dicho, ¡QUEREMOS VERTE!
¡¡¡Me... quiere... ver!!! —musitó tímidamente, acentuando cada palabra, incrédulo, apenas como un susurro entre asombro y una dosis de vanidad, cruzando el índice derecho sobre sus labios, como para que no le oigan pidiendo que le oigan todos los demás. Esta emoción anuló la segunda frase del mensaje “QUEREMOS VERTE”. Por eso, solo escuchó lo que quiso escuchar “QUIERE VERTE”. Lo demás, ya no le importó. Es cuando sacudido por sus sentimientos, retiró bruscamente la mano de la boca y se dejó llevar por la contenida emoción. ¡EXPLOTÓ!, o mejor diciendo, explosionó a gritos, carcajadas y llanto; mezcla de sentimientos encontrados—  ¡Mi amada, me quiere ver! —decía— ¡Mi adorada ha venido a buscarme! ¡Ella no puede vivir sin mí! ¡Por fin se dio cuenta que es parte de mí, como yo que ella!  —Sus ojos chispeaban de júbilo y  sus  palabras  se  atropellaban  unas  sobre  otras,  sin control—  Llegó la hora de reconciliarnos —decía emocionado—. Tenemos que casarnos. Quiero darle hijos. Una docena. Veinte. Mejor cien hijos. Hijos, más hijos, entre ella y yo. Muchos hijos, hasta llenar la casa. Todos los hijos del mundo—. Y mientras sacaba sus propias conclusiones, corría de una mesa a otra, como loco, pero de contento, carcajadas y por instantes, de llanto. Luego alrededor de su mesa, moviendo las sillas, bebiendo de su vaso, de todos los vasos, hasta de la botella, como un festín de ilusiones y esperanzas, todas juntas, invitando a los comensales de otras mesas a unirse a su fiesta; fiesta ¡Fiesta fiesta fiesta!

 

Luego, empezó a filosofar sobre el amor con una lucidez sorprendente: —Amar..., cruel espera, dulce esperanza. Amar..., brutal veneno, dulce frenesí. Amar..., deleitable dolencia, alegre tormento. Amar..., llaga sangrante, cataplasma de vida. Amar..., masoquismo y narcisismo disfrazados de tormento y ternura, de pasión y santidad. Negación y consentimiento. Mezquina limitación y entrega total. Amar..., palabra que no tiene historia porque es eterna y se vive en el presente ya que el mañana y el ayer son parte del hoy; por eso  amarla es nueva oportunidad de recordarla para vivir el pasado otra vez en el presente y muchas veces más, cuantas veces quieras; entonces el hoy es alimento del mañana para volver a amarla en el ayer y en el presente; por eso su amor es eterno y para siempre. Cristal de mis ilusiones..., ¡mi dulce Cristal! ¡Mi amor eterno! Es más —siguió monologando— QUIERE VERME.

 

En este punto, empezó a desmenuzar pausadamente las palabras del amigo, muy  lentamente como desatando las palabras del mensaje, repitiendo sílaba tras sílaba el mensaje, anonadado..., como si en su inconsciente hubiera subrayado, de pronto, la segunda parte del mensaje: “TE QUEREMOS VER”.

 

