El coleccionista de fotos


Todo comenzó el mismo día en que ella lo dejó. Por la mañana, tras negar su conciencia al estridente llamado del reloj, Félix logró arrebatar su cuerpo a las sábanas y llegar hasta el espejo del baño movido por un automatismo condicionado. Fue recién entonces que se percató de su ausencia. La llamó por su nombre, luego por sus apodos, diminutivos, sobrenombres, hasta que finalmente y tras descubrir los espacios vacíos en los cajones del placard, se refirió a ella preso de una furia ciega diciendo: “¡yegua, me dejaste!”
Como si eso fuera poco, antes de partir a su oficina, debió afrontar otra amarga prueba del destino. Quiso Dios que en esa misma jornada negra estuviesen listas las fotos de sus ultimas vacaciones juntos. Angustiado ante la certeza de no que no la besaría nunca más, junto coraje y entró al negocio de revelado, retiró el folio de papel amarillo y llegó hasta su escritorio en el cuarto piso del edificio Roig.
A pesar de tal acto de valentía, no se animó a abrir ese “sobre de Pandora” sino hasta que fue de noche. Ya en su cama y tras llorar su soledad, emprendió el calvario de reconocerse en la dicha pretérita de una pareja perfecta, contrastando con la inefable tristeza de su presente. Ana y Félix, Félix y Ana, aquel dúo tornábase molesto en su repetitiva multiplicación en aquellos retazos de amor de 10 x 15. Ella se despedía en cada sonrisa, recién ahora podía notarlo; hasta el paisaje de fondo lo sabía. Sólo él no supo verlo, y ahora se revelaba con claridad ante sus ojos lo que hasta ayer era un secreto en negativo.
Detuvo su tortura en la copia numero 20, la contempló bien, la giró en un sentido y el otro pero no tuvo dudas: se trataba de un retrato ajeno. Como en las demás, había dos personas felices, pero no se trataba de ellos. Sonrió sin saber el motivo. Sin duda se trataría de una confusión durante el proceso de revelado, lo cierto es que de alguna manera esto lo alegró; aquel simpático error lo liberó un poco de su sufrimiento. Y con esa sensación de incauta tranquilidad se acostó a dormir.
Por la mañana, lo que pensó un mal sueño, se le volvió a hacer patente en el gélido lado oscuro de su cama, en la mitad deshabitada de su vida, en cuarto de baño sin cremas ni maquillaje. Así, preparó con pena una sola taza de café y la bebió mientras sumergía una tostada en la amargura de un futuro incierto.
Su día en la oficina y su regreso a casa estuvieron marcados por un pensar errático y una distracción constantes. De nuevo en la cama, cuya mitad vacía comenzaba a derrumbarse bajo el peso del recuerdo de su pijama de seda y su interminable “Rayuela”, pasó revista a las fotografías restantes aunque esta vez no tuvo el consuelo de hallar otros rostros extraños. Cansado y deprimido, se entregó al abrazo de una noche de tortuosas pesadillas sobre ausencias y añoranzas.
A la mañana siguiente, luego de un reposo entrecortado, decidió hacer algo para poner remedio a su padecer. Recordaba con claridad la sensación de paz que inundó su dañado corazón al toparse con esos dos desconocidos que le sonreían al lente de otra cámara que no era la suya. Fue entonces que comenzó su paciente misión de apropiarse de imágenes de felices parejas desconocidas. Llevó consigo su vieja cámara y durante la hora del almuerzo tomó unas cuantas instantáneas de sonriente novios anónimos. Al salir del trabajo, pasó por una agencia para colocar un aviso en el periódico: “Compro fotos de parejas felices. Pago al contado”.
Estaba seguro de que ambas medidas darían sosiego a su espíritu atormentado y que, paulatinamente, podría continuar su vida como si nunca la hubiera conocido. De todas formas debió soportar otros dos días con sus noches de hondo pesar y desconsuelo. Como aún no terminaba el rollo fotográfico, esperaba ver primero algún resultado producto de su anuncio y así fue. Por la tarde del día 6 D. A. o “Después de Ana” como comenzó a llevar la cuenta de los días, recibió el llamado de una mujer. Aquella voz femenina le hizo mención a su clasificado publicada días atrás, pero para sorpresa suya lejos de ofrecerle algunas de las vistas tan anheladas, le habló acerca de reuniones clandestinas de grupos de gente que también buscaban el olvido, que habían descubierto igual que él las propiedades sanadoras que poseían los retratos de amantes extraños. Le habló de fechas y lugares; le relato algunas historias pintorescas y le describió una mecánica de intercambio que le recordó con cierta nostalgia al trueque de figuritas en su infancia. No se trataba de conocer gente nueva sino más bien de un entramado organizado con el único objetivo de olvidar personas del pasado.
