Cuando decidí apretar del gatillo, comprobé que sí, la vida que tuviste pasa por tu cabeza, completamente, en cuestión de minutos.
El comprobar el dolor de mi familia, el ver mi funeral, ver el cajón en
el que me encontraría, rodeado de flores, provocando un aroma empalagoso en el
ambiente, mirando a la gente, que lloraría por mi partida. No me hacia cambiar
de idea.
La verdad, había bloqueado todo mi sentir, ya mis sentimientos no estaban
en función de mis actos. Solo me había sentado en lo que fue mi escritorio.
Había decidido tirar del gatillo.
No me daría tiempo para sentir la bala, que atravesaría mi cráneo, en
cuestión de segundos. Vería ya mi cuerpo en el suelo, con las sienes reventadas
y el piso ensangrentado.
No había vuelta atrás, quería tirar del gatillo.
Me paré frente a la ventana y observé la perspectiva que había desde el
noveno piso de esta compañía, la que me debía veinticinco años de servicio,
pero de los cuales, nunca recibí bonificación.
Es tan solo un click
Volví a mirar aquél asiento en el que estaba yo, con la mano dispuesta
en el gatillo, lista para hacer presión y apagar la vida de aquél imbécil ciego
que era.
Me acerqué, estaba sudando, era indicio de que estaba nervioso,
asustado, estaba arrepintiéndome. Eso me animaba un poco, después de todo no
era tan estúpido como creí. En mi calidad de humano aun existía algo de cordura.
No, ese no debería ser mi final, tenía que haber algo mejor. Mi mano había
aflojado.
No tires del gatillo
La duda, madre de la cobardía. No me servia seguir usando el oxígeno que
otro podía utilizar mucho mejor que yo. Era un marido engañado, no con mi mejor
amigo; si no con mi sobrino, 10 años menor que ella. Un mal padre, un pésimo
funcionario; de ahí el por que nunca me valoraron los años de servicio. Mis
amigos no eran realmente mis amigos, si de ellos dependiese, me acuchillarían
por las espalda al primer descuido. Apreté los nudillos de mi otra mano y con
ello tensé la mano que tenia el arma.
Hazlo, no perdemos nada.
Respiré hondo. Después de todo había dado lo mejor de mí a mi única
hija, la que por desgracias del destino, era una estupefaciente y alcohólica.
Era preciosa, de ojos verde
oscuros, una tez trigueña que brillaba al sol y cabello rizado, negro. No quería
dejarla en el agujero en el que se encontraba, sabía que podía hacer algo más
por ella y que podríamos sacarla de la cárcel. Tenía que hacer algo por
salvarla, no creía que los valores que alguna vez le inculcamos no hayan valido
nada. Esbocé una sonrisa de alivio.
Ella nos necesita
Golpeé el vidrio con las manos. Aun recordaba la voz de ella cuando nos
dijo me lo jalé todo y a todos También recuerdo la bofetada que le di
haciendo que cayera al piso. Desde aquel día que no me volvió a dirigir la
palabra. Ignoraba mi presencia. Eres
un puto, de ti lo aprendí, viejo de
mierda fue lo que dijo cuando salió de la casa. No volvimos a saber de ella
hasta cuando supimos que estaba encarcelada por haber asaltado un puesto de
comida rápida.
La chiquilla es una perra mal agradecida, hagámosle el favor, para que
no nos siga viendo la cara de imbéciles.
¡¡¡Presiona el gatillo!!!
Me había asustado. No podía dejar que todo esto se arreglara así, aunque
realmente dudo que se vaya a arreglar. Pero tenía que seguir peleando. Dios
aprieta, pero no ahorca. Aflojé y dejé caer lentamente mi brazo.
Baja la mano, ese es nuestro primer paso
Quité el cañón de mi sien. Dios ¿en dónde está? Si estuviese aquí como
dicen las religiones, no dejaría que usaras un arma, no te habría dejado
sufriendo. De existir, abríamos hecho una buena elección con tu mujer y no habríamos
aceptado a la cerda pedófila que tenemos en la casa, esperándonos, creyendo que
su romance es de total desconocimiento nuestro y de todo el mundo. No quiero
ser el hazmerreír de los demás. Me iban a apuntar con el dedo cada vez que me
viesen.
No les des el gusto de que vean nuestra cara. Levanta nuestra mano y
hazlo
No lo hagas, podemos divorciarnos y demandarla. Somos abogado, no quedaría
ni con un centavo.
La mujer siempre tiene más beneficios en una corte, puede hasta
acusarnos de maltrato, siendo que nunca le pusimos un dedo encima.
No hay nada que lo compruebe.
Pero se los puede provocar
Estábamos peleando. Una excusa, un motivo tras otro
No quiero estar en medio de dos malditas decisiones
.¡¡Cállense de una
buena vez!!
Ambos seguíamos discutiendo.
Lo que si nos hizo recuperar nuestro silencio, fue aquel disparo. Su
sonido aun hacía eco en la oficina. Sórdido, letal.
Cuando hice funcionar aquella arma, fue por callar aquellas voces que en mi interior daban los pros y contras de mi
decisión. Cuando apreté el gatillo lo hice por mi familia, por que los amaba
mas que nadie y por que no merecían a este hombre. No merecían a un débil.
Cuando apunté con el arma, perdoné a mi esposa, a mi hija, a mis amigos por
abandonarme. Por no estar aquí cuando realmente los necesitaba.
Cuando le di al cuadro de Dalí que había en la oficina, supe, que me lo
iban a descontar de mi salario
.
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