EL FANTASMA

Mientras ella gritaba y daba forma a sus gestos,  yo intentaba concentrarme en un adorno con forma de delfín que reposaba con santa tranquilidad sobre la mesa de noche.

Me pidió una respuesta que no le di. Me pidió una prueba que nunca estuvo en mis planes. Cuando intenté mirar la creciente noche con sus orbes infinitos y sus sospechosos silencios,  escuché su insulto.

 

Poco antes estaba dormida,  mientras yo daba cautelosos pasos para no despertarla. La miré con intensidad envuelta en su sábana, con su rostro sencillo, sin gestos,  con su nariz respingada como oliéndome en la alta noche,  con la manos entrelazadas en oración al dios subconsciente de los sueños.


Traté de salir de la habitación. La puerta estaba entreabierta y un hilo de luz se filtraba. Hacía nido en la curva de su pómulo derecho.
Hizo un gesto de inconsciente incomodidas mientras cambiaba de posición.  Rozó con una de sus manos el cristalizado delfín sobre la mesa, que cayó sobre el piso haciéndose pedazos.  

Entonces abrió los ojos.  Negros,  intensos.  Fijó la mirada en un punto impreciso. No me imagino lo que pensó mientras yo estaba de pie en el quicio de la puerta.  No tengo la menor idea de lo que pasó por su mente cuando di el primer paso hacia ella con la intención de acariciarla.


Lloró con amargura.  Crepitaron sus confusas sílabas en el denso mutismo de la alcoba.  La ira demudaba su cara hinchada por el sueño. Lirios marchitos, diamantes ensombrecidos por el tizne del tiempo.  Los cabellos en desorden,  como un herbazal, se movían con la irregularidad de su despertar.  Saltó de la cama con los labios apretados y los puños cerrados mientras ofendía mi prosapia. Hasta mis genes fueron salpicados por el cieno de su rabia.  

 

Le dije que no teníamos nada que hablar,  pero pareció no me prestó atención.  Ella insistía en impedir la catástrofe,  en contener la avalancha.  No me atreví a contradecirla.  Pronto dejé de pensar en sus uñas recién pintadas y en su maquillaje corrido.

"Sé que estabas con esa mujer. Cómo pudiste haberme hecho esto”.  

 

Meses atrás yo había asistido al consultorio médico.  Un dolor puntual,  preciso, me acometía sin piedad cada tarde hasta bien entrada la noche por encima de la ingle.  


“Te arrastraste por esa perra”.  Soltó amarras y lanzó sobre mí toda su desolación,  toda su inseguridad.  

El doctor miraba los resultados,  las radiografías. Hacía anotaciones en unos formularios. De vez en cuando me miraba con el gesto helado.  No obstante, algo en sus ojos parecía ser de fuego.  Salí de allí con la boca reseca y adormecido por una palabra que se repetía ya sin sentido.  No sabía a donde ir.  Me decidí por el bar,  pero cambié de opinión.

 

Me senté en el muro del bulevar.  Las olas rompían en ronco estremecimiento.  A lo lejos los barcos se mecían.  Alguien caminaba de prisa. Una ráfaga de aire levantó unas hojas marchitas.

 

“Imbécil”.  ¿Por qué no decírmelo todo en vez de humillarme?”.  Su voz se había convertido en un sonido difícil de explicar. Ni campana, ni tormenta, ni relámpago... como algo que se desvanece.

 

Después hizo silencio. Las lágrimas continuaban rodando por sus mejillas. No sé de dónde reflejaban un titilante luz. Me acerqué a ella.

Fue entonces cuando me di cuenta que todo lo dicho,  todo ese tóxico veneno lo había vertido contra una fotografía donde yo aparecía de pie junto a una fuente.  Creo que detrás de la imagen había escritas unas palabras románticas.

 

Ella se echó a llorar sobre la alfombra pero yo dejé de verla cuando su cuerpo descendía hacia la mullida superficie. Ya no pude verla más.  No me di cuenta como aparecí en otra parte,  muy lejos de allí  en un lugar donde no había formas, ni luces ni sonidos.

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Comentarios:

Escrito por: omenia       04/03/08 19:28
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Precioso trabajo, me gustó mucho este cuento, quizá la muerte o lo que hay detrás sea como lo pintas.
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