Por: Danilo Illanes Bustamante
Cuando abordó el bus amarillo en el óvalo La Rotonda, Octavio estaba deprimido y quería estar solo. Para ello buscó un minúsculo intersticio en la tranquilidad de un viejo bus. El recorrido sería largo, todo bajo la inercia de la obsesión que lo tenía acorralado de nervios.
Si miraba otras calles, tardaba mucho en reconocer los abismos existentes entre la ciudad y él mismo. Los baches del asfalto hacían que el autobús diese tumbos como uno de esos caballos del hipódromo. Largo como un desierto la muy puta; así decía, cuando miraba la amplia avenida.
Preparado para sobrevivir a los paraderos, sacó un libro de su morral, recomendación de su profesor de literatura, quien le dijo al respecto: Es un catálogo de Bocaccio con el Imperio de los Sentidos. En la contratapa iba un comentario: Narrativa contemporánea: Donde los límites de ficción se disuelven en una propuesta sobre la obsesión y otras súbitas fanfarrias del sexo... Interesado en el asunto, se dispuso a leer con atención las pegajosas hojas, ahora sí, libre del pegamento de las calles. Lentamente, como si el mudo concierto de los asfaltos le ganara, empezó a viajar en silencio. Cayeron sobre el césped como ligeros copos de nieve, luciendo sus ardientes fumarolas...
El bus se detuvo frente a una gigantografía que anunciaba una bebida. Octavio levantó la cabeza para darse un respiro con esa enorme mujer de cuerpo semidesnudo y lunar coqueto, cuya ciclópea mirada no soltaba a nadie. Subió un tipo con pinta de delincuente, apoyado en los pasamanos, se puso a mirar con vehemencia los escotes de las damas. Cada quien buscó sentarse por su lado, ganar fuegos e infiernos, todo por viajar cómodos. El asiento de al lado, fue ocupada por una jovencita de tiernos pezones, doce o trece años, no más, falda a cuadros, de colegiala. Ella le lanzó una inocente sonrisa que Octavio no tomó en cuenta para no distraer su lectura. Atrás se escuchaban unos ronquidos: emanaciones que provenían de un bulto entrevisto como agitado cuerpo.
El autobús paró en otra estación. La colegiala vio subir a un viejo que se sentó enfrente del primer asiento, justo donde estaba ella, detrás del chofer. El viejo se le quedó mirando, era uno desdentado y pecaminoso que empezaba a chochearla con intenciones de querer enamorarla. A ella no le gustaba gente así; vio además que buscaba conversación a la señora que iba a su lado, y que ella, una mujer treintona, robusta y con cara de malos amigos, amenazaba con darle una cachetada.
Daysi, nombre que Octavio le atribuyó a la niña, sólo por llevar puestos unos graciosos zapatos, de vez en cuando también miraba el libro que tenía un aire hipnótico. Qué rara era la vida en ella en ese momento. Otra obsesión larga como un desierto. La muy puta.
Ella buscaba ganar la atención del hombre que iba a su lado sin lograr distraerle. Deslizó su mano hasta la última morada... Octavio volvió a hojear la primera parte del libro, quería encontrar algún enlace con la mujer de esa parte del capítulo y la del principio, ambas devoradoras sorprendentes: Mujer de ojos marrones, casi negros, alisados para el placer.
Octavio sorprendió a Daysi con la mirada en el libro. Y además bien iban a caber las otras miradas en el palimpsesto. Una mujer de avanzada edad tampoco pudo resistir la curiosidad, casi da un grito al leer un imponente título en negritas: Sobre el sexo como una lengua, la lengua como una traba. Los que estaban más atrás, a los costados, trataban de estirar el cuello sin adivinar qué tanto podían decir aquellas diminutas letras que estaban siendo tenazmente devoradas, ya no por una, sino por varias almas a la vez.
Ella, y los demás, pese a sus aparentes modorras de inocencia, no hicieron nada por disimular. De todos modos, volteó sólo un pequeño instante para ver el choque entre dos combis, luego, al sentir la oxigenación de los parques, volvió la mirada y pensó en la magia del libro sin saber que la más fuerte de las leyes es la inercia.
El bus avanzaba lentamente, el trajín de las calles obstaculizaba su marcha normal. A su costado, la respiración de Daysi y su inocente mirada. Octavio sabía que el libro tenía una inusitada demarcación entre la temática prohibida que entraba ya a terrenos no aptos (para la niña y las otras inocentes), en vísperas de una señal caliente. Bajo la apariencia de una prosa formal, llegó a la página 26 ó 27: La imagen de su pene golpeando en cadencia creciente las nalgas de Paula... Quiso darse un respiro, imaginar que las páginas leídas ya llegaban a un clímax más denso y, por tanto, los deseos de continuar leyendo sin que nada le distraiga. Pero se dio un respiro, cerró con fuerza el libro y echó una mirada a su alrededor. Se encontró con una jauría de ojos desgarrados por la lascivia, llenos de desagrado por lo que hizo. ¿Cómo distinguir en Daysi las apetencias propias de su edad y si su pudor pudo haber sido lastimado o no? Ella, que debería estar leyendo historietas de Cartoon Network o cualquier otra serie divertida propio de su edad... Sus miradas decían mucho, pedían más de lo necesario. Octavio sintió una presión de abrirlo o corría el riesgo de negarles la existencia. Retornar, ¡Qué felicidad! Página, página... qué importa el número. ¿No es maravillosa la soledad de los buses?
Sorpresivamente se oyó la voz del cobrador: Paradero final, señores. Octavio cerró el libro. La resignación cortó como una tijera el interés y la gente se empezó a retirar, insatisfechos de que una historia se haya detenido adrede, como para imaginar el inquieto final que se venía.
El libro estaba ahora quieto como una libélula, en el brazo derecho de Octavio. Una vez abajo, la niña le seguía a pocos pasos de él, arrastrando un maletín con ruedas que a veces se trababan. Los pasajeros se fueron dispersando uno a uno, pero Daysi continuaba en la misma ruta que Octavio. Entonces pensaron que era inevitable que se hicieran amigos. Fue así como supieron que vivían en bloques contiguos de un condominio con intimidades públicas, con cortinas que nunca se cierran frente al exorcismo de los vecinos, con gritos de placer y sexo que suenan a cualquier grito común, con insultos y desenfrenos que van rebotando de pared en pared, y nada importa más que la ventilada verdad de sus días.
Daysi estaba próxima a subir a su pabellón. Al despedirse de Octavio, miró con ansiedad el libro.
Si quieres, te lo presto.
La niña se fue corriendo, como si le hubieran regalado un pedazo de dulce.
|
Imprimir |
Enviar historia |
