Desde la ventana la observo a lo lejos sentada en un banco de la plaza; es muy hermosa, acaricia lentamente su cabello rubio y el tiempo parece detenerse mientras los niños juegan a su alrededor; un aura angelical la envuelve y su vestido blanco ayuda a completar la imagen; de vez en cuando eleva los ojos al cielo, me gusta pensar que el gesto la hace una soñadora; es mágico como su entorno parece embellecerse con su sola presencia, por momentos su rostro parece reflejar preocupación como si estuviera abstraída por algún problema. Me pregunto si soy parte de ese problema o ni se imagina que existo, que puedo existir, que me pagaron por existir.
Sostiene un libro contra su pecho, está leyendo las obras completas de Sor Juana Inés de la Cruz, tenía que ser esa autora, no podría haber sido otra. ¿Qué habrá hecho?, ¿Qué habrá dejado de hacer?, ¿Por qué la odian?; no me importa, sé lo que debo hacer.
Vuelvo a verla a través de la mira telescópica y disparo; el libro sale volando de sus manos y ella yace inmóvil en el banco.
Segundos se recupera del miedo que la paralizó y toma el libro del suelo, comprueba que tiene incrustada una bala; solo espero que entienda por su bien que no fallé.
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