El Alemán

Categoría(s): Relatos, Cuentos, Leyendas
Aquel frío y nublado domingo de junio fue el día más triste de los que viví en la vieja pensión de la calle Belgrano. La mañana se insinuó brumosa y con una trágica noticia: había muerto Frantz Hessler, aunque todos los conocíamos como El Alemán.
 Frantz ocupaba la veinticuatro, una piecita oscura y húmeda ubicada justo frente a la mía, en el patio de atrás. Era un viejo robusto y de mirada recia. Portaba, con inocultable orgullo, una genuina autoridad aria solo amainada por el agobio de los años que a él parecían pesarle más que a nadie. Medio jorobado y cadencioso, solía trabar conversación con no escasa vergüenza y en un esforzado español. El énfasis al pronunciar las "eres" delataba su origen y cuando alguien se lo preguntaba, Frantz se erguía afanosamente e izaba una mirada fría y altiva; entonces Frantz se convertía en “el Alemán” que inspiraba respeto, disolviendo la imagen de viejo huraño que ni a "Roly", el perrito faldero de la dueña, lograba conmover.
 No se daba con casi nadie y sólo ofrecía con cierto desdén un saludo al pasar, como si el mundo circundante lo fastidiara. Creo que en verdad al “Alemán” la vida lo fastidiaba; aunque había algo en él que lo mantenía especialmente vivo.
 Sin querer y sin poder precisar desde cuándo, el alemán y yo nos hicimos amigos. Supe, entre sobremesas con vino tinto, queso de campo y salames caseros, que llegó a la Argentina en el '47 después de la guerra, "con una mano atrás y otra adelante", como solía explicar apoyando las palmas de su mano sobre sus genitales. Supe, que años más tarde, se casó con una inmigrante italiana; que la infortunada mujer, al poco tiempo, murió de cáncer en un precario hospital de Oberá; que la despiadada y fulminante enfermedad no le dio tiempo de engendrar hijos y que Frantz, abyecto por los recuerdos y oscuros rencores, jamás quiso regresar a su Alemania natal. Supe, no sin sorpresa, que cierta vez fue arduamente perseguido por unos cazadores de nazi; al parecer lo habían confundido con otro Hessler, un coronel del Tercer Reich prófugo de la justicia y que habría obtenido refugio en Misiones gracias a unos contactos consulares. Alguien me dijo que después de aquel ambiguo episodio lo apodaron el "ángel de la muerte", como si el abrumado Hessler que yo conocía fuera comparable con el mismísimo Menguele. Temía indagar