El día se llena de chispas y un pincel invisible matiza con suaves tonos de verde la copa de los árboles distantes, rasga un telar del lienzo celeste y deja ver la aureola nimbada del sol como sacro disco dorado engarzado en la cúspide de un sueño.
Hay una ciudad amurallada. Sobre los muros se lanza una avalancha de blanca luz, es como una ampolla que eclosiona en mil pétalos sangrientos, chorreando cristales de cuarzo sobre el polvo oscuro.
Los pájaros se comunican con un lenguaje de sílabas agudas, que todos creen cantos y no son más que diálogo, triste y sombrío. La brisa mece los árboles, son rugosas odaliscas o temblorosos trasgos de viento colgados sobre los alambres del día que comienza a crecer.
Dentro de las tapias empedradas, el silencio se desgaja y se despereza, un murmullo crece detrás de paredes y puertas, las ventanas de las casas, simétricas y duras, se abren como una aparición de ovoides bajo la arena, las calles se empiezan a llenar de gente, puntos indescifrables que surgen de las esquinas aún temblorosas de la noche que termina.
De cada lado de la calle pedregosa, se abren tenderetes anegados de baratijas A un lado los mercaderes, ruidosos y polvorosos, al otro los cambistas, los traficantes, los ebrios vidriosos y las tabernas, recintos oscuros que huelen a rancio y a mujeres insomnes, llenas de afeites y pálidas como sudarios.
Cada ángulo del cuadrado concluye en una erizada torre, desde la que puede horadarse la lejanía. Antaño puntos estratégicos de vigía. Ya no hay guardias en ese reducido recinto, los jinetes de polvo y viento han dejado de atravesar los espacios, los guerreros saqueadores y pedestres se deshicieron en medio de las tolvaneras incesantes de la sórdida llanura.
Ahora sólo suben hasta allí, los desocupados adolescentes agobiados por la soledad y las ansiedades hormonales. De vez en cuando, ridículas arañas se instalan en las esquinas y se dejan columpiar en los hilos invisibles de su sutil arte. Algunas lagartijas grises se internan en safaris temblorosos, lanzando escupitajos a los arácnidos que encabezaban sin saberlo sus eslabones alimenticios.
Udrah es artesano. Simple criatura a la que la vida le ha dado cosas simples. Sus manos han extraído las formas del fango y de las rocas y ocupan las estanterías y las bodegas de la mayoría de los habitantes de esta ciudad. Así se ha sustentado él y su familia y lo hizo su padre y también el padre de éste y así, casi imperceptibles en el tiempo y en el espacio, la mayoría de sus antepasados, aunque bien sabe que no todos han sido artífices de la tierra arcillosa, sino también soldados y mercaderes.
Por aquellos remotos tiempos, un hombre como él podía tener a su lado las mujeres que pudieran proporcionarle su hacienda y su vigor; tal como en la actualidad y Udrah no ha sido exiguo a la hora de establecer relaciones que le permitan perpetuar su estirpe.
Tiene diez hijos, esparcidos entre la lúcida y clara mañana y la estremecedora clámide púrpura de la noche, entre el cielo, espléndido espejo y la tierra pesada y oscura, entre la lírica armoniosa de las palabras escapadas de la memoria y las monedas aferradas al bronce y al blanco brillo de la plata y entre el silencio y la locura. Una esposa y tres concubinas han poblado su casa, tendido su estera y han escanciado el vino en su copa; cuatro mujeres que han sentido su aliento hirviente en las noches de luna, cargado de vapores espumantes, mujeres que han sido llanuras para sus manos telúricas, que han sido hondos valles donde afluyen las corrientes de su savia inmemorial.
Tal vez tuvo grandes aspiraciones y su mundo consumó las que ahora se patentizan ante sus ojos de chacal. Tal vez hubo sueños y grandes espacios abiertos, grandes praderas cargadas de ovejas y de cabras, pero prefirió la soledad del taller, untadas las manos de arcilla, teñida la cara de hollín y pintura vegetal, agobiado por el olor del lodo y la hierba triturada. Todo puede ocurrir en la mente de un hombre al esperar tanto tiempo y quedarse en el fondo de su tristeza muda.
Tiene una casa con varias habitaciones y una bodega se abre bajo el piso principal, acogiendo cántaros colmados de espumante vino, del que su garganta acogió el calor en las noches frías y en las celebraciones de las estaciones y en los natalicios.
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