Sumergido en un asiento vuelo de regreso, con ojos entrecerrados descubro que no estoy soñando. La ciudad me espera sumergida en la noche como ojo de lobo. La miro ser desde lo alto, respira rápidamente tratando de sofocar sus incendios privados. Quisiera poder sonreírle pero no tengo cara.
No sé como comenzó esta pesadilla, no exactamente. Mi primer recuerdo es de sólo unos meses atrás: Depositaba mis lágrimas sobre la piel sin plumas de un pelicano. Las esferas vacías de sus cuencas latían todavía y su carne estaba tibia. Dentro del profundo pico agonizaba un pescado mientras mis manos sostenían un cuello desfalleciente. Esperé hasta que se le fue la vida y arrojé sus restos al mar. De algún modo eso llegó a convertirse en un símbolo para mí. Como los antiguos quise analizar sus entrañas para ver mi destino. Me sumergí en las frías aguas para volver a localizar ese cuerpo, debería haber emergido a la superficie como lo hacen todos los cadáveres, sin embargo estaba perdido dentro de ese inmenso líquido.
Cuando segundos más tarde regresé a la superficie sentía que la cabeza me explotaba, sin embargo logré calmarme, al menos por unos minutos. Sin embargo, la angustia se volvió cotidiana desde entonces. La jaqueca también.
Algo significativo fue lo que soñé esa noche:
Esperaba a una mujer de cara al puente, con todos mis sueños envueltos bajo la ropa. La vi acercarse muerta flotando en las oscuras aguas. Sentí entonces un golpe en la espalda que me llenó de negro los pulmones y la sangre. Caí sobre unas matas , por mucho tiempo me rasgué con las espinas, escondido, desangrándome; hasta que dejé mi cuerpo. Me alejé viendo como todavía se convulsionaba como electrocutado. Luego me elevé y comencé a desvanecerme dentro de una enorme espiral. Cuando me estrello contra la verdad de mi condición es demasiado tarde. Me siento confundido, quisiera haber tenido un cuerpo en que arañar y rascar la desesperación.
A la mañana siguiente tomé un trago tratando de borrar el dolor, pero éste creció y me sumergió en él como en una pecera. Respiraba y era respirar dolor. Mis manos aprisionaban las sábanas con garras de buitre. Me retorcí de mil formas tratando de dormir, o de despertar. La llave del vecino de arriba se había quedado abierta taladrando mi cerebro mientras estrellaba gotas de acero sobre el lavabo, y luego de desbordarlo, sobre el piso. Al final las gotas se abrieron paso a través de una grieta y atacaron mi rostro, quise gritar, o apartar mi rostro de la tortura, pero no me podía mover. Pensé que era hemiplejia pero era sólo el miedo. Algo así solo lo puede sentir quien habrá de encarar al destino.
Luego de días u horas, abrieron la puerta de mi casa. Manos sin cara me llevaron a ese hospital que había visto tantas veces por fuera con compasión. Nunca un lugar había sido tan frío. Laberínticos corredores azules, hileras de camas oxidadas, olores que enferman, miradas de pena, soledades y llantos ahogados en sucias almohadas. Busqué una mano a la cual aferrarme, un médico con ademán impersonal me la retiró. Miró hacia otra parte mientras daba instrucciones a enfermeras que desaparecían. Luego de eso solo me quedó la espera. A mi lado otros como yo llenaban de dolor una sala enorme rodeada de ventanales. Las cortinas se mecían rítmicamente esparciendo un polvo blancuzco.
Desde niño tuve curiosidad acerca de ese viejo edificio de aspecto huraño. Veía entrar a esos cadáveres resignados o aullantes llevados por endurecidos camilleros, como quien arrastra a un animal hacia el sacrificio. Imaginaba con morbo que sentiría si yo fuera transportado así a lo largo de los corredores impregnados de éter y naftalina para confrontar el destino. Ahora lo sé, pero nunca he asumido que soy yo y no otro, o una película a quien vigilan y aíslan, a quien los médicos estúpidos cuestionan con esa voz distorsionada por las máscaras, a quien auscultan con manos cubiertas de látex. Creo que la negación es la única puerta de escape cuando la máquina ...
La máquina es un tótem, la pesadilla de cada niño. Circulan cientos de historias sobre ella, las cuales oía desde niño llevando mis manos al pecho acelerado. Mi padre solía consolarme más tarde con palabras que podría repetir exactas. Decía que eso sólo le pasa a algunos; no a mí, no a mi familia.
