-El café es la vida, lo que la manzana a la navidad; es a la cordialidad, lo que el aceite a un motor. Viabiliza la amistad. Incluso la amistad estropeada, la que ha perdido calidez, ya que, como diría el Gran Isabelino: una amistad que se ha enfriado se convierte en una dolorosa ceremonia-. Me dijo, en forma de saludo, mientras me sentaba en la mesa donde se encontraba.
-Independientemente de que a uno se le barajen los planes por romper la costumbre y tomarlo de pie- me dijo-, mas de un desesperado ha procurado leer en el fondo de una taza que atrapa la zurrapa, y, voltearla al fuego a la búsqueda de una respuesta a su falta de fe, solo para escuchar de una vieja curiosa el falso consuelo del augurio convenido que anuncia la recepción de una carta entreverada con un dinero que no llega, o la ventura de un amor que se anuncia.
-no hay verdad mas verdadera que el ensalzamiento del café -continuaba con su monologo, bien estudiado parece- ser amigo del café es ser amigo de lo autentico lo que se busca en el café es sinceridad, autenticidad. No se aspira a ser verdaderamente uno mismo, sino a ser verdadero y, por tanto, dejar de ser uno mismo en materia de café, como en el amor, hay que seguir la divisa de san Agustín: buscar como quien debe encontrar y encontrar como quien debe seguir buscando.
-de vez en cuando, -continuaba- degustando café, había sentido un leve punto de esa prodigiosa y turbadora perversidad que ahora percibíamos completamente desarrollada, crecida.
La taza quedo en la meza y la fuimos consumiendo poco a poco, haciéndonos a ella, viviendo su gradual transformación al contacto misterioso del aire.
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