EL AMANECER

Categoría(s): fantasía, terror
        Tras estar al borde de la muerte, me levanto cada día y contemplo asombrada los distintos amaneceres. Unos días la aurora saluda resplandeciente, brillante, amenazadora, cegadora. Otras jornadas, Apolo se esconde tras las nubes, dejando que miles de rayos en todas las tonalidades del rojo, asomen a intervalos para dar paso a la grandiosidad del día que me es negado. Este amanecer es el que más me gusta. Pero hay otros albores, los negros. Estos son los que me permiten disfrutar del día sin día, salir cuando el sol sale, sin ocultarme, sin censura. Estos amaneceres son aquellos en los que no termina de salir el alba, son nublados, grises, apagados, sin brillo, sin quemazón. Pero echo de menos la luz del sol, bañarme bajo sus rayos, disfrutar del día…

        Un día, como tantos otros, te levantas a las nueve, te lavas la cara, te tomas un café, te duchas, te vistes y sales a la calle. No le das importancia a nada de lo que has hecho, simplemente, estás ahí. Todo está ahí. Luego vas a trabajar, tratando con un millar de personas, charlando, hablando, explicando, vendiendo, vendiéndote. Tampoco le das importancia, simplemente estás ahí con ellos. Ellos están ahí contigo. Vuelves a casa a comer, tomas delicias que no valoras, discutes con la familia, ves la televisión, bebes café. No importan los momentos del mediodía porque todos los mediodías son iguales. No das valor a la familia, a un beso, a un hola, porque no lo crees necesario. Ellos siempre van a estar ahí, y tú también. Vuelves al trabajo por la tarde. Más caras, más gente, más palabras vacías, más apretones de manos, más hechos por hacer. Miles de personas al cabo del año de las que se conocen sus voces y sus caras, pero de las que no se sabe nada. A nadie le importa nadie. Entonces terminas tu jornada. Quedas con unos amigos. Es de noche. Añoras poder disfrutar de la nocturnidad sin tener que madrugar. Y es entonces cuando has perdido todas las oportunidades de hacer algo con tu vida. Es, en ese preciso momento, cuando el mal, acechante siempre, se acerca y da un giro a tu monótono destino. El genio de los deseos, que siempre nos acompaña, decide hacerte caso esa noche y darte lo que has pedido. Ya no tendrás que madrugar nunca más. No volverás a ver la luz del día.

        Esa noche me encontré con el azar y él, como siempre, giró mi fortuna hacia atrás, me hizo toparme con un ser grotesco, fantástico, hipnótico, maligno. Aquel hombre, con su cabello blanquecino, su sonrisa blanqueada y sus formas nobles, realizó tal encanto en mí, pobre mortal, que accedí a acompañarlo, dejando de lado la cita con mis amigos. Fuimos a un restaurante de lujo, donde el plato principal eran los chuletones sangrantes. Yo, vegetariana por necesidad, casi no pude comer, solo la ensalada y una deliciosa lasaña de espinacas, pero los hipnóticos ojos de aquel hombre, no permitieron que pudiese horrorizarme contemplando el carnívoro espectáculo en que me hallaba inmersa. Tras la cena, él me invitó a una copa en su casa, a lo que accedí. Pobre idiota. Yo era una mujer infeliz, con sueños de grandeza, con esperanzas inútiles, con deseos de loterías ganadas y dinero caído del cielo. Pero en el cielo no hay dinero y yo no lo sabía. La casa era un pequeño apartamento de lujo, por lo que quedé todavía más encantada con aquel hombre. Me ofreció un cava rosado, puso una melodía romántica, me dio un cigarrillo. Entusiasmada, le miraba, pues sus ojos brillantes, vidriosos, grisáceos, hacían que no pudiera apartar mi mirada de ellos. En un momento de la conversación, apartó la copa de mis manos y me invitó a bailar. Al principio, separado, luego fue acercándose despacio, arrimando poco  a poco su cabeza cerca de mi hombro. Comencé a notar su aliento  cerca de mi cuello. Poco a poco, sus labios, húmedos, resbaladizos,  carnosos, comenzaron a acariciar mi nuca, desplazándose hasta el lado izquierdo de mi cuello. Entonces lo hizo. Hincó sus dientes en mi yugular, succionando, bebiendo mi sangre, sorbiendo mi vida. Paró un momento. “¿Quieres vivir?” Me preguntó. Yo, con la debilidad del moribundo, el miedo del que no sabe lo que le espera y la vana ilusión de estar soñando, contesté que sí. Un sí diáfano, débil, como un suspiro, pero un sí al fin y al cabo. Él, con un hematites afilado, se cortó en el pecho. Me ordenó beber, probar su sangre. Yo obedecí. Escuché unas palabras, extrañas para mí entonces, claras como el agua ahora. “Na me un sikil-za – Na a-zu deñ din-ga guibil”, lo que quiere decir “Que mi sangre te purifique y formes parte de las criaturas de la noche”. Después trazó con la lanceta de hematites una frase en mi vientre, la cual se ha quedado para siempre en mí tras cicatrizar. Estas palabras son mi nombre. Aquel ser capaz de pronunciarlo, podrá matarme, hasta entonces, soy inmortal.

