El Confesor (segunda parte)

Ingresó a la sala de interrogatorios, bautizada acertadamente como “El confesionario” por el comandante, un muchacho de unos veintitantos años con rasgos netamente andinos y literalmente meándose de miedo, lo que causó la hilaridad de los marinos. ¿Qué la pasa grumete, es la primera vez que navega y se marea? Aulló Lobo, comentario que provocó groseros comentarios en los encapuchados que rodeaban aquella espacial “capilla”. El pobre muchacho miró avergonzado sus pantalones mojados en la entrepierna, producto del desfallecimiento de su esfínter. Luego miró, una vez que sus ojos se acostumbraron a la penumbra que reinaba en el recinto, a una veintena de encapuchados y frente a la silla en la que se hallaba fuertemente atado por medio de correas, una mesa alta en la que se encontraban dos personas con los rostros despejados, de manera que podía verlos claramente (esto le dio una impresión de peligro adicional). Uno de ellos, vestido de negro, permanecía en silencio y totalmente quieto, mientras que el otro, bastante más joven, tenía una actitud y unas facciones que le erizaron la piel al detenido. Parecía presa de una ansiedad frenética. Era este quien llevaría a cabo el cuestionamiento.
-                           A ver, dame tu nombre completo y tu dirección. ¡No se te ocurra mentirme! Le ladró a la cara.
-                           Gregorio Yánez Mamani, domicilio en la calle Principal número 125, Conchahuaura, aquicito nomás, mi general. Respondió con más miedo aún del que tenía cuando se meó los pantalones.  
-                           ¡Nada de general conchatumadre! Somos marinos. Te voy a hacer unas preguntas y las responderás todas, por las buenas o por las malas. ¿Entendiste?
-                           No sé nada iñor. Solamente estaba regresando con mis carneros y las tropa me han ditinido y mi han traído aquí.
-                           ¿Cuántos y quiénes eran tus compañeros que se chifaron al alcalde y dinamitaron la municipalidad anoche?
-                           Yo no juí iñor, no sí nada dil asunto, otros deben haber sido pues. Di ajuera, di otro lado puis.
-                           ¿Nos crees cojudos hijo de puta? Los hemos perseguido y me han matado un hombre y te hemos agarrado a ti, a otros tres cojudos y a una chiquilla que no es de por aquí. ¿Quién es y de dónde viene?
-                           Desconozco mayormente iñor, no conozco señorita y yo no sé manijar arma.
-                           Bueno, ya traté por las buenas y no cooperas, entonces tendrá que ser por las malas. Eso no te va a gustar nada porque duele. ¿Es lo que quieres?
El detenido se puso verde, entró en pánico pero trató de seguir jugando su carta de inocencia. Era la única que tenía pues estaba seguro de no poder soportar ningún dolor físico. Nunca lo había podido hacer. Entonces intervino el que daba las órdenes y con una voz cavernosa y tono impersonal dijo: hermano Lobo, cálmate y dale al joven, que parece sincero y una buena persona, unos minutos para que piense lo que debe de decirnos y dirigiéndose al prisionero le dijo: Tú eres pastor de ovejas, sin duda has capado carneros, ¿nunca te has preguntado lo que sienten cuando les cortas los huevos? Si no nos dices lo que queremos saber, vas a conocer lo que sienten y otras cosas bastante peores. ¿Sabes que el dolor tiene un límite? Es tan horroroso que llegas a desear la muerte antes de seguir sufriéndolo. No es cosa de un momento y a la mierda, no. Es cosa de darte lo que queramos y durante el tiempo que queramos, no te nos vas a morir por exceso ni accidente, vas a durar lo que nosotros queramos que dures y eso duele, ¡MUCHO!  Dijo y volvió a permanecer en silencio. Mientras habló, sólo se movieron sus labios y ningún otro músculo de su cara. Los encapuchados, el interrogador y el interrogado se quedaron tan quietos y silenciosos como si hubieran oído al diablo en persona. La tensión que se vivió en esa sala fue inenarrable.

