Un indigente buscando un vagón abandonado en
donde pasar la noche. Aparentemente le da lo mismo mi presencia invasora. Este
moribundo indestructible no parece un hombre infeliz. Sospecho que, incluso,
debe estar orgulloso de su pobreza. La vanidad es todo un ejemplo de
supervivencia. Supremacía darwinista mediante mutaciones instantáneas a
voluntad. Tiene el atrevimiento de contarme algo muy hermoso. Seguro va a
pedirme un cigarrillo. Esta excursión va a ser un éxito rotundo. Por supuesto
no me lo esperaba. No se puede predecir cual va a ser la reacción de un animal
que nunca se a topado con un ser humano. Esta sala de espejos todavía encierra
algunas sorpresas. Comienza a hablar y me siento como si escuchara fábulas
infantiles debajo de un puente ferroviario.
Arriba, la noche estrellada. Pero no es la
noche, es mi harén, un palacio hecho de
un solo bloque (Baudelaire). Son mis tristes doncellas que vienen a verme.
Ellas bailan solo para mí, bailan mecánicamente. Danzan suavemente en manada.
Mis queridas lesbianas. Ellas saben que las amo como si las hubiera creado.
Muchas forman solitarios dípticos en la noche. Caprichosa geografía. Preciosa y
enigmática clave. Son lobas nodrizas que arrojan al espacio helado haces
térmicos como cordones umbilicales. Pulsos esféricos. Cajitas musicales. Las
legiones de luciérnagas como sierras circulares. Faros espaciales para mi alma
de naufrago (y mi tristeza alienígena). No siempre fui un vagabundo, ¿sabe?.
Pero siempre fui un siervo de la noche. Desde muy niño me gustaba dormir en el
balcón para poder ver las estrellas. Cuando llegaba la noche era como si
volviera a mi hogar después de un largo viaje. Me sentía como una serpiente que
se enrosca a la sombra de un jardín maravilloso y salvaje. Incluso llegue a
cursar un año de astronomía. Pero esa fue una mala idea. Soy un retrasado
mental para las matemáticas. Antes de que perdiera todo y me quedara en la
calle con una mano atrás y la otra adelante yo tenia un piano y un gran
ventanal. Recuerdo que solía pasar horas contemplando la noche mientras oprimía
las teclas como si fueran gatillos. Un hombre como usted seguramente debe saber
que tocar el piano es como reírse del mundo. Siempre pensé que mi piano alemán
de once octavas tenia el ancho exacto de un monstruoso ploter para imagines
satelitales. Muchas son las cosas que se evaporan a los ojos del sol pero que
permanecen bajo las estrellas. Muchos son los perfumes que se elevan con la
luna. Muchas son las cosas que nos revela condescendientemente la noche entre
sus manos de hielo. Muchos son los sueños y las visiones que las tinieblas
permiten. Refugio del aborrecido. Humilde templo que guarda en su simple
sagrario los placeres sencillos: La paz y el silencio. Santuario de las dulces
nostalgias. Arca llena de esperanzas y rendición. Es en el gélido aire nocturno
en que se alzan al cielo las oraciones mas sinceras con sus palabras crueles,
para convertirse en estrellas que nadie contempla. Es durante las noches
larguisimas que el amor nos derrite con sus llamas blancas, que la culpa
acostada a nuestros pies como un perro nos enseña provocativamente sus dientes
rojos, que el miedo nos descarna y desnuda con sus poderosos dedos. No estoy
loco. Se que este amor es un espejismo. Y sin embargo, nada más real que mis
orgasmos sicológicos mediante esta inmaculada fornicacion asexual. Soy una
sobrealimentada polilla. Un inofensivo degenerado de vanguardia. Me encanta
masturbarme a la luz de la luna. No soy un bicho raro, tal vez un anormal en el
buen sentido de la palabra. Soy un privilegiado y siento una gratitud llena de
ternura que rebalsa mi carne. Toda la dulzura del mundo es mía. No creo
merecerla, pero eso poco importa. Nunca sentiré vergüenza de erguirme sobre mis
patas traseras y gritar con lágrimas en los ojos: ¡Yo también quiero! El
cielo nocturno es como un gran prostíbulo en donde la luna es la regenta obesa
y fea, un fracaso de golfa que llena de envidia imparte ordenes e insulta a sus
pupilas señalándoles a los hombres solos que las observan desde las sombras.
Hombres como nosotros. Pobrecitas niñas tener que alumbrar las penas de esos
demonios bípedos, tener que ver su luz refractada en semejantes lagrimas.
Pobrecitas muchachas aterradas, maestras en el arte de mirar en silencio,
testigos mudos de escenas de locura y pánico, de violaciones justificadas y
suicidios secretos muy ingeniosos a cielo abierto. Brillan con violencia y
vierten su luz como un llanto desolado, atormentadas por un infierno de
planetas rocosos. Hoy es distinto. Hoy me van ha querer como si fuera el único
que sufre de este lado del mundo. La casa paga esta noche. Es una fiesta de
despedida.
Después de todo esperar mi turno para hablar
valió la pena.
En mis mares los peces no nadan, solo caen.
En mi universo las estrellas son infinitos espejitos de una mísera luz
secreta.
Que hombre tan cínico me he vuelto. ¿Será mi
memoria genética que accidentalmente acciono mis rasgos de camaleón?
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