
El Confesor (primera parte)
El Confesor
Por Lino Sangalli
Soy el Almirante de la Piedra y estoy harto. Pedí mi baja poco antes de cumplir cincuenta años, cuando aún tenía mucho techo para seguir y tal vez hasta llegar a Comandante General, pero no pude seguir soportando esas cuencas vacías mirando sin verme. Esas sombras que me siguen y están siempre ahí, muy cerca, aunque nadie más sea capaz de verlas. Duermen a mi lado, se bañan y comen conmigo, tanto me custodian, que tuve que renunciar a mi esposa por vergüenza que la vieran desnuda o se bañaran con ella.
Cuando nos separamos, pensó que tenía otra mujer, pero después de varios meses, comprobó que no era así y ahora piensa que estoy loco. Quizás sea cierto. No lo sé, pero continúan a mi lado, calladas mirándome en silencio, sin moverse. Solo lo hacen si yo lo hago.
A veces por joderlas me levanto de improviso y salgo corriendo a la calle, me siguen como espantadas de perderme, entonces me detengo en seco, doy media vuelta y reingreso a mi casa. Ellas regresan conmigo, casi con resignación y fastidio. Aunque les cierro la puerta en la cara, parecen no sentirlo, la atraviesan y siguen su camino, que es, invariablemente, el mío.
Una vez traté de comunicarme con ellas, les pregunté quiénes eran, qué querían, por qué me seguían. Por toda respuesta se quedaron observándome desde el fondo de sus cuencas vacías, con expresión de no entender nada de lo que había dicho. Hablaban entre ellas, pero era un lenguaje mudo, sin palabras, sin sonidos, sólo gesticulaban agitando sus manos huesudas, desprovistas casi de pellejo, como sus caras y demás partes de sus cuerpos vestidos con ponchos y chullos, ahora hechos jirones. Lo único que tenían aún casi intacto eran sus dientes blancos, que mostraban de cuando en cuando, al acomodarse o comunicarse, pero jamás sonrieron. No sé con exactitud cuántas son, pues no siempre son las mismas. Parece que se alternaran y formaran un pelotón de guardia. Ojalá se conformaran con quedarse fuera vigilando puertas y ventanas, pero no, prefieren andar a mi lado todo el tiempo. Hasta traté de organizarlas para que conformaran un retén a la entrada de la casa, pero tampoco comprendieron, o simplemente les importó un carajo lo que les dije.
Renuncié a mi carrera pensando que así me libraría de ellas, que podría olvidar el horror, las noches en vela, los golpes y quejidos, el peculiar sonido de los huesos al quebrarse, el olor de la sangre y del miedo. Pero sobre todas las cosas; las técnicas modernas de interrogatorio, que vienen practicándose desde hace siglos, para sacarles la verdad a los prisioneros. ¡Que denuncien a sus cómplices, a sus camaradas, parientes y amigos!
Una confesión es una victoria y de eso vivimos los militares.
Al final terminarán todos juntos, muertos en una fosa común, cubiertos de cal viva para que no queden rastros de su paso por la tierra.
El olvido no llegó, no cesé de oír los gritos y lamentos, no dejé de sentir el hedor de la putrefacción de la carne. Pocas son las horas que logro dormir, sin que se me presenten esas caras.
De todos los que maté.
Ahora estoy casi acostumbrado a las sombras que me acompañan. Estoy pensando en ponerles nombres para diferenciarlas unas de otras. Al principio me asustaban. Ya no. Las considero casi como mi familia. Ya no tengo amigos, los pocos camaradas que quedaban se han ido alejando uno a uno, pensando que a lo mejor estoy loco o que en todo caso mi proximidad podría comprometerlos. Desde que me destacaron a las zonas de combate, mis antiguos amigos civiles perdieron contacto conmigo, ya que mi labor me obligaba al completo anonimato, al silencio y la mentira. Llegué a olvidar mi nombre y hasta yo me conocía solamente como el Comandante Tractor, El Confesor.
Tres años antes, a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, en la base antisubversiva de Pumacomacollo, cerca del pueblo de Conchahuara, Supaypa, teniente primero del Batallón de Infantería de Marina número 214, toca la puerta del comandante Tractor.
