Udrah salió al balcón. Miró la distancia. Pensó en el pan que se horneaba en la cocina, en el sabor del vino añejo oscilando en la redondez de las ánforas, en las codornices sazonadas con tomillo, canela y laurel y distendidas sobre parrillas de rocas humeantes, en los girasoles desfigurando las simetrías de los ventanales y los cortinajes barriendo los cabellos de la mujer bañados por la luz del crepúsculo.
El camino abierto por los pasos silenciosos y rápidos serpentea como una víbora. Unos puntos negros se mueven raudos y dejan tras de sí un manto de polvo. Se marchan. Deshacen el sendero en pos de las montañas, todavía lejos, soñolientas como el lagarto sobre las piedras. Son figuras que comienzan a convertirse en humo mientras el sangriento color del rosicler se zambulle en los precipicios. En lo alto del cielo, un celaje tomó la forma de una espada, luego la de un toro. Un pedrisco de fuego cayó sobre la losa de arcilla del balcón. Era un brillante palpitar celeste, una estrella moribunda.
La inesperada caída ígnea laceró la superficie terrosa. Udrah se acercó sin temor y sin valentía. Husmeó el portento con un fleco de palmera que se encendió como un capullo. Miró el cielo silencioso y duro. Nada había en esa grandiosa soledad. Volvió sus ojos hacia la distancia. Notó las figuras antes descritas. Se movían rápido como hormigas, ya casi imperceptibles. De vez en cuando se perdían detrás de un declive o una curvatura del camino y aparecían seguidamente traslúcidos y fantasmales.
Como nadie se iba ni nadie llegaba, Udrah se sorprendió. Seis personas caminando a toda prisa, que ya se pierden en la distancia. Reflexiona y no recuerda haberlos visto pasar bajo su balcón, ni escuchar sus voces ni sus pasos. No recuerda ni el vuelo de sus mantos, ni el perfil de sus rostros. Los ve subir una colina. No llevan equipaje, ni mochilas, ni fardos. Deben estar ateridos, piensa Udrah, mientras confirma que se han desvanecido en una cúspide helada. Y mientras se olvidaba del inusitado tránsito de los viajeros, un temblor sacude la casa, la ciudad, el mundo. Las estrellas caen en medio de la tarde, el sol bajó su ropaje de oro y rasgó la matriz de la tierra, los cometas lanzaron sus chispas de plata helada. Udrah corrió hacia los aposentos, hacia sus hijos y mujeres y no había nadie. Todo estaba en escombros, vestido de desolación, anegado por milenarias flores de plomo.
Udrah dijo palabras en idiomas desconocidos, clamó a grandes voces, pero nadie respondió. La brisa pasó sutil, apenas perceptible. Rozó la cara humillada, la barba enmarañada. Buscó debajo de las paredes derrumbadas, en medio de la humareda, debajo del polvo, sobre las incongruencias de la madera derruida. Cae entonces la locura estruendosa de la celeste indignación. Se resquebrajan los pilares púrpuras que sostienen el espacio.
Un aullido de perros quemados y lobos moribundos llenan el lugar. Las ruinas humean mientras los pasos de Udrah se comienzan a desestabilizar por el cansancio y el dolor. Hay aristas encendidas, sus ojos lanzan rayos sobre el cuadriculado. Algo de desgracia se arrastra por el piso. Un águila de cenizas tiembla sobre la testa de Udrah. Han desaparecido los hijos, las mujeres se han desvanecido como espuma en las líneas de arena.
De la nada salen los espectros que pasan de largo. El hombre no se conforma con la sutil evanescencia que lo ignora. Las rocas se han comenzado a desprender, las paredes caen con violencia sobre los muebles, sobre los arcones y las ánforas. Ve en lo alto las mariposas de la candela revoloteando. La dulce sinfonía de los tiempos pasados desafina en medio de las llamas. Caen granizos, el estupor de la tierra arranca de sus bases los árboles e inunda de albero sablón las cuencas de los ojos de los muertos.
Sale en vertiginosa carrera. No ve más que figuras descompuestas, siluetas sombrías, tinieblas terrestres enfurecidas. El manto raído de la tierra por donde asoma el magma terrible del volcán escondido, el color demudado en cera gris, las manos temblorosas y diáfanas, el cabello como los leones cincelados por los golpes de un martillo de lava. Cuatro cabras quedaron impregnadas de roca, pesadas y hundidas entre las raíces.
Udrah se desalienta. Camina arrastrando los pies, las sandalias se han fundido en el magma que baja por las laderas. Toma una rama y la convierte en un báculo. Comienza a subir. La nieve empieza a caer en iracunda paradoja. Hay vaporosas ondas flotando sobre cuerpos muertos, sobre carretones quemados, sobre animales desgajados por la uña del fuego.
Logra ver como se levanta el humo en la antigua ciudad. No hay nadie con él. El frío arrecia. La nevisca cae despiadadamente. No están ni los leones ni los chacales, ni las víboras ni los lagartos. Sobre su cabeza vencida una corona de hielo.
No hay nada más. El tiempo se ha consumido. No queda nada. Cuando ha logrado alcanzar un altozano, divisa una silueta erguida. Es un espectro, un vapor indecible surgido de la sórdida concavidad de la ausencia.
Se acerca y logra ver un rostro, blanco, cerúleo, entristecido por la muerte, aplastado por las vigas. Los ojos pueden verse desmesurados en su última contemplación, cántaros vacíos, resecas cisternas, profundos abismos. El hielo lo cubre. Es una mujer que ya no ama ni odia, una mujer que se ha olvidado de todos y de si misma. El intenta seguir pero prefiere regresar al lugar de la incalculable desolación. La ciudad yace entregada ya al vacío. Atraviesa los restos del umbral de la que fuese la entrada. Se dirige a su casa. Todo es escombros. Debajo de cántaros rotos y de piezas de artesanía, pudo ver su propio cuerpo cubierto de polvo de arcilla.
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