EL BICHO.
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EL BICHO.
El isleño, resonaba en mis jóvenes oídos; pasando el tiempo deslindé el adjetivo que también aplicaba a todos nosotros nacidos en aquel pedazo de tierra bendecido por Dios. Perico me explicó que ellos habían venido de tierras muy lejanas buscando fortuna, que él amaba a su aldea, que dejó una novia llamada Teresita, para casarse después que el dinero le forrara los bolsillos . Que su isla se llamaba Las Palmas, de esta manera aprendí a distinguir a un isleño de mi tierra y a un isleño Canario.
Perico ya viejo, solo tenía sus recuerdos de añoranza, su venida en un tonel y como no sabia escribir, Teresita cansada de esperar se forraría de nietos y no del dinero de Perico.
La ilusión hace el convite y así llegó también el isleño, distinguido en el apodo, quizás por su tamaño y fortaleza, o quizás por su destreza y gran resistencia en el trabajo, era como un líder dentro de todos aquellos hombres llenos de sueños, nostalgias y deudas, siempre hablaba de su isla en las cortas conversaciones que sostenía pues la charla no era su fuerte, pero si su bondadoso corazón que lo apremiaba cuando un vecino recurría por su ayuda.
El isleño antes de escapar de su hogar paterno, maniobraba en los predios de Neptuno y gozaba de las burbujas que surgen en la estela de aguas más profundas, así se formó aquella humanidad robusta y velluda, de manos grandes y cauteloso andar. Todo en él conllevaba al respeto y simpatía hasta cuando soltaba aquellas jaranas rápidas y espontáneas donde no sabías si reír o asustarte, pero siempre al final de ellas los chiquillos como yo gozábamos sus ocurrencias. En estos andares una vez de regreso a su casa íbamos a paso apurado detrás de sus zancadas cuando nos detuvo y nos mandó a esconder dentro de los plantones del cerrado campo de caña y conminados al silencio parecíamos lagartos dándole vueltas al plantón para mejor visión. La Cecilia tan fea como un entierro de pobre se acercaba a nosotros acompañada de Joseíto, la ilusión de los mejores sueños del isleño, bueno de pronto aquel corpachón se tendió en tierra cuan largo era y más tieso que una barreta, aparentaba un muerto de muchas horas, cuando aquella cosa que llamaban mujer, le vio, soltaba unos gritos que parecía una yegua en celo. ¡José mi amor que te pasa, no juegues José, José, José¡ y entre las risas de todos, aquel hombretón se levantaba y corriendo todos íbamos hasta su bohío y comenzábamos ha hacer una champola de guanábana para el grupo y escuchar aquellos cuentos deliciosos de su aldea.
Entre calor y aguaceros aquellos verdes mares de caña fueron tomando su punto y como usualmente todos los años llegó la zafra y con ella el isleño, para navegar en esos mares con su único remo de acero como navaja, una voluntad de hierro, su afilada lima al cinto y su forrado porrón tan frío como una nevera pues por costumbre siempre lo dejaba fuera para que el sereno de Noviembre hiciera su parte.
Comenzó la faena, la dura faena, pues los huesos entumecidos desde el corte anterior hay que ir adaptándolos para que tomen su tono, nosotros los chiquillos teníamos como deber llevarles su merienda al despuntar las diez de la mañana, así andando llegamos hasta el corte del isleño los cuatro para cumplir la encomienda y de paso ver si algún chiste o cuento salía de aquella manera de ser de aquel machetero puntero del esfuerzo. Como costumbre secó su sudor y de rodillas agarró su porrón, quitole el tapón y como la sed era mucha lo viró por la parte gruesa para refrescar aquella garganta sedienta, comenzó a salir el agua tan rica y fría que invitaba, de pronto aquello voló por el aire y con gritos roncos oíamos: el bicho, el bicho. Nos reíamos a coro buscando la respuesta y nada, solo aquello, el bicho , el bicho, pero su cara enrojecía como un tomate maduro y con sus manotas al cuello seguía gritando, de pronto buscó su lima que brillaba como un diamante y con un certero tajo de izquierda a derecha saltó como un león herido y entre aquella paja enrojecida vimos aquellos nobles ojos que perdían su brillo de jarana espontánea, entre un mar, el último mar que vería el isleño, un mar rojo que a borbotones no cesaba de fluir entre un ronquido sordo y otro. Salió aquel pequeño alacrán rojizo y maldito que escurridizamente perdiose entre la paja para reponer su calor.
10 de Enero del 2003.
CaribeOro
uff que final !!!
besitos
y mis huellitas
Bueno amiga mía eso es parte de la cotidianeidad, unas veces se gana y otras se pierde y la sorpresa es un elemento que me gusta agregar para cambiar el ritmo plano de la narración, cierto no obstante de ser un hombre humilde parte del mensaje es reconocer los enormes valores que existen en la sencillez peculiar de esas clases, lo de isleño es parte de mi propio origen al cual rindo un casto homenaje, a la vez que dejo por sentado toda esa masa extranjera entre ellos los canarios que fundidos entre si son lo que hoy forma la población cubana.
Me has dado una gran satisfacción al comprobar que me leíste detenidamente e interiorizaste cada gota del mensaje que me propuse, lo anteriormente expuesto por mi no es más que abundar sobre lo que Usted misma apunta.
Gracias Cuca muy sinceramente, gracias y un abrazo.
Amigo caribe de oro,me gusto tu historia ,pero me sosprendió,que al final haya muerto el protagonista ,que era un soñador de busca fortuna, al ser picado por un alacrán.A pesar que era un hombre isleño donde tenia mucha sabiduría de la naturaleza. chau tu amiga cuca
Hola Oscar, pues si trato de que los cuentos sorprendan y que sean faciles de digerir, dejemos las metáforas e imagenes complicadas para los poemas. El escenario es muy propio de mi tierra cuna antes del azucar, hoy cuna de las desgracias. Si te hace falta aclarar alguna frase me dices y con todo gusto estoy dispuesto.
Muchas gracias por tu moraleja hermano-amigo.Por demás muy alegre y buena.
Me alegra que hayas tenido esa sorpresa , realmente ese es uno de los objetivos míos cuando hago cuentos, tratar de jugar y a la vez entretener con ellos, siempre trato por todos los medios de sorprender. Muy agradecido por tu atención y me despido con un fraterno abrazo.
Interesante historia fácil de leer y muy amena. Sorprende el final, la muerte del isleño aguijoneado por el alacrán. Un abrazo
Vaya qué historia, amigo CaribeOro, inesperado final. Escrita para ser leída con facilidad, presentas escenas desconocidas para los habitantes del Fin del Mundo; algunas cosillas, más bien objetos tengo que adivinarlos para saber que son; lo del machete queda claro. Después del deceso de tan buen hombre, no me queda más que aplicar una moraleja: Si estás sediento, sediento/bebe aguardiente con sal/mira que no miento, no miento/ no bebas agua podría tener alacrán. Un abrazo fraterno.
Caray esta hitoria me sorprendió hasta el final señor CaribeOro, me pareció bárbara.