- Buenas tardes mi comandante, acabamos de regresar de patrulla y hemos capturado cinco de los terrucos que dinamitaron la municipalidad del pueblo anoche. Matamos a seis confirmados, lograron escapar cerca de doce y sufrimos dos bajas; un muerto y el jefe Buldózerbastante mal herido. Espero sus órdenes para comenzar los interrogatorios, señor, dijo con voz marcial.
- ¡Carajo muchacho! ¿Cómo mierda se te escaparon esos concha sus madres? ¿No sabes que no debemos dejar ni uno vivo? Nuestra misión es exterminarlos a todos. Los que son y los que pudieran ser. ¿No te lo enseñaron en La Escuela?
- Perdone señor, pero el terreno era muy escarpado y tenían un poder de fuego pesado, además me preocupé por el estado del jefe, usted sabe cómo lo quiere la tropa, respondió nervioso a modo de excusa.
- Bueno, a esos terrucos denles el tratamiento de rutina. Que sufran duro y parejo hasta mañana, que yo mismo estaré ahí para el interrogatorio, dijo con su fuerte voz acostumbrada a dar órdenes.
- Otra cosa señor, dijo el subalterno, entre los prisioneros hay un par de muchachas y una de ellas está muy buena. Blanquita y bonita. No parece de por acá. ¿No le provoca señor?
- Si te gusta, tíratela y después que pase por toda la tropa. Yo no estoy de humor para esas huevadas, dijo dando por terminada la entrevista.
El oficial se retiró luego de saludar marcialmente, dejando al comandante sólo con sus pensamientos.
A los diez minutos se encontraba en su habitación con la muchacha. Esta era de regular estatura, cuerpo muy bien formado, que delataba trabajo de gimnasio, rostro muy bonito con ojos pardos almendrados y muy grandes, que miraban sin miedo y con una altivez que no se correspondía para nada con la situación precaria y altamente riesgosa en la que se encontraba. Tenía la cabeza cubierta con un pasamontañas, que al arrancárselo, Supaypaquedó embobado al mirar la cascada de cabello dorado que descendía hasta por debajo de los hombros de aquella pobre condenada. No pudo impedir que un silbido de admiración se le escapara de los labios, al tiempo que decía: Lotería. El infante no perdió tiempo en conversaciones que sabía inútiles, ni en sutilezas, ya que después de más de seis meses de servicio, se había curtido su carácter y se había convertido poco menos que en insensible a todo dolor que no fuera el propio. Desnudó a la muchacha sin miramientos arrancándole la ropa y no le extrañó que se dejara hacer sin oponer ninguna resistencia ni quejarse siquiera. Mientras la gozaba hasta saciar sus instintos más arrebatados, comenzó a pensar qué haría una muchacha así en aquellos parajes y metida de terruca. Era evidente que no era de las cercanías, ni siquiera parecía ser serrana. Sus manos suaves denotaban no estar acostumbradas al trabajo manual. Decidió entonces que debía ser una estudiante idealista ganada por la causa. Peor para ella, pues fuera lo que fuera, no saldría muy bien parada de aquella experiencia. Cuando se hartó de la muchacha, le arrojó una mugrienta frazada y llamó al cabo de guardia. Llévala al pañol de víveres y que la use el que quiera, le ordenó al clase, pero eso sí; ¡mucho cuidado que mañana debe estar en condiciones de ser interrogada! Corre la voz de que a nadie se le pase la mano porque el comandante se encabronaría si no puede interrogarla. El cabo se llevó a la muchacha relamiéndose, pensando que era lo mejor que le había pasado desde que había ingresado al servicio de la Patria. ¡Qué tal hambrón! Jamás, ni en sus mejores sueños había imaginado la posibilidad de tener una mujer así. Pensó llevarla en ese mismo instante y hacerla suya, pero en el Servicio hay reglas que deben cumplirse y se dirigió a reportarse con los oficiales de mar, sus superiores inmediatos para que dispusieran los turnos. Dado que era de los más antiguos y que como no había sino cinco OM y uno estaba herido, calculó que con suerte él sería el tercero o cuarto en gozarla. Bueno, no estaba del todo mal pensó.