—¿TE QUEREMOS VERRR? Qué ¡¡¡QUÉ..., QUÉ!!! —Estalló como un energúmeno.Cómo es eso de: ¿TE QUEREMOS VEEERRR? ¡Gordo desgraciao! ¡Haber, ACLARA DE UNA VEZ! ¿¡CÓMO ES ESO DE QUE QUIEREN VERME!? ¡EXPLÍCAME, SI PUEDES!
—¡Cálmate hermanón, cálmate!
—¿Hermanón? ¡Tá lejos ...vón! 
—¡Cálmate..., cálmate! ¡Primero, escucha!
—¡Ya! ¿Qué me vas ha decir? ¿Qué las gallinas son cóndores? ¿Qué me vas ha decir para disfrazar tu traición? ¡Estoy entendiendo todo! ¡Mi amigo íntimo, sacándome la vuelta! Lo de siempre. La historia se repite. Se repite. Se repite, una vez más. ¡Igualito!!!
—No; no es así —insistió el amigo—. Recuerda que ustedes sólo fueron enamorados un solo día, y hacen muchos años. En abril de hacen diecisiete años, para ser más exacto.
—¡Qué bien que llevas la cuenta! ¿Verdad? Sin embargo, tú sabías que la amaba.
—Es cierto, yo sabía que la amaste, en tiempo PASSSAAADDDOOO. Y, para rematar..., platónicamente. Pero nunca me preguntaste por mis sentimientos.
—¡Tus sentimientos?
—Claro; mis sentimientos.
—¿¡Qué hay con tus sentimientos!?
—Es que yo también la amaba, y la sigo amando.
—Pero no como yo. ¡La amé como a nadie!
—No seas vanidoso. Sólo te importas tú. Crees ser el único que tiene sentimientos. Eres egoísta. ¿Por qué no te esfuerzas un poco y ves más allá de tus narices? ¡Anda, inténtalo!
—¡Lo estoy intentando! Y, sin embargo, cuanto más persisto, encuentro que eres un sucio y vil ¡tttrrraaaiiidddooorrr! Tú, llevabas mis cartas de amor y las flores que en su nombre compraba con mis propinas. Tú le decías cuánto la amaba, y le entregabas los acrósticos que escribía para ella. Tú me ofreciste que le convencerías para que me acepte como su enamorado. Y, según tú, también te encargarías de hacerme buena imagen ante su madre. ¿¡Y!? ¡NADA, AL FINAL! ¡NADA, DE NADA! Resulta que mi buen amigo trabajaba para su propio beneficio. Y yo pagaba las entradas del cine y del teatro; y también las palomitas de maíz, los helados y los chicles..., para que la besaras mejor.

 

 

VIII. EL OTRO FLACO NICANOR

Q
ué inocente soy, —se reprochó— mejor digo, ¡ERA! —Aquí, se hundió en una silla con los brazos caídos a los costados y las piernas rectas como dos maderos sin rodillas. Era otra persona. El antípoda del festivo. Hasta su joroba se encorvó con exageración para jalar a su huesuda espalda. Su rostro ensombrecido acentuaba todavía más a su descarnada figura, que se tornó conmovedora cuando tomó su pañuelo para secar el sudor de sus ojos. Luego, a su quebrada imagen, trató de imprimirle dignidad sin conseguirlo, pero lo intentó insistiendo con voz entrecortada en sorber la magra porción de licor que quedaba en el fondo de las copas; pero este vano intento resultó una desafortunada imitación de gran señor que tuvo el efecto de arrojar escombros sobre los huesos de su cuerpo, y, hasta sobre sus sentimientos. Luego, como un fantoche, tomó su chaqueta marrón y su viejo sombrero para huir de ese lugar, mientras su amigo le decía: “Estamos alojados en el Santa Fe. Nos casamos mañana. En la Iglesia del Pilar. A las siete de la noche. Te esperamos. No faltes”.

 

Las dos últimas palabras las escuchó, apenas, ya al borde de la calle; pero, herido como estaba y aun cuando la intención del amigo fuera otra,  él las interpretó como una burla; una burla ruin y baja, como una estocada innecesaria al vencido. “No faltes”, repitió en su mente, y no sé por qué, su soledad se hizo más intensa, su corazón de vistió de noche y su orgullo de penumbra.

 

Ya en la calle, el Flaco Nicanor se abrió paso entre la gente y el torbellino vehicular de la metrópoli. Un extraño dolor de cabeza se abrazó de su desgracia, y no quiso soltarla por nada. Habían desaparecido la bizarría en su mirada y la mueca de suficiencia de sus labios.

 

Para darse ánimo, iba a recitar su consabida arenga “El Flaco Nicanor, es el Flaco Nicanor”, pero lo que se taladró en su mente fue: “El Flaco Nicanor, es el ingenuo del siglo”; expresión interna que a él mismo lo sorprendió, sin saber el porqué. La verdad fue que, siguió caminando… y… caminando, mientras las gruesas gotas de la lluvia invernal se hundían con facilidad entre su ropa, bañando la tela y a la miseria de sus pensamientos, para reivindicar al hombre que todavía quedaba en ese espantajo, quien agobiado por la herida de su orgullo, nunca antes pisoteado, y adormecido por el abundante licor ingerido, mas quien sabe, por no saber a donde ir, se quedó dormido al pie de un árbol del parque municipal, quedando, su huesudo cuerpo, expuesto a las inclemencias del clima.