En su primera reunión con la “Hermandad de las Flores Robadas”, que tal era el nombre de ese extraño colectivo de corazones rotos, se encontró con unas 30 personas charlando en voz baja en el sótano de un bar. El lugar era modesto, frío, había una cinco mesas en las que se realizaban los canjes y una barra donde servían bebidas. Tras buscarla entre el denso humo de cigarrillo se encontró por fin con Katia. Iba vestida tal y como le había dicho: zapatos negro de taco alto, pantalón de jean ajustado y una remerita de lycra negra. Con su cabello teñido de rubio y sus rouge rosa pálido no era difícil de distinguir entre la reducida población femenina de ese submundo. Katia tenía un hablar lento, como si meditara cada palabra por decir. Félix supuso que con sus aparentes cincuenta y tantos sería quién mayor tiempo llevara en esas reuniones.
Le presentó a algunos “amigos” (en ese contexto tan desdichado poco espacio quedaba para trabar amistades) y muy pronto se vio sentado con un vaso de whisky en la mano extrayendo de un bolsillo interno del saco un sobre con todas las fotos de su felicidad perdida que pudo encontrar en su casa.
Al concluir la velada, había logrado cambiar 22 fotografías de sonrientes parejas de quienes nada conocía. Contento con su botín, retornó a su hogar para dedicar los momentos de mayor tristeza a contemplar los rostros alegres o a repoblar con ellos los numerosos portarretratos y álbumes de su casa.
Las semanas se sucedían, también los furtivos encuentros de la hermandad y aquel tratamiento parecía dar resultados, casi había vuelto a ser el mismo, podía hacer los quehaceres de su casa, reía ante una buena broma, en la oficina se desempeñaba con eficiencia y hasta había sido recomendado para un ascenso por su superior. Todo parecía un sueño, un sueño reparador luego de tantos días de sufrimiento.
Sin embargo, lejos estaba su padecer de haber concluido. Una tarde, ya a punto de abandonar su escritorio en el edificio Roig, recibió un llamado inesperado. Era del cuartel de bomberos. En él le informaban con un hablar pausado y respetuoso que su casa había sucumbido ante la voracidad del fuego, que habían hecho todo lo posible pero que no se había salvado nada, que por la mañana harían las pericias para conocer las causas… Pero Félix ya había dejado de escuchar. Un torbellino de ideas sacudió su mente durante un minuto: recordó que no contaba con un seguro contra incendios, dudo acerca de si tenía dinero en el banco o no, pensó que menos mal que Ana no estaba en la casa, luego creyó que era una desgracia que ella no estuviera en su casa en ese momento, se preguntaba qué le dirían en el trabajo, dónde pasaría la noche, y cosas por el estilo.
Lo cierto es que cuando colgó el auricular su mundo se había reducido a él mismo, a la ropa que tenía puesta y al renaciente y molesto recuerdo de Ana que hasta ese instante creía ya muerto.
Pasó la noche en lo Miguelez, el de finanzas, durmiendo en la habitación de los chicos. A pesar de tanta desgracia, su único preocupación durante la noche fueron las fotografías salvadoras desaparecidas en el incendio. Tenía por seguras nuevas noches de congoja reviviendo su vida con su amor perdido.
De pronto recordó que dos días atrás había dejado para revelar las ultimas fotos tomadas a duplas risueñas mientras recorrían el parque tomadas de la mano. A la mañana siguiente llegó hasta el local de fotografía y solicitó sus copias. El rostro del dependiente se transformó al oír el apellido de Félix y comenzó a disculparse esmeradamente ya que algo había sucedido con el negativo, dijo algo acerca de una exposición accidental a la luz, que se había perdido todo lo que contenía y que, por supuesto, le reemplazarían el rollo arruinado.
Félix se sintió ya un mero juguete de los dioses y tuvo ganas de llorar aunque supo contenerlas para no desmoronarse delante de empleado. Súbitamente el joven recordó que había reconocido su rostro en una copia que había encontrado traspapelada y que la había guardado, seguro de que tal hallazgo alegraría a su legítimo dueño. Sonriendo le extendió una foto en la que se lo veía feliz abrazado a una Ana más hermosa que nunca. El desdichado tomó el retrato y se encaminó a una plaza, ignorando por completo sus obligaciones laborales. Sentado a la sombra de un sauce lloró sus desventuras mientras se preguntaba qué otra calamidad le sucedería al día siguiente.
Cuando caía la tarde se acercó hasta un teléfono público y llamó a la casa de Katia para contarle su tragedia y para interrogarla acerca de la próxima cita de “la Hermandad de las Flores Robadas”. Tuvo suerte: sería aquella misma noche, en un galpón desocupado.
Dio varias vueltas por la ciudad para no delatar su ansiedad llegando puntualmente pero era claro que necesitaba traer de nuevo algo de paz a su vida y había decido comenzar por aquella foto. Desembarazarse de ella sería el primer paso para una vida nueva, sin ataduras del pasado. Su futuro era una hoja en blanco y, aunque lo llenaba de miedo, le daba esperanza al mismo tiempo.