A los quince años vi como se llevaban a mi padre y luego a cada uno de mis hermanos, pero nunca quise aceptar que yo también podría tener el mal. La duda se volvía una compañera inevitable igual que mi propia sombra. Cuando me casé me negué a tener hijos. Siempre fui un tipo afable que en el fondo estaba introvertido, cuando luego de unos años me divorcié de algún modo sentí alivio. Al menos una vez al día, generalmente al irme a la cama pensaba en el mal.
Las bromas más comunes, los chistes de los cuales la gente ríe más, están relacionados con el mal. Yo mismo inventé algunos. Al reír te sientes de momento con poder y control sobre algo que de otra manera te aplastaría. Cuando alguien caía a tu lado sentías esa indiferente compasión mezclada con la oscura alegría de que no fuiste tú. Pero de noche la pesadilla de la máquina te acecha pacientemente. Hasta que llega el día en que eres tú a quien los otros miran supersticiosamente.
Lo único peor a esperar a la máquina es la ambulancia. Adentro el calor es terrible, mientras viajaba estuve a punto de vomitar dos veces, perdí por completo el sentido del equilibrio y me aferraba con fuerza a la camilla sintiendo que si me soltaba caería a un abismo, con mi otra mano cubría mi nariz para protegerme de la pestilencia del sudor y orines viejos. El viaje era terriblemente largo, o al menos así me indicaba mi cerebro anhelante de oxigeno. Casi al llegar al hospital la ambulancia de pronto saltó pues el camino era malo, la camilla se soltó deslizándose por la ambulancia golpeando la espinilla de uno de los camilleros y después se golpeó contra la pared aprisionando mi mano. El dolor fue terrible, sin embargo me hizo olvidar por unos minutos porqué estaba ahí. Un anciano que iba a mi lado comenzó a convulsionarse y a reír como tonto. Mientras lo sujetaban e inyectaban sonreí amargamente. Ese momento es lo más cercano a lo que estado de la resignación. Cuando abrieron la puerta para arrastrarme dentro del gris edificio yo también grite un poco. Para el resto del mundo me convertí en un recuerdo o en un número anotado en una estadística.
Un pasillo me comenzaba ya a engullir dentro de otros pasillos que abrían interminables puertas de deslucido aluminio. Comencé a sufrir ahogo y la mano solícitamente estúpida de una enfermera me sumergió en una mascarilla. Respiré el frío oxigeno por reflejo, aunque no tenía sentido aferrarme a una vida que ya se había ido. Pienso que era solo la curiosidad y el morbo de conocer a la máquina lo que me hizo seguir tratando. La temía y al mismo tiempo la deseaba, era mi tótem y mi tabú. Las células de mi organismo también querían aferrarse a la vida como un naufrago a una tabla que flota.
Cuando perdía el sentido me sumergía en una especie de gelatina anaranjada de la que lograba salir luego de luchar mucho, soltaba entonces una sílaba perdida y volvía a hundirme en ella. Solo luego de días pude volver a pensar y sentir, pesadas drogas corrían por mis venas dándome una extraña lucidez y una patética alegría de la que me arrepentía más tarde cuando el dolor regresaba mucho más fuerte, ni siquiera la inconciencia me permitía escapar de él, la inconciencia y el dolor eran lo mismo.
Me repetía hasta la apatía, No habrá lugar para mi en esa máquina.
Las horas no tienen lugar es este cuarto sin ventanas y camas sin tender. Generalmente no hablo con nadie, pero me gusta escuchar los comentarios optimistas de los más jóvenes. Algunos sólo tienen inflamada la vejiga y recibirán un ligero golpe en el vientre, talvez ellos podrán ver la luz de la calle otra vez. No recuerdo si yo fui optimista en algún momento, en realidad mis recuerdos son pocos , así como mis ratos de lucidez de los cuales tomo ventaja para escribir unas pocas líneas garabateadas en libretas abandonadas, de las cuales hay muchas. Viejos blocks que muchos han usado para escribir cartas de amor o frases de despedida. Nadie en ellas, sin embargo, alguna vez a confesado que tiene el mal, unos pocos han confesado que morirán sin remedio, yo me pregunto si es en realidad la muerte lo que me aguarda. Cuando era niño un primo mayor me dijo que al morir no se sentía nada, era como un sueño pesado sin imágenes ni sensación alguna, de ser así yo añoro la muerte. Sin embargo temo que la muerte no sea sino el dolor infinitamente prolongado, eso es lo que me hace aferrarme a mi vida, al menos tengo una boca con la cual gritar.