 

 

IX.  UN AMANECER, UNA NUEVA  PORTUNIDAD DE VIVIR.

 

L
a luz del amanecer se filtró por entre las hojas de los árboles del parque, hiriendo las pupilas del espantajo. El dolor de cabeza se había intensificado, haciendo insoportable las certeras punzadas sobre la esfera. Era terrible. Cuando quiso quejarse, una intensa tos repiqueteó su garganta. Volaba en fiebre. Quiso ponerse de pies, pero perdió el equilibrio. Sudaba copiosamente. No se sabía si el sudor brotaba de la rebeldía de sus poros o de las gotas de lluvia que amainaba.

 

Una trabajadora de la municipalidad, encargada de la limpieza pública, al verlo igual que un redivivo, se hizo la señal de la cruz y se retiró como alma que lleva el viento. Otro intento, y con acopio de todas sus fuerzas, se impulsó y... aprendió a caminar nuevamente. El dolor de cabeza se extendió rápidamente por todo su cuerpo, especialmente por la espalda y los músculos de ambas piernas. Se sintió débil, muy débil. El frío de la noche y la lluvia habían hecho su trabajo. Como pudo, salió del parque. En su camino encontró lo que podría llamarse un restaurante, con unos cuantos tablerillos por mesas, sin comensales y una pequeña pizarra que invitaba su Rico caldo de gallina.  

 


X.   UNA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL
 
T
onificado con el humeante caldo, el remedo de hombre se puso de pies y reconquistó la calle, pero la fiebre seguía prendida como garrapata en perro sarnoso.
 
Si de algo podía sentirse orgulloso, el Flaco Nicanor, era de su excelente memoria. “Están alojados en el Santa Fe. Se casan mañana..., es decir hoy. En la Iglesia del Pilar. A las siete de la noche. Me esperan. Que no falte”.

 

“Todavía me invita el desgraciao”, se dijo mortificado; o mejor diciendo... decepcionado—. Pero mejor es así. No iré ni de vainas. Se cree el escogido por la reina Victoria —espetó desde lo más profundo de su frustrado corazón, lleno de envidia, pero no de rencor—. “Pude casarme con ella, pero así es mi destino” —monologó casi con irresponsable conformidad.

 

La fiebre continuaba enraizándose en el cuerpo, mas no en el hombre quien, removiendo entre los escombros de su ego, sacó a relucir la última porción de su acostumbrada vanidad, para decirse entre dientes: “¿Y, por qué no debo ir? ¡Ah! ¡Pues... iré! ¡Sí señor, iré! ¡Es más... —se dijo muy convencido—, cantaré para ellos como nunca. Cantaré para ellos con todas mis fuerzas y mi alma, mi corazón y mi guitarra.

 

Al pronunciar la palabra guitarra, repentinamente se calló, como aguijoneado por su conciencia; como si de pronto hubiera encontrado una dificultad insalvable: —¿Mi guitarra...? Mi guitarra—, se repitió con extraña añoranza. Entonces recordó cada una de sus palabras que empezaron a repiquetear en su mente al ritmo de los latidos de su corazón, mientras remachaba: —¿Cuál..., cuál guitarra?, si hace tiempo la dejé en ese rincón. Hasta le dije: “¡Ahí te quedas! ¡Y..., PARA SIEMPRE!¡Qué creías!, ¿que seguiría aguantando tus mañoserías y caprichos? ¡Pues no...! ¡Esto se acabó! Mejor dije; todo terminó entre nosotros! Nunca más a mi lado. Nunca más caminando juntos. A partir de hoy, ¡abridooorrreeesss! ¡Cada uno por su lado! Y dando media vuelta sobre mis argumentos, salí sin remordimientos, dejándola en ese lugar oscuro y húmedo. ¡Pobrecita! ¡Pobrecita mi guitarra! ¿Estará allí todavía? ¡Tánto tiempo..., sola.
 
            Pero prometí que nunca, jamás iría a buscarla. ¡Qué hice..., Dios mío!...