Entró al galpón; había mucha asistencia esa noche. En vano intentó lograr el canje esperado. Todos al parecer ya poseían una copia de aquella pareja. Alguien le sugirió que intentara con la “nueva” que tomaba unos tragos sentada en la barra, mientras charlaba con el cantinero. A su izquierda y boca abajo, observó una tentadora pila de fotografías.
Decidido a intentar el trueque, le tocó respetuosamente el hombro para que se diese vuelta. Ella giró sobre su asiento y clavó su mirada en la de Félix, mientras él le extendía el brilloso rectángulo de cartón. Se reconocieron de inmediato. El le preguntó ofuscado que hacía en ese lugar. Ella le confesó que se había dado cuenta demasiado tarde de su error. El le contó lo difícil que le había resultado su vida sin ella. Ella le contó que había ido a buscarlo aquella mañana y se había enterado del incendio pero no se animó a preguntar si él estaba en su casa cuando ocurrió. También le mostró las fotos que había intentado cambiar sin éxito. Eran unas 15 fotos de ellos dos. Le contó que le había sorprendido que nadie las quisiera pero al verlo a él allí lo comprendía todo. La  “hermandad” entera estaba cansada ya de ver sus rostros. Estaban en todas las casas, inundando las paredes, enmarcadas en madera, metal, cerámica, en agendas, billeteras, por doquier…
Ante ese encuentro fortuito, y más allá de todo lo vivido, no pudieron dejar de reír como lo hacían antaño: con sus bocas, sus ojos, su cuerpo entero; riendo con el alma, olvidándolo todo, con sus miradas encontradas y su piel temblando con la cercanía del otro.
Katia los vio con envidia desde una mesa, abrió su cartera, extrajo un bulto negro que nadie pudo distinguir bajo la débil luz. Apuntó hacia la pareja y sin dudarlo disparó. Todo los presentes reaccionaron ante el destello. Katia esbozó una sonrisa: tenía otra foto más para su colección.

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Comentarios:

Escrito por: Momo       08/12/07 22:41
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La idea del relato me ha parecido muy, muy original.
Escrito por: sgrassimeli       06/12/07 17:21
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Excelente redacción, como siempre. La voy a volver a leer después.
Escrito por: Escribana       06/12/07 10:03
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.................................................................................... Estaba al borde de pensar en parpadear para deshacerme de algo ke creí una lágrima molesta producto de la súbita felicidad que me dio ver ke se habían vuelto a encontrar y ke parecía ke Félix no seguiría sufriendo...
Y vaya final, por Dios!!! Me dejaste en shok...
Me atrevo a decir ke es la mejor historia ke te he leido ^^
La trama está perfecta, envuelve de tal modo, ke aún siento una presión en el pecho al evocar la imagen de Katia con los ojos brillantes y una sonrisa en su rostro.
Wow... Saludos!
Escrito por: Linosangalli       06/12/07 00:51
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Christian, he leído tu relato un par de veces para ver si encontraba algún mensaje oculto, pero nada. La redacción, como siempre impecable pero me parece que en la historia algo falla. Pienso que podrías eliminar gran parte sin variar el contenido.
Sin duda no es de tus mejores obras.
Un abrazo.
Escrito por: Danny1012       05/12/07 16:44
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Quizá lo que falta es describir qué tan especial resulta la última foto respecto de los demás. Hay una lámina de palabras bien eslabonadas y le falta algo de turbulencia para hacerla más atractiva. Prefiero los saltos arriesgados. Es solo una modesta opinión, colocar las cámaras en distintas direcciones, y solo una, una sola, la que mantiene el enigma. No olvides que cuentos de fotos, juegan con la cromatografía del ambiente, descripción de los colores y matices no solo de la foto, sino del alma humana. Las imágenes realistas ya se han embargado demasiado, apuesta a otros ángulos. Felicitaciones, realmente nunca se termina de aprender.
Escrito por: Poesiacarnivora       05/12/07 06:28
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Si bien considero que tienes relatos mucho más logrados que este, no puedo dejar de reconocer que esta bien realizado.
Apesar de su extención el lector queda atrapado por el personaje, primero por su tristeza, luego por su voluntad de salir adelante,despues uno se apiada de el ante tantas desgracías.En un primer momento creí que la chica había muerto, ya que en ningun momento habla con despecho de ella, todo lo contrarío hay un gran amor reflejado en cada una de las acciones .
Original en la trama,y un final que si bien raya en lo absurdo, le da un giro distinto a la historia.
Un relato ameno, para pasar un buen rato de deleite, sin grandes reflexiones ,ni mensajes subliminales, solo para disfrutar.
Un gusto leerte compañero.
Que las hadas te acompañen.
Páginas: 1

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