- Sea, pues, pese a tu color cetrino, lo que afirmas.
- Haré por el Señor de ésta expedición lo que nadie, señor Maestre. Y
ganaré la recompensa de diez mil maravedíes: Encontraré Cipango antes
que nadie para el Capitán Mayor. Juro que lo haré
Mientras, pendiendo de una jarcia, que se balanceaba ligeramente al compás de la marea, un ave cantaba en su jaula.
La tripulación echó a reír ruidosamente al escuchar el discurso. El hombre los miró compadecido:
- ¿Reís ante el triste canto de aquél pinzón, o de nuestra incierta
fortuna, camaradas? Así como de ésta luminosa mañana, disfrutad de su
trino, que nace del recuerdo de la luz que un día vieron sus ojos.
Respetad el canto del ave que entona para todos dolorosamente su
ceguera por complacer el humano oído y que musita un poco también, el
incierto destino de nuestra casta marinera. ¿Así reís ante el trino
anhelante de vuestro propio corazón?
Callaron todos y cada quien volvió a lo que hacía, mientras el maestre miraba sorprendido la escena.
- ¡Lárgate a La Niña, payo, y prompto, antes que eche de verte mi
señor y te tire por la borda, que todo sefardí pesa demasiado a su fama!