 

 

XI.   NUEVAMENTE JUNTOS

D
espués de aproximadamente cinco años, el Flaco Nicanor y su famosa guitarra estaban nuevamente juntos, pero casi acabados. Él, con una persistente fiebre, un ardor de garganta y un dolor de cabeza insoportables que le llevaban al borde del colapso. Y su guitarra, descolorida,  casi sin brillo, apenas viva. Las cuerdas y los trastes de la mancera estaban muy oxidados. Las clavijas hinchadas y el capotraste inservible. El cajón, por la humedad y el tiempo, tenía algunas costillas fuera de sitio, la contratapa se había descolado unos centímetros. Seguro que le restaría resonancia. Por esa razón cantaría en sol mayor, aunque su voz se acomodaba mejor en mi menor. Pero, sin capotraste..., ¿cómo? En la hora de la verdad, ya vería qué hacer. La fiebre seguía inclemente, subiendo a cada segundo.

 

        Mientras el Flaco Nicanor desempolvaba su guitarra, se disculpaba una y otra vez con ella como si entendiera. Finalmente, y solo después de lustrarlo, le dijo con ternura, como quien busca disipar el enojo de su dama: —Aunque sea la última vez que me acompañes, por favor, esta vez no me falles. ¡No me falles..., por favor! ¡Vamos, mi nena, como siempre, como en los viejos tiempos! ¡Juntos! ¡Cantaremos para Cristal!— Pero, sin saber el porqué, el nombre de Cristal, esta vez, le sonó extraño..., lejano..., con sabor a traición.

 

        En otras circunstancias, posiblemente el Flaco Nicanor, por encima de cualquier consideración, hubiera re-encolado con mucho esmero el cajón de su guitarra, le hubiera bañado con el más fino charol, cambiado los trastes, el capotraste y las cuerdas también, con las mejores del mercado, sin escatimar precios ni salarios; pero esta vez no había tiempo para esos lujos, ni salud para tomarlos en cuenta.

 

Obligado por la fiebre y el dolor, Nicanor quiso reposar unos breves segundos. Sin embargo, el tiempo pasó sin tregua. Eran casi las once de la noche. Nicanor se había quedado dormido por unos instantes que, al parecer, fueron horas. “Las once de la noche” —se dijo muy preocupado, mientras ingería unos calmantes y secaba el sudor por la fiebre. —“Justo el momento para presentarme al Salón de Recepciones y dar mi excepcional concierto”— se tranquilizó a sí mismo. Hasta imaginó su ingreso triunfal, como personaje principal de la recepción. Entonces se puso sus mejores galas y salió acompañando a su guitarra.

 

 

XII. UNA SERENATA SIN IGUAL

 

E
n la puerta del Gran Hotel Santa Fe, como es natural, le pidieron su tarjeta de invitación, más por verlo como un músico que se quería colar al interior con cualquier pretexto.

 

Claro que no tenía invitación. Vanos fueron sus explicaciones y protestas, porque no le sirvieron de nada. Sólo cuando insistió de que era invitado de “Cristal, la novia que se casó a las siete de la noche en la Iglesia del Pilar” y, cuando ya se evaporaban sus esperanzas, uno de los taxistas le señaló, con el índice, que habían salido del 104.

 

        El Flaco Nicanor, pese a la fiebre que arrancaba su salud, recobró sus ilusiones. Entonces se dijo: “No me verán, pero..., por lo menos me escucharán”. Y como pudo, tomó la acera con dirección al índice, y se puso a contar cuatro ventanas, estando seguro que la cuarta correspondía al departamento 104, donde estarían alojados “su amigo y la felona de Cristal”.

 

De algún lugar se consiguió un ladrillo sobre el cual acomodó su pie izquierdo, y encima de la rodilla su guitarra. Levantó un poco la manga derecha de su saco y rasgó como si fuera “una vez” las “dos veces” que su brazo subió y bajo en un solo movimiento sobre las seis cuerdas de su instrumento. Este atributo era un artificio de perfección pocas veces igualado, cuyo sonido, tenía la virtud de abrir el alma del Flaco Nicanor, vía al paroxismo. Aquí arrugó la frente para elevar la ceja derecha, y al instante recuperó la bizarría en su mirada y la mueca de suficiencia de sus labios. En clara señal de éxtasis, tensó levemente los escasos músculos de su rostro, como si se hubiera transportado a su mundo de leyenda. Luego, tres compases y un silencio..., y lo que vino después, fue para no creer. Los labios del Flaco Nicanor se abrieron lentamente, mientras desde su garganta fluía una voz varonil que, a pesar de haber sido golpeada por los rigores de la noche anterior, tenía la fuerza de envolvernos en su melodía, entremezclándolo con las cuerdas de su legendaria guitarra, desparramando por todos lados el embrujo de un conocido bolero:

