Permitidme, queridos lectores, que dedique éste escrito, a una dama, Loreimar, que ha sido bendecida por el Amor. Para ella, con mis más respetuoso afecto. Poeta enamorado
El amor en todos los tiempos- Segunda parte
Siempre que visito ésa ciudad costera, suelo aprovechar las mañanas soleadas,
Una mañana que disfrutaba de este plácido entretenimiento, fui sacado de mi abstracción por una voz atiplada que requería mi atención. Me volví intrigado para encontrarme con la sonrisa de bienvenida de aquel viejecito, que tiempo atrás me había relatado la historia de aquel amor contrariado, que sesenta años más tarde, aún le hacia derramar lágrimas al recordarlo.
Después de los saludos de rigor, nos sentamos ambos en un banco disfrutando de la sombra de un Tamarindo que se erguía en las cercanías. Y así fue como tuve conocimiento de la segunda parte de aquél relato que en su día titulé El amor en todos los tiempos.
Como usted recordará, me dijo el viejecito, después de la marcha de mi prometida, creí que me volvía loco. Fueron dos años interminables. Escribía a la dirección que mi novia me había dejado. Mandaba una carta cada dos o tres días y esperaba en vano una repuesta que nunca me llegó. Fueron dos años de angustia continua. Dos años de sufrimientos mezclados con esperanzas de las mil disculpas o pretextos que yo mismo aportaba para darle consuelo a un Alma que se moría, que agonizaba en la incertidumbre más negra y absoluta. Hasta que un día un amigo me dio la noticia: Maria se había casado felizmente en Tetuán. Ya, desde ése funesto día, dejé de escribir. Ahora me explicaba su silencio. Lloré amargamente, mi amigo. No tenia consuelo. La vida para mí ya no tenía sentido. Un futuro sin ella, era un vacío que no podía ni imaginarme. Sería un futuro en blanco. Desaparecía ella y para mi desaparecía todo. Tantos planes, tantos proyectos, tanto amor que entregarnos, todo, todo se había esfumado. Mi pobre madre, que en paz descanse, no sabía que hacer para aliviar mi pena. Compartía conmigo el dolor, o al menos lo trataba. Pero, créame, ese dolor, amigo mío no tiene consuelo, es un dolor demasiado grande, un dolor que te retuerce el Alma, que te seca la fuente de las lágrimas, un dolor que solo cede cuando caes rendido y el sueño te acoge, pero que en cuanto despiertas vuelve a sentirlo mas fuerte aún, más hondo, mas consciente de la pérdida que supone que de golpe se han borrado para ti los sueños más queridos.
Y el tiempo, anestesió la herida. Cicatrizarla no, ciertamente, porque después de sesenta años la tengo tan honda y tan viva como en un principio. Sigue doliendo, pero ahora ya puedo soportarlo sin creer que voy a volverme loco de sufrimiento. Es un dolor sordo, que late aquí dentro, sin consuelo, sin paliativo. Es el llanto perenne del Alma. Es un dolor que me acompañará hasta el fin de mis días.
Que si me casé? No mi amigo. Después de aquella experiencia ya no podía sentir más el amor. Porque no fue un sentimiento que con el tiempo se extinguiera, no, es que durante éstos sesenta años la he seguido amando como el primer día.
El viejecito inclinó la cabeza y guardó silencio por unos minutos. Algún día, continuó, puede ser, que ella se entere que yo le he permanecido fiel toda mi vida. Es posible, verdad? y agregó a renglón seguido, puede ser que un día se entere que yo he permanecido soltero porque su recuerdo me impedía fijarme en ninguna otra. Quizás si se entera comprenderá que yo si he respetado todos los juramentos y todas las promesas que nos hicimos al separarnos. Y si esto ocurre, por muy feliz que haya sido en su matrimonio, por mucho que haya querido a su esposo, tendrá remordimientos de conciencia. Rompió todas las promesas, todos los juramentos. Olvidó aquel amor que nos tuvimos, y a mi me condenó de por vida a una existencia desgraciada.
Ahora ya solo tengo un deseo, sabe cual? me preguntó. Ante mi silencio, dijo:
Con esa ilusión vivo, y pido y ruego todos los días porque el Señor me llame pronto, para esperarla y repetirle los mismos juramentos y las mismas promesas que nos hicimos, hace ya sesenta años. Y con un gesto rápido borró la lágrima que indiscreta
Mientras se alejaba, con sus pasos cortos e inclinada la cabeza, quedé embargado por la emoción que me produjo su relato. Nunca había oído nada parecido, un ser que había amado tanto que su vida no tuvo otra misión en éste Mundo que la fidelidad al ser amado por más de sesenta años. Por ése motivo, cuando leí la novela de García Márquez, El amor en los tiempos del cólera, recordé de inmediato la insólita historia que un agradable día de primavera, me contó, con lágrimas en los ojos, un simpático viejecito de pelo cano y andar encorvado, en una de las avenidas del Parque, bajo la sombra de un Tamarindo.
MCP. Febrero 2.008
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