 

-                           ¿Y Gregorio, ya decidistes? Dijo Lobo.
-                           Iñor, no sí nada puis, dijo tragando saliva y sabiendo que su destino estaba sellado. En realidad lo sabía en cuanto lo capturaron, pero el alma humana siempre se aferra a la esperanza, aún cuando sepa que esta ya no exista. 
¡Cabo, tráigame la chaira de capar! Ordenó Lobo con una expresión siniestra. Al instante, un joven marinero con cara de asustado le presentaba una navaja curva.
-                           Bájenle el pantalón a este meón carajo, volvió a ordenar Lobo.
Se cumplió la orden en menos de diez segundos a pesar de la resistencia de Gregorio.
-                           Última oportunidad de hablar terruco conchatumadre, dijo Lobo, sádicamente. ¿Quieres segur siendo hombre, o en puta te quieres convertir?
-                           Por favor patroncito, yo no sé nada. Pastor solo soy. Sollozó el detenido.
-                           ¡Cabo corte! Ordenó con voz muy alta el oficial.
Los marineros obedecieron la orden y dos le sujetaron los testículos mientras el restante, de un solo tajo cercenó el escroto y lo levantó al nivel de los ojos del interrogado, quien no había tenido tiempo para asimilar lo sucedido, ni para sentir el profundo dolor que se iba apoderando de su sistema nervioso. La sangre comenzó a brotar enseguida como si se tratara de un grifo de bomberos. Nadie hizo nada por contener la hemorragia y todos miraban la escena como hipnotizados, mientras el joven se desangraba hasta morir. Una vez consumado, Lobo dio la orden de sacar el cadáver y lanzarlo a la fosa común y llevar a un segundo prisionero. ¡No limpien la sangre carajo! Que el huevón que llega la vea y sepa lo que le espera si no coopera, gritó. Metieron a viva fuerza a una muchacha que, podría pasar por hermana del anterior, que miró horrorizada la silla, y el suelo a su alrededor, completamente manchados de sangre, lo cual le provocó un espasmo y comenzó a temblar como si se tratara de un ataque de epilepsia y se desvaneció.
-                           Carajo con la terruquita, nos resultó nerviosita, dijo cachaciento Lobo. ¡Reanímenla con agua helada!
-                           Mi teniente, parece que se ha muerto, no le encuentro el pulso, dijo un asustado marinero mientras examinaba el cadáver.
-                           ¡Llamen al enfermero! Bramó Lobo frustrado.
-                           Está muerta señor. Paro cardiaco, un infarto a causa del miedo sin duda. Y calló abruptamente pensando que quizás había hablado más de la cuenta.
-                           Sáquenla de una vez y traigan al otro machito, ordenó el teniente.

 

El primer testigo de la defensa hace su ingreso al tribunal en medio de gran expectativa. Tiene un nombre real que parece sacado de un triller; Lorenzo Chucky. Sí, exacto, tocayo del muñeco diabólico.
Al responder las preguntas del nipón abogado defensor, lo hace con un desparpajo y una sangre fría que hasta a mí, que he participado en combate, y a mis sombras, que conocen muy de cerca la barbarie, nos escarapela el cuerpo y nos miramos asombrados. Sí, responde, entramos en la pollada y el mayor comenzó a disparar, así es que todos lo imitamos. Como teníamos silenciadores, nadies escuchó nada, ni siquiera los de la pollada del segundo piso. La acción habrá durado unos tres minutos máximo, luego nos replegamos y nos fuimos a la playa la Tiza a celebrar el cumpleaños del mayor, que todavía era capitán. Las dos camionetas cheroque tenían circulinas por lo que teníamos paso libre, además todo estaba coordinado por los de arriba, así que había luz verde. ¿El niño? Bueno pues, allí estaba, mala suerte. “Catedral” lo liquidó y cuando le recriminé me respondió que ese niño, en caso de vivir, crecería con hambre de venganza y él no quería andar guardándose las espaldas toda su vida.
No señor, nosotros no somos mercenarios ni asesinos, sino soldados que cumplen órdenes según los reglamentos militares, y estábamos respaldados por la institución y por el jefe supremo. Es injusto que nos aigan dado de baja después de lo que hicimos por la patria. Veinte años me quieren dar, no es justo señor.
Así van desfilando, uno a uno, todos los miembros del escuadrón de la muerte. Llamados por la defensa o por la fiscalía, todos relatan casi lo mismo; que pertenecían a un cuerpo militar de élite que respondía solamente a las órdenes de los jefes supremos, quienes los protegían y equipaban con toda la logística necesaria. Todos los testimonios apuntan a que quien autorizó la creación y la operación del grupo está sentado en el banquillo de los acusados, aunque su defensor mantenga lo contrario.