 

♫♫         ♫♪♪
“…Me engañas mujer, 
con el mejor de mis amigos♫♪♪ 
que fue
♫♫♪ como un hermano 
y con él te encontré 
y a los dos perdoné...” ♫♫♪♪

 

 

        No era Nicanor el que cantaba. Era el Flaco Nicanor quien,   desde lo más profundo de su alma tejía, con su voz, dedos y  guitarra, la más perfecta melodía, endiosado quien sabe como Nerón y su trágica cítara que homenajeaba el incendio de la Gran Roma; o como Ulises, hechizado por las mágicas liras de sirenas encantadas en los mares de Poseidón. Ante tal derroche, la gente que pasaba por la calle, se detuvo engatusada por ese magistral concierto. Y conforme pasaban los minutos, el Flaco Nicanor, en trance, cambiaba de ritmo con asombrosa facilidad y se entregaba a los compases un bolero, ora de un landó o de una marinera y por momentos de una zamacueca.

 

Las cuerdas, oxidadas como estaban, no resistieron el castigo. Como es lógico, se rompió la primera, después la tercera, luego el turno de la segunda... Pero el Flaco Nicanor, ¡ahí!, ¡imperturbable! Ahora se fragmentó la quinta cuerda, pero la gran muñeca y los prodigiosos dedos de Nicanor se multiplicaban para no perder un solo compás, mientras que, desde su garganta, fluía imparable la melodía de su canto. Hasta aquí resistieron la cuarta y la sexta cuerda, que se rompieron a la vez, en medio de una sandunga. La guitarra, ya sin cuerdas, enmudeció, haciendo cuatro silencios; entretanto Nicanor, acentuaba la cadencia con la boca, como si hubieran ensayado que las cuerdas tenían que romperse, justo, en ese punto.

 

Los extasiados espectadores adelantaron el fracaso del trovador, dando por hecho que éste, sin cuerdas en su guitarra, diría: “Después de las seis ya nada importa”, se callaría, pediría disculpas y se marcharía. Pero no, “el Flaco Nicanor... ¡era el Flaco Nicanor!”.

 

        Para asombro de todos, al iniciar el quinto compás, el músico volteó en un santiamén su instrumento, y continuó golpeteando el cajón de su guitarra, usando los dedos de una mano, ya, marcando compases ligeros como una pluma, ¡YA, RETUMBANDO COMO UNA TROMBA!, luego con la palma de la otra mano, finalmente con las dos manos, los dedos índice y medio de la izquierda, mientras la palma de la derecha le hacía los silencios para enlazar, en armonía  magistral, los sones de la ‘Negra Soledá’, o ‘El Compá Maytín no ha Mueyto’.

 

        La garganta del Flaco Nicanor, afectada como estaba, no dio para más. Su rostro hizo una mueca de intenso dolor y su voz se calló..., para siempre, igual que su guitarra. Desde entonces la pareja se perdió entre las sombras de la noche, y nadie los volvió a ver..., nunca  más.

 

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De entre los espectadores, alguien comentó, lleno de admiración y pena:

 

—¡Qué serenata, señores, qué serenata...! Ha sido para el 104. Allí está alojada su antigua novia. Cristal.
        —¿Novia? ¡Cuál novia! A esta hora, ya debe estar rumbo a Belo Horizonte, en viaje de luna de miel.
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Si alguna vez escuchas que retumba un cajón sordo, pero sonoro..., de seguro es el Flaco Nicanor rompiendo su silencio para nutrir a los bordones de su guitarra. No olvides lo que dijo: “No me verán, pero por lo menos me escucharán”. Y, él..., ¡fue hombre de honor!

 

 

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Javier Cotillo

                                             JACO
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Comentarios:

Escrito por: minerva       11/12/07 23:05
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Me gustó las historia del Flaco Nicanor, elegiste perfecto el nombre, muy interesante de principio a fin. Me gustaron los diálogos y el final , exageradamente bien, cerraste perfecto. Me hizo llorar tu historia, tengo un episodio de mi vida relacionado con una guitarra y significó mucho para mí. la guardaré como algo especial. Gracias por compartir.
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