Muy temprano en la mañana, ya Tractor estaba vestido de faena y listo para iniciar sus labores, mucho antes del toque de Diana y de que alguien, a excepción de los vigías de servicio, hubiera notado su presencia. Sorprendió a todo mundo, tal y como era su costumbre desde que era un simple egresado de La Punta. Siempre le había gustado ser el primero en la formación y ahora que era el supremo comandante de su dotación lo disfrutaba al máximo. Adoraba imponer castigo a la tropa que no cumplía con la ordenanza, en su Unidad las cosa se llevaban tal como lo establecía el reglamento, pobre del que descuidaba la disciplina. Los correctivos que solía imponer eran en verdad rigurosos.
En cuanto la corneta terminó en toque de Diana, plantado al centro del campo, al lado del Pabellón Nacional gritó: ¡A ver cabrones, el último en llegar a la formación estará jodido por lo que le reste en mi unidad. ¡Carajo!
Todos los soldados corrieron a formación, arreglándose los uniformes de faena, tratando de no ser los últimos en llegar. Tal era el miedo que ofrecía el comandante Tractor.
-Buenos días tropa; hoy tenemos buenas noticias. La patrulla que salió ayer para capturar a los terrucos conchesumadres que dinamitaron a nuestras autoridades civiles, trajeron buena pesca aunque tenemos a nuestro querido Buldózer malherido. Todos sabemos que los prisioneros deben de hablar, tienen que denunciar a sus cómplices, que por acá suelen ser sus familiares, así que les pido que todos colaboren en los interrogatorios y en sus conversiones con los lugareños para apresar lo más pronto posible a los hijoeputas que jodieron a nuestros hermanos de armas. ¿Comprendido tropa?
¡Sí, Comandante! Gritaron todos los energúmenos armados y vestidos con indumentaria de faena, que estaban en formación en el patio de aquél cuartel improvisado. Todos sentían hambre de venganza, pues el OM herido era muy apreciado entre aquella tropa.
¡Rompan filas, mis hijitos! Y atentos a cualquier información, gritó Tractor.
Los hombres se dispersaron y formaron corrillos espontáneos, discutiendo y hablando a voz en cuello acerca de su odio hacia los terrucos, lo que complació sobremanera a los oficiales a cargo de esa tropa, quienes estuvieron seguros de que su exhorto proyectaría los mejores resultados en muy poco tiempo.
Quince minutos después del horario establecido para el desayuno, una figura totalmente vestida de negro, de lejos podría confundírsele con un sacerdote, si no fuera porque no usaba alzacuello y llevaba una pistola de reglamento al cinto, se paró frente a la puerta del recinto llamado por los soldados el confesionario. De inmediato la puerta fue abierta por el sargento de guardia, quien saludó marcialmente al Comandante del destacamento de Infantería de Marina. Buenos días señor, todo listo para comenzar con el interrogatorio dijo a modo de saludo mientras se cuadraba marcialmente de acuerdo a la ordenanza y con cierto miedo y repulsión en la voz. El aludido respondió con un breve movimiento de cabeza a la vez que preguntaba: ¿Se encuentran presentes todos los oficiales y clases interrogadores presentes, jefe? ¡Sí señor! Fue la respuesta enérgica que recibió. (La única que podía ser de su agrado, y única permisible por su autoridad)
Una vez adentro del recinto, ocupó el centro de una mesa que estaba frente a una silla rodeada de aditamentos como cables eléctricos, drizas, y bateas llenas de agua, además de alicates, pinzas y demás herramientas dignas de un cerrajero.
- Se abre la sesión, dijo un joven teniente segundo, con voz entrecortada.
- Teniente, tronó buldózer, ¿se encuentra, mal de salud, hijo? Demandó el presidente del tribunal.
- No señor, me encuentro en perfectas condiciones, mi comandante.
- Entonces, procederemos al interrogatorio de los sospechosos con el fin de ponerlos a disposición de la justicia si se les encontrara alguna vinculación con acciones terroristas.
Realmente el comandante se sentía satisfecho y seguro de lo que hacía, ya que para él se trataba de procedimientos que se correspondían perfectamente con las ordenanzas militares. Para él, su país no sólo se encontraba en guerra, sino agredido por milicias que respondían a ideologías foráneas y sus prisioneros eran traidores y agresores a la patria. Y así se convenció que como tales debían ser tratados.
