La caminata hasta su hogar era larga y cansadora pero el paisaje del barrio de casitas con jardín, los naranjos, paraísos y plátanos de las veredas hacía placentero el momento, además no tenía otra cosa que hacer más que comprar el pan en la vieja panadería que todavía perfumaba el barrio con sus delicioso aroma a facturas recién elaboradas, sentarse a tomar unos mates en la vereda y dejar que el sol de otoño calentara su pecho.
Luego, cercano al mediodía iría a buscar una botella de vino fino para tomarla con el almuerzo como hacia cada vez que cobraba la jubilación.
Después del ritual de cada mes, Don fausto como se llamaba nuestro protagonista estaba a punto de llegar a su casa con el vino, cuando fue abordado por un joven. Lo tomó de un hombro con una mano, puso un puñal en sus costillas y lo obligó a abrir la puerta.
La violencia y la irracionalidad se adueñaron del mediodía.
La mañana de otoño se vistió de gris y una ráfaga de viento helado se llevó su alma.
Tan solo era un viejo, ni siquiera pudieron recordar que se llamaba Don Fausto.
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