A veces, cuando la oportunidad es propicia, establece contacto con los arcanos escondidos en la última sinuosidad de su memoria. Deja vagar sus pensamientos, algo de poeta se adivina en el fulgor de sus pupilas, hasta alcanzar esa luz sideral que anima el espíritu y embriaga al alma y que guía su estilete sobre la piedra.
Tantas noches en la terraza del piso alto, mirando la desoladora distancia estelar; los carbones encendidos flotando sobre el negro tapiz de la eternidad, tratando de descifrar esos silencios, los destellos distantes, como si el sol estallara durante la noche y se convirtiera en innumerables fragmentos diamantinos tejidos sobre la túnica de Dios, para, en virtud de un incontenible deseo de unidad, volver al núcleo primigenio e irradiar sus rayos, re inventando los colores y las formas del día.
Como se dijo, el día amanece rosado de luz, el céfiro se riza entre las ramas. Nada presagia que exista un acecho, una silenciosa lechuza detrás de las nubes y del azul de arrabio del cielo, detrás de las murallas infinitas. Nada presagia que el indolente espacio sempiterno apunte sus dardos de desolación sobre esta aturdida lejanía.
Udrah siempre disfruta de momentos de soledad, lejos del rubor de los rostros mujeriles, del bullicio de los hijos, de las charlas insustanciales de los vecinos, de la insulsa castidad de los sacerdotes, de la torpe ligereza de los soldados y la inconstante atención de los animales.
Lo primero que alertó a Udrah, fue el silencio de las praderas y el calor abrasador de la noche. Había algo de animal muerto, de piedras rotas, de nubes con semblantes de meretrices hinchadas de tiempo y perros rabiosos ahogados en su propia baba. Como si dos toros de azafrán se embistieran haciendo saltar rubias chispas nubosas y encendidas. Había ese olor de las hojas caídas, de lluvias embolsadas en las interioridades del cielo o de higos sumergidos en fantasías de azúcar.
Pero en la ciudad todo permanecía igual. La oferta y la demanda en el zoco, el intercambio de voces y silencios, monedas que cambian de manos, escribanos en audiencias, poetas en las ventanas suspirando anhelantes, bailarinas flotando sobre la arena, niños correteando, perros nerviosos detrás de las reses, carretones obstruyendo los pasillos, guardias borrachos dormidos sobre el regazo de rameras biliosas, tendidas sobre su estera mullida con piel de camello, cargada de parásitos y de agrios olores, sacerdotes hipócritas levantando copas de bronce invocando la atención de Maarbek, su dios inexistente.
Recordó que nadie llegaba a este sitio. Nadie se acercaba, la distancia pareció elevar murallas de aislamiento que ocultaron los caminos de llegada a la ciudad y que la borraron de las relaciones cartográficas. Lo único desconocido que se había movido fuera de las murallas fue un león de mil años hecho de fuego y las langostas que intentaron desnudar los huertos, pero la pericia de los cuidadores y la imaginación culinaria de los viejos, hizo que se sirvieran deliciosos y crujientes bocadillos entomológicos durante la sórdida estación invernal.
Todos quisieron ser brisa y rosas, burbujas y diamantes, para prenderse del rostro del deleite y de la satiriasis, para resbalar por sus párpados y adormecerse sobre su regazo nebuloso. Algunas mujeres tuvieron visiones de caballos alados y obeliscos coronados con bronce en medio de la llanura desértica. Hombres hubo que bebieron sangre espesa como el fango, que escribieron con llamas sobre el bronce del día y arrastraron sus pasos hasta esteras desconocidas.
No se midieron los vapores del aliento de los cuerpos tendidos sobre las veredas, no se ocultaron los pudores escondidos de los ojos impúberes, un velo de rojas apetencias cubrió los rostros, el humo de la desolación penetró la respiración de los habitantes, rasgó las túnicas, lanzó los mantos por los balcones, quemaron las colgaduras y los ornamentos, agotaron los remilgos y las antiguas penas; un torbellino de hierro y sílice envolvió la ciudad.
Entonces se dio la primera señal; del abismo, de las bases ocultas de la casa de Udrah, una grieta reptó hasta empozarse en un ángulo inalcanzable. Una serpiente ceniza ascendía hasta el techo con lúcida coherencia, con estremecedora arrogancia hasta alcanzar el vértice escondido de una de las habitaciones. La segunda y menos perceptible, estremeció ligeramente las copas de bronce, empañadas de sombras en la bodega de los vinos y los odres.
Tal vez si las mujeres que venían de la cisterna principal se hubieran detenido en la circunferencia de la plaza, si hubiesen chismorreado un poco, como lo hacían a diario, hubieran podido percibir en el hervor del día, cuando aún el rocío perlaba la hierba, moléculas entristecidas sobre la clorofila indiferente y se hubiera comprendido que las garras del tiempo y del miedo se afilaban bajo las tétricas soledades terrestres.
En el cielo nada. Ni una señal. La ruina comenzaba en la tierra, en el suelo herido por la estirpe ominosa, por los alientos sulfurosos y los espasmos del ensueño. Nada en el espacio entre las nubes blancas, cargadas de lirios y nevadas de azucenas.
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