Camila con sus ojos ingenuos observaba a la rana de piel de naranja y color anaranjado brillante trepar por el viejo árbol del Jardín. El batraceo se deslizaba lentamente, exploraba el árbol favorito de la niña en busca de algún insecto que devorar, saltando con sus viscosas ancas de hoja en hoja.
La pequeña se sentía sola en la mansión, rodeada de sirvientes y esa niñera inglesa que tanto aborrecía. Sus padres hacían uno de sus tantos viajes de placer por Europa.
Le gustaba pasear por el Jardín soñando mundos maravillosos, personajes fantásticos y una vida feliz. Esa tarde, después de perseguir duendes y platicar con el hada de los sueños se sentó a descansar bajo la sombra del naranjo. Al mirar aquella rana que tanto le impactaba, sus deseos de trepar el roble se fueron haciendo cada vez más intensos, deseó perseguir insectos, subir hasta la punta de aquel árbol y desde allí poder mirar el mundo, todas esas cosas interesantes qué había escuchado se encontraban detrás de la gran barda, que rodeaba la mansión.
Por fin después de meditarlo un buen rato se decidió a trepar. Subía lentamente por las ramas, quería seguir la ruta de la rana, que se mimetizaba entre las hojas. El viento helado se impactaba contra su cara y despeinaba sus cabellos rubios, los cuales se movían de un lado a otro. Disfrutaba esa sensación de sentirse poderosa, cerca del cielo y agarraba pequeños insectos que observaba con detenimiento.
El sol comenzaba a meterse, cuando se escucho una voz que venía del otro lado del Jardín
- Camila Camila ya es hora de entrar.
- Niña, ya deja de soñar.
Camila sentada bajó el naranjo volteó aturdida. La vieja niñera de aspecto desagradable se encontraba frente a ella con la silla de ruedas. Ante la sorpresa de la niña, la cargo y levantándola junto con la cobija que tapaba sus piernas la sentó con rudeza sobre la silla.|
Imprimir |
Enviar historia |
