El estado ideal.

Categoría(s): Columna literaria.

 

Como una antigua dama, digna, con distinción, recuerdo a doña Marta Belaunde en su antigua casa de las rejas verdes, y esos rasgos de prosapia que distinguía a ambas. Moré de muchacho su casa invadida de viejas novelas de autores europeos. Ahí conocí tempranamente a Lorenzo Sterne, Maupassant, Wilde, Erico Verissimo, Zamacois, Melville, la Baronesa de Orczy, Stendhal, Somerset Maugham, Anatole France, Marcel Prevost, Eça de Queiroz, entre otros, y sentí por vez primera las bondades del Parnaso. Era el ambiente propicio.

El artista sabe de qué hablo: soledad voluntaria, estados de conciencia, fuga de la realidad. Puede parecer debilidad para no enfrentar situaciones difíciles, pero no es así. Esa evocación actúa, en quien se involucra, como defensa de sus energías y lo aleja de la chatura de un medio circundante. La inspiración le llega imaginando historias, ficciones, o en forma de recuerdos. Y escribe. Se despoja de esa materialidad accidental. Sale del estado físico transitorio, que es la vida terrenal, para instalarse en el mundo de lo trascendente, de lo imaginario, de lo bello.

Ha pasado mucho tiempo. La casa de las rejas verdes no es la misma sin doña Marta Belaunde, y ya no soy un muchachito imberbe. Hoy se me hace común olvidar hechos ocurridos ayer o la semana pasada. A menudo recurro al diccionario para recordar el significado de determinada palabra que hube escrito; de hecho, cuando la utilicé tenía bien sabido su significado. Mantengo una relación fronteriza con la tercera edad y es normal que esto me ocurra. En compensación, los acontecimientos más remotos se reproducen y vienen a mi memoria con la nitidez de un hecho reciente. Se me representan, en esos momentos de letargo, escenas, paisajes, que creí caídos en el manto del olvido; sin embargo, los anima el brillo de aquella primera luz de cuando se me aparecieron.
Pero entre mis recuerdos, rescato aquellos que se presentan con singular claridad y con vida más intensa; ya sea por ser coetáneo de los hechos, o por haberlos escuchado de niño a mis mayores. Ellos me transportan al tiempo y al lugar donde se desarrollan las escenas. Muchas de mis narraciones se basan en circunstancias reales. Sólo el hecho veraz es puntual; la ambientación y algunos personajes son producto de mi imaginación. Salto así épocas desde el ocaso del siglo veinte hasta sus albores, en una suerte de retracción, para viajar en el tiempo por los años treinta, sesenta o noventa, tan cambiantes en costumbres y carismas. Las circunstancias de los hechos así me lo exigen.

Andar nuestra provincia me ha permitido observar lo casi infinito del paisaje rural, como San Martín del Alto Negro, o La Travesía, en el sur de San Luis; o la finitud de la montañosa cañada de La Grana, la norteña Villa Larca, o la casa de las rejas verdes, reducto de muchos ensueños. Ahí he observado que en todo basto panorama que me da la naturaleza, hay tal lugar, tal monte, tal objeto, que, estando como oculto o disimulado todo el día en el conjunto de una mayor perspectiva, a una hora determinada, por darle el sol de cierta manera y serenarse, no sé cómo, el aire en su torno, se destaca y brilla, y me parece que sólo en él vivieran esos elementos: el sol, el aire. Y si frecuento el lugar a diario y a la misma hora, veo que así nacen y mueren para mí, cada día, tal lugar, tal monte, tal objeto. Asimismo, puedo ver, en relación, tal escena, tal paisaje, en el panorama global de mis recuerdos.

Es que la naturaleza es sabia. Es la manifestación más elocuente del orden            universal. Lo supo Horacio cuando exclamó en un pasaje de su obra: “¡Dichoso aquel que, apartado de los negocios y libre de todo cuidado, cultiva los campos de sus padres!”, y Fray Luis de León, cuando, imitándole felizmente, escribía estos versos: “¡Qué descansada vida/ la del que huye del mundanal ruido/ y escapan a su destino/ los pocos sabios que en el mundo han sido!”

Es la seducción del paisaje rural que, obrando sobre el corazón, nos inspira dulces sentimientos y nos dispone a la felicidad. Por lo pronto a mi me aconteció en las montañas de la Villa Larca de mi niñez, donde me hubiera quedado por el resto de mis días, lejos de la urbe, haciendo revivir los tiempos de la Edad de Oro y renunciando de buen grado a todos los placeres del mundo, a los esplendores de la ciudad y al brillo de las grandezas que pudieran esperarme cuando adulto; prefiriendo las tareas y las horas del campo y sus placeres, que se me presentaban todos inocentes, exentos de malicia.

Luego sucedió que al crecer me hice una persona mayor y perdí sabiduría. Ahora me veo escribiendo y escribiendo –¡tamaña ilusión!–, para no morir nunca.

Pero el reposo creativo, andar por el campo y el perfecto gusto por la naturaleza, me seducen tanto como a Horacio y a Fray Luis de León, sin importarme nada más.

 

(2001) Norberto Federico Fernández Lauretta,
del libro “La casa de las rejas verdes”.
    
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Comentarios:

Escrito por: Norberto       06/10/07 23:50
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Si Guadalupe, todo cuanto escribimos con sentimiento llega al lector, intimamente. Así sean extremos. El dolor, la alegría, el odio, el amor...
Escrito por: guadalupe40       06/10/07 22:02
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Que maravillosamente sabia es la memoria, nos realiza un archivo tan prodigioso que ocupando los primeros lugares están las cosas o hechos que nos atraen, que nos han resultado gratos, y en ella debemos basarnos para escribir... y al ser gratificante para nosotros lo será para quienes nos leen....Guadalupe
Escrito por: Norberto       05/10/07 22:07
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Sí, es así. Para la gente común somos de otro planeta. Un abrazo también Ricardo amigo.
Escrito por: ricardo48       05/10/07 19:16
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Una vez me dijo un amigo cuando me hoyo imaginarme un viaje a Australia que no podía hacer por falta de medios económicos, que yo no tenia dinero porque no me interesaba. Y que me envidiaba el hecho de que fuera así. Me dijo, yo si no tengo dinero me siento que no soy nadie, y a vos te veo tan bien sin el. Un abrazo
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