        La noche siguiente desperté en un contenedor de basura. El muy descastado me tiró como se tiran las sobras. Fui su cena, nada más. Me sentía extraña, como si me faltara algo. Entonces me dí cuenta. Mi corazón no latía. Mi cuerpo estaba frío. Decidí dirigirme hasta el apartamento del ser, pues todavía no era consciente de que me había convertido en un ente de las tinieblas. El lujoso lugar seguía allí, pero no mi aterrador hombre. Le pregunté al portero si sabía algo de él, por si tenía noticias de dónde había ido o cuánto tiempo iba a ausentarse. Nadie le conocía. Era como si nunca hubiese estado en ese lugar. Por otra parte, el portero, al verme tan cochambrosa, me echó. Yo intenté mirarme en un espejo, pero para mi sorpresa, no tenía reflejo. Eché un vistazo al suelo, tampoco tenía sombra. El estómago me rugía y comencé a sentir un temblor en las manos, el cual se extendió hasta el resto del cuerpo. Poco a poco, comencé a sentirme como un drogadicto al que le falta su dosis, sintiendo mareos, náuseas, picores y múltiples calambres. Entonces tuve que hacerlo, tuve que matar. Me escondí en una calle oscura, esperé a que pasara un viandante y le ataqué. No entendía de dónde había sacado la fuerza, los colmillos y las garras, pero lo hice igualmente. Salté encima de él, le desgarré la garganta y comencé a succionar su sangre, bebiendo de él, tragando su vida, notando cómo su corazón se iba parando a la vez que el mío comenzaba a latir. No sé cómo se  llamaba, ni quién era, ni qué fue de él. Sólo sé que fue mi primera comida. El primer bocado, el más delicioso, el mejor. Tras la cena, me recuperé. Entonces decidí ir a casa para darme una ducha. La policía estaba apostada allí. Como era normal, mi familia había denunciado mi desaparición y estaban esperando alguna noticia, estaban buscándome. Pero yo, que ya era consciente de mi condición, creí que lo mejor era desaparecer. Miré en mis bolsillos. Tenía algunos euros, por lo que me dirigí a una pensión. Encontré una fantástica, donde había una pequeña tienda de ropa. Compré unos pantalones y una blusa, me dí una ducha y me acosté. Desperté a la noche siguiente, con temblores de nuevo. Me dirigí a otra calle oscura y comí otra vez. Entonces pensé que lo mejor era conseguir un trabajo nocturno. Lo hallé en un bar de copas. Abrían a las doce y cerraban a las cuatro, lo cual me daba tiempo para comer y poder marchar a dormir antes de que saliese el sol. Luego busqué una vivienda en alquiler, aunque fue algo difícil, pues nadie podía atenderme al ponerse el sol, pero al fin localicé a un casero díscolo, que me ofreció un bonito y oscuro apartamento por un módico precio. Desde entonces vivo así. Cazando. Trabajando. Vigilando que no me pille la policía. Escondiendo mi rastro. Echando de menos el sol. Suelo quedarme por la mañana hasta que amanece, hasta que comienzo a quemarme, hasta que Apolo, con sus rayos, me indica que ya no es tiempo para mí.

        Una noche, como tantas otras, te levantas a las nueve, te lavas la cara, te tomas un café, te duchas, te vistes y sales a la calle. Le das importancia a todo lo que has hecho, sabes que estás ahí y no es por casualidad. Todo está ahí, para que lo disfrutes, para que le des su justo valor. Luego vas a cenar, mirando la cara de tu víctima, sin importarte quién es, sólo procurando olerlo para saber si está enfermo. Solo es comida, como un cerdo o un cordero, aunque sepas que es en realidad un hombre o una mujer, pero es tu comida y no debes preocuparte por si, lo que comes, tiene familia, amigos, seres queridos. Al fin y al cabo, los humanos no preguntan a un pollo si le molesta ser comido. Después, vas a trabajar, tratando con un millar de personas, charlando, hablando, explicando, vendiendo, vendiéndote. Le das mucha importancia, todos ellos son tu posible cena de mañana. Ellos están ahí contigo, quieren que les sirvas y saber algo de ti, tú buscas un buen bocado que llevarte a la boca. Sales del trabajo, te cruzas con un algunas personas, más caras, más gente, más sabrosas y apetitosas cenas. Llegas a casa. Esperas en el balcón hasta que llega el amanecer, entonces cierras todo, echas todas las cortinas y te escondes, sola, vacía, triste, añorando la luz del día, los amigos, la familia, la antigua rutina. Piensas que deberías haberte preocupado por alguien, intentar saber cómo era tan sólo una de aquellas personas a quienes apretabas la mano. Pero ahora ya no importa. La gente es comida. Sólo queda esconderse, esconderlos. Nadie los encuentra porque hay miles de personas al cabo del año que se cruzan, de las que se conocen sus voces y sus caras, pero de las que no se sabe nada. A nadie le importa nadie. Y yo me aprovecho de eso. Soy lo que soy, una criatura de la noche, un vampiro. Estuve a punto de morir y ahora…

Ahora vivo para siempre.
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Comentarios:

Escrito por: gallinamarihuana       18/11/08 23:25
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Muy buena manera de contas las cosas, muy buena manera de hacernos temblar, sufrir con los personajes.
A decir verdad no me gusta nada que tenga que ver con el vampirismo, concuerdo con el compañero delgado, siento que tu eres de historias mas poderosas.
Muchas felicidades y un gran abrazo.
Escrito por: jdelgado       11/10/08 10:58
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Lindsay, eres tan buena escribiendo que no hay vampiro que merezca ni un minuto de tu tiempo. Creo que debes emplear tu talento en asuntos que estén a su altura, que es mucha.
Un saludo.
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