 

Los marineros sientan y atan a la silla de interrogatorios a un muchacho de tez blanca y rasgos costeños. Lobo abre las fauces y exclama: “Ah, un pituquito, qué interesante”
-                           Tu nombre mi amorcito, le suelta cachaciento a la cara, con      una sonrisa cruel.
-                           Víctor Raúl Sarmiento de la Torre
-                           ¡Ah eres aprista! ¿Qué hace un aprista con los terrucos? Pensé que se odiaban los comunistas con ustedes.
-                           ¡No soy aprista! Pienso totalmente diferente que mi padre.
-                           A ver, pareces ser un muchacho inteligente y educado, dime ¿Qué es lo que haces por acá? Dirigiéndose a su gente preguntó: ¿estaba armado Víctor Raúl? Los subordinados respondieron mostrando un AK-47.
-                           Soy parte del glorioso PCP-SL. ¡Viva el presidente Gonzalo y su pensamiento guía! Gritó el detenido.
-                           Con que esas tenemos, amorcito. Entonces vas a cantar muy alto y claro para mí. Quiero saber cuántos son, dónde están y cuáles son sus planes.
-                           ¡Antes muerto que traicionar la causa!
-                           No te preocupes que hombres más valientes y duros que tú han cantado. No te avergüences por eso y evítate sufrimiento inútil, porque al final terminarás diciéndome todo lo que deseo saber. No seas bruto y empieza a hablar.
-                           ¡Jamás, asesino!
¡Jefe, vociferó Lobo, aliste su equipo! A la orden señor, respondió el aludido mientras llenaba con aguas servidas un cilindro, a la vez que un ayudante disponía sobre una mesita auxiliar una serie de instrumentos, como alicates, tenazas, cuchillos, sierras y demás herramientas utilizadas mayormente por los mecánicos. Un sudor frío corrió por la espalda de Víctor Raúl, que recordó la existencia de Dios, que le había sido revelada por su madre y reforzada por los jesuitas en el colegio en Lima. Sin darse cuenta muy bien de lo que hacía, invocó su nombre y le rogó que lo ayudara a salir bien de ese trance. Por lo general el hombre sólo se acuerda de la existencia de Dios en momentos extremos. ¿No es cierto?
Sí lo es, hasta para quienes se declaran ateos y agnósticos. Lo sé muy bien, ya que he sido testigo de muchas de estas situaciones. Soy creyente y pienso que estoy ya condenado, la presencia de mis sombras me hace remarcar la idea, aunque el arrepentimiento es un camino hacia la redención y siempre existe un resquicio de esperanza.
Registrarte y comentar la historia

Comentarios:

Escrito por: mono       10/06/08 03:01
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Como siempre digo eres un genio, me cayo demasiado bien el "teniente lobo", me gustan tus dialogos, me senti como viendo una pelicula de guerra, voy a leer la tercera parte.
Escrito por: JhonnValentine       14/05/08 18:45
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Buena continuación aunque mas impactante, sangrienta y cruda. La forma en que los personajes se expresan es algo real y chocante al mismo tiempo. Te felicito!!!
Escrito por: ferruz       01/04/08 04:41
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
La narración es excelente, muy buena descripción del interrogatorio ¡Felicidades!

Un abrazo
Fernanda
Escrito por: ClemenRock       07/03/08 19:41
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Escrito de forma perfecta de modo que puede uno seguir la historia sin problema. Lo que más me gusta es lo bien que enlazas los diálogos, parece como si observáramos a los personajes (que es en lo que consiste).

Un saludo
Escrito por: osito151065       07/03/08 01:20
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Linos, una recopilación de situaciones "casi" sucedidas en interrogatorios, tan ciertas como el colo negro de cada una de las letras.

Debo entender que el criterio también se ha sumado a interrogatorio de hace 25 años y uno actual o reciente.

Creo que los lectores sin duda que tomaran conciencia de los años vividos (1983-1985) en el Perú.
Un abrazo.
Escrito por: rotko       04/03/08 19:40
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
amigo...me has dejado conmoncionado
por lo que has escrito...
que esta bien, escrito esta bien...
pero esto trasciende....
Páginas: 1

Imprimir

Enviar historia
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor, el resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Anunciar    -     Publicar poemas