Cuando ingresé aquí pasaba larguísimas horas contemplando las palmas de mis manos, esperaba encontrar escrito en ellas algo que me indicara como terminaría todo esto. Los recuerdos me cercenaban el cuerpo. Pensé en todo lo malo que había hecho, todo lo desconsiderado que había sido, me torturaba pensando en mi matrimonio fallido. Extraía de mi pasado esa dulce muchacha de pelo rojizo a quien olvide preguntarle su nombre. Con desesperación deseaba haber traído conmigo la marihuana que tenía oculta en el armario. Maldecía a mis compañeros de oficina, yo era mejor que ellos, había logrado ascender más rápido, me tenían envidia. En este momento deben estar felices porque yo tengo el mal, eso prueba que yo era perverso. Mi escritorio y computadora seguramente fueron quemados, mi oficina cerrada por meses, para olvidar, para erradicar mi influencia. Las chicas que llevé a la cama deben estar horrorizadas. Maldito pervertido, deben llamarme.
¿Qué cosas pude haber hecho con el dinero de mis cuentas canceladas? ¿ Como serán las ciudades que nunca visité? ¿ El rostro de mis hijos? Ahora que vuelvo a leer estas preguntas garabateadas sobre otras notas y preguntas, me resultan indiferentes. Desde hace unas semanas desconozco muchos sentimientos, creo que esta especie de apatía se está por fin pareciendo a la resignación. Conocer la máquina es un aliciente a esta monotonía, comienzo a creer que la máquina en realidad no existe y es solo el pretexto para mantenernos a todos aquí mientras morimos. No recuerdo haber conocido a nadie de entre nosotros que alguna vez haya estado en la máquina.
Ayer volvió la desesperación a adueñarse de mí, ¡Tengo que llamar a la policía! le gritaba a la enfermera, pero ella me miraba con desprecio mientras retiraba mi mano que se había aferrado a su falda. Ni siquiera sonreía. Otra vez la droga consigue calmarme, pero a un precio terrible. Cuando el dolor y la angustia regresan son insoportables, ni el llanto es un medio de librarme. Destruí muchas de mis notas en la tarde para aliviar mi tensión.
No sé que día es hoy, pero siento que ha habido un cambio así que lo anotaré, en la mañana o algo así, me sacaron nuevamente al corredor que entonces parecía más vacío. Logré oír por un momento el zumbido de la máquina. Pensé que era el fin, mis dedos se retorcían y de mi boca brotaba un líquido amargo. Los camilleros como de costumbre no decían ni una palabra. Me dejé caer de la camilla y corría de alguna forma hasta encontrar un baño donde me encerré. No estaba limpio, como nada este hospital. Mis piernas temblaban, murmuraba alguna cosa que yo mismo no sé que era. Luego vomité un liquido verdoso. Permanecí de rodillas ante el escusado hasta que consiguieron una llave y vinieron por mí. Creo que vi una sonrisa bondadosa en sus pálidos rostros mientras me devolvían a mi cuarto. Nunca hasta entonces había sentido un frío tan grande. Mi cuerpo temblaba y estaba empapado de sudor. La vieja sábana que me cubría estaba llena de baba y mordisqueada.
No sé desde cuando no he cerrado los ojos, escondo un pan de la comida y lo roo por las noches. Sólo así logro controlar la desesperación. Hace poco inventé un mecanismo para contar el paso del tiempo, un sistema muy complejo basado en nudos que hice en mi sábana y en el conteo de los latidos de mi pulso, al menos es algo creativo. Otro de mis entretenimientos es encontrarle forma a las difusas nubes de polvo que se ven flotar cuando las ves a contraluz. Las conversaciones tiene tiempo que no me interesan. Prefiero escribir aunque termine rompiendo la mayor parte de mis anotaciones. Nunca he sido muy buen dibujante, pero últimamente también me ha dedicado a trazar abstracciones que a muchos parecen solo rayones y manchas.
Nadie me ha explicado, he querido tener una respuesta, he querido saber si es mejor suicidarse, pienso que la máquina es solo una forma de dar muerte a los que tenemos el mal, un método menos primitivo y más humano que jalar el gatillo, enterrar el puñal o abrir la trampilla. Quizá mi miedo es lo que me impide ver que sí, la máquina es la cura. Cuando son curados aquellos como yo, son enviados a otro país, en tierras cálidas, hasta que su cuerpo se recupera del tratamiento. La gente simplemente olvida que tuvo alguna vez el mal y vuelve con un nuevo rostro. Un rostro tan desconocido que piensa que no tiene cara.
Me imagino hundido en un asiento sin verdaderos recuerdos, vacío pero conforme, regresando a esta ciudad, contemplándola desde las alturas con nuevas esperanzas. Lloro, río, ¿Será eso lo que llaman el destino|
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