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Para mi amigo Zaa.
Con la carita sucia y el cabello pegado al cráneo por el sudor de las corridas, Zaa defendía el arco con la calidad de un profesional. En el campito del barrio, los dos equipos jugaban ese partido de fútbol como si fuera la final de un Campeonato Mundial. La edad de los magníficos jugadores oscilaba entre los ocho años del gor-dito Dino, el aguatero oficial, y los doce de Zaa.
Lamentablemente en todo partido hay ganadores y perdedores, y el equipo de Zaa perdió por un gol que el astuto Gonzo del otro equipo, metió en el minuto final. Cansados y tristones, los perde-dores, que se auto bautizaran a si mismos Los Leones Rojos, se retiraron del improvisado campus bajo los silbidos y burlas de los Tigres Verdes .
Zaa no tuvo mucho tiempo para seguir lamentándose junto a sus amigos, al percatarse de la hora, salió disparado hacia la Salita de Primeros Auxilios de la villa. Allí la Hermana Teresa, la Negra, como todos la llamaban, atendía las necesidades físicas y psíqui-cas de los vecinos, en especial las del estómago de los más pe-queños, a quienes ofrecía una suculenta merienda todas las tar-des, para paliar un poco el hambre que reinaba en sus hogares.
La madre de Zaa, una bella y delicada dama de la alta sociedad porteña y enfermera por vocación, ayudaba a la dulce monjita en esos menesteres.
Todas las tardes, a escondidas de su esposo, salía de su casa en un barrio elegante del centro de la ciudad y se dirigía al asenta-miento de hacinadas casillas. Las dos mujeres ponían inyeccio-nes, ayudaban en partos, curaban heridas leves del cuerpo y del alma, y sobre todo, cocinaban ricos panes en un pequeño horno de barro que algún vecino solidario había levantado en el peque-ño patio. Siempre llevaba con ella a su hijo, con la secreta espe-ranza de que al convivir algunas horas con los niños de ese am-biente tan humilde, tan distinto al ambiente al que por nacimiento pertenecía, ayudara a convertirlo en un hombre mejor para el mañana.
Esa tarde, el niño corrió hacia la Salita sabiendo que su madre algo le encargaría para realizar, siempre tenía algún recado para darle. Iba tan distraído en sus pensamientos que apenas notó los coches cuando ya casi se topó con ellos.
Eran unos grandes coches grises, Zaa los conocía bien y sabía lo que significaban; temblando de pánico se escondió en un pasillo desde donde apenas podía ver lo que pasaba.
Las voces eran altas y secas, taladraban los oídos, se escucharon corridas y algunos sollozos ahogados. El pequeño alcanzó a ver como la Negra y su madre eran sacadas del interior de la Salita con los ojos vendados y las manos esposadas e introducidas a los empujones dentro de un vehículo que rápidamente se alejó del lugar. El porte de los hombres, a pesar de estar vestidos con ro-pas civiles, hablaba bien a las claras de su origen militar.
Zaa regresó a su casa asustado y transido en llanto, presintiendo que nunca más volvería a ver a las dos valientes mujeres; su ma-dre le había explicado infinidad de veces, repitiéndole hasta el hartazgo; que eso podría suceder y que él jamás debería decir nada, ni reclamar, ni pedir por ella. Nadie debería saber , menos aún su padre, que él la acompañaba. Era un secreto entre los dos y él sabía guardar secretos.
Tirado sobre su cama, el aterrado niño lloró las lágrimas amargas de la desesperación, sintiendo dentro de si el dolor más intenso que en su pequeña vida había conocido; todo había cambiado en un instante y a pesar de ser un pequeño hombrecito, a pesar de todo lo que su madre le había dicho, le costaba comprender.
Al poco rato escuchó llegar un vehículo que estacionaba frente a su casa, escuchó otra vez las voces altas y secas, era su padre que se despedía de quienes lo habían llevado hasta la casa; con un gesto de bronca y desesperanza limpió las lagrimas de sus mejillas y se dirigió a la puerta para recibirlo, bien erecto, en posi-ción de firme, como a su padre, el Coronel, le gustaba.
María Magdalena
Pintura: "El que piensa", de mi amigo el pintor argentino, Sergio Blatto.
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