Tractor dispuso que se iniciara las sesiones de interrogatorios. Para eso había armado un tinglado que se asemejaba bastante a un tribunal, aunque carecía del todo, de cualquier prerrogativa que siquiera se le pareciera, de lejos.
Prendo mi televisor, aparece en la pantalla una especie de altar con un impresionante crucifijo dorado al centro. Detrás del ara cubierto por un grueso paño púrpura, haciendo juego con unas pesadas cortinas que cubren por completo la pared, se encuentran sentados, en unos enormes y comodísimos sillones tapizados en magnífico cuero oscuro, tan fino que desde mi casa puedo sentir su aroma a curtiembre de primera, tres supremos sacerdotes del culto a la justicia, premunidos cada uno de una moderna lap top. No alcanzo a ver la marca aunque aparece a la vista del auditorio. Debo averiguar la marca, pues quisiera poseer una igual. Están en un plano superior al resto del auditorio, como para resaltar su jerarquía. Frente a ellos, un hombrecillo impecablemente vestido con un terno que se nota de marca, ocupa una modesta mesita, cubierta por completo de cuadernos, bolígrafos y resaltadotes de diferentes colores. El Tipo toma apuntes desesperada y precipitadamente en sus hojas y luego subraya con diferentes colores todo lo escucha y le parece importante. La cámara hace un paneo amplio de la sala, se ve detrás de lo que parecen gruesos vidrios de seguridad, un pequeño auditorio repleto de público. Al lado, otro grupo de personas, todos con solemnes medallones colgando de sus cuellos, que indican su condición de miembros de la insigne orden de los abogados. Frente a ellos y de cara al hombrecito de la mesilla, se encuentran tres personajes también premunidos de medallones, pero intuyo que éstos deben tener mayor importancia que aquellos, pues sus medallones son más grandes y las cintas de un color más serio. Debe tratarse de los fiscales. Finalmente a la derecha de la ridícula mesita y más cerca del empequeñecido hombre, se encuentra una mesa con cuatro abogados, lo sé por sus medallones. Se trata de sus defensores. La escena me hubiera importado un rábano si mis sombras no se hubieran interesado y acercado al aparato. Es la primera vez que lo hacen. Me llama la atención y miro con mayor curiosidad la escena que me parece salida de una vieja película francesa. La sala evidentemente es una corte y a los personajes solo les faltan las togas y las pelucas blancas. La guillotina está esperando en la plaza al frente del edificio. Reconozco al hombre sentado detrás de la mesita y que evidentemente es el acusado en ésta comedia de Guignol; es el Chino, el mismísimo y omnipotente presidente (in)constitucional que dimitió por fax, el vencedor del terrorismo y el hambre en el Perú. El socio de Montesinos. Mis sombras se acomodaron todas en mi sillón y a mis pies. Casi pido que alguien se fuera a conseguir unas papitas fritas o hiciera pop corn. En fin nos quedamos todos en silencio, escuchando lo que respondían los testigos a las sesudas preguntas, de todos y cada uno de los que tenían colgado de su cuello la insignia de letrados. Cuando nos dimos cuenta que todos los abogados, magistrados y fiscales repetían las mismas preguntas, nos miramos casi sonriéndonos. Si mis sombras hubieran sabido, estoy seguro que hubiéramos comentado lo ridículo que esto parecía y hasta hubiéramos bromeado al respecto. Pero estoy seguro de que algún día lograré comunicarme con ellas.
Hicieron ingresar al primer detenido. Se trataba de un muchacho de unos veinte años, mestizo y a todas vistas poblador de la zona. Tractor se sentaba al centro de la mesa pero nunca hablaba. Por lo general el que preguntaba era Buldózer, pero como éste se hallaba herido, le tocó al cabo Lobo hacer el interrogatorio. Se le notaba feliz por lo que iba a tener oportunidad de hacer.
Comentarios:
No es mi tipo de texto, pero la narración es muy clara y perfecta. ¡Te felicito!
Lino.
Esta es la primera vez que tengo la oportunidad de saber que en Peru se ha creado un tipo de relatos de este tipo. Lo que tu has escrito tiene un valor que solo es posible darle al testimonio.Soy chileno, creo que por ello comprendes de que manera me ha llegado. Por desgracia, en mi pais este tema practicamente no se toca en la literatura; creo que es el miedo que quedo de decir las cosas como ocurrieron durante la dictadura, y al manto de silencio que han impuesto los gobiernos civiles, mal llamados, "democraticos". El horror cierra las bocas, embota las mentes y aplasta el espiritu. Por eso mi patria esta vendida al Imperio del norte, y los creadores callan. Solo la prensa corporativa desinforma, los criminales andan sueltos, o estan sentados en el parlamento, o protegidos por las instituciones guerreras donde aun permanecen. Te invito a leer un relato que acabo de publicar hoy sobre el mismo tema: "De mi no te escaparas".
Un abrazo fraterno.
Sergio.
Valiente, amigo. Ahora me voy a leer el resto de tu magnifica historia.
Escrito por:
mono
24/04/08 05:16
Esta historia es bazura pura, me vomite al leer el primer parrafo, deberias dejar de escribir.
jajajajajajajajajajajajajajaja, no mentira solo estaba jugando contigo, espero que no agarres un ligero odio contra este monito loco he indefenso, las historia me parecio exelente voy a leer la segunda para ver si ya empiezan las troturas, y escribes exelente tu forma de narrar la historia es lo que hace que uno por mas eseptico que este quiera leer hasta el final.
Un abrazo hermano y sigue así, eres un genio.
P.D: Ojo, recuerda que lo que puse en el prime parrafo de este comentario fue solo una bromita que queria echar.
Escrito por:
rotko
11/03/08 16:24
Para mi, que no soy de allá
el relato me parece terrorífico...
esta primera parte me ha gustado
la forma de intercalación de los tiempos
me llama la atención...
Dentro de la "literatura de violencia" publicada en Perú, más se ha expresado el realismo que la ficción y aquí veo ambas cosas. Diría más ficción que realismo. La parte narrativa está bien llevada, pero los diálogos tiene que ser más fecundos, es decir ser más realistas, porque lo que gusta de este tipo de cuentos es la fuerza expresiva de la lucha, naturalmente sin abusar del diáologo panfletario. Buenos giros, quizá faltó preparar el final. Felicitaciones Lino. No le encuentro parecido a los de Roncagliolo o Alonso Cueto, allí prima la ficción. Temática que los peruanos nunca olvidaremos.
Buen relato Lino, en un principio me despistaste pues pensé que se trataba de otro tipo de sombras (mujeres), ya luego la historia va mostrando su verdadera intensión y vas describiendo mesuradamente el meollo del asunto ( terrorismo), aunque debo “confesar” que creí que quedaba ahí, pero no, le diste otro giro mucho más real y coyuntural a lo que pasa en el país, como es juicio a Fujimori. Buena historia, me quedé enganchada desde el inicio ya veremos como acaba.
Nos estamos leyendo. Vivian.
Escrito por:
Abedul
23/01/08 21:39
Quiero leer el final.
Después opinaré.
Escrito por:
ROSI
21/01/08 23:38
Pues a ver... como sigue. Saludos desde España.
Escrito por:
ferruz
20/01/08 02:26
Cada vez escribes mejor, nada que criticarle ¡Felicidades!
Un abrazo
Fernanda
shafandros: en primer lugar no soy almirante, sabes bien mi nombre y te agradeceré que lo uses al dirigirte a mí. Respecto a tu pregunta sí he leído la obra a la que te refieres. Está ambientada en Ayacucho, Perú y también toca el tema de la lucha contrasubversiva, como muchas otras obras escritas por peruanos en las últimas décadas. Por ejemplo el Premio Alfaguara 2006 Abril Rojo de Santiago Roncagliolo y la última novela de este mismo autor. ¿ Con tu comentario tratas de insinuar algo? Vamos, si es así, expresa claramente lo que sientes.
Almirante, una preguntita, has leído "La hora azul"de Alonso Cueto??, hay algo por ahí...
espero los capitulos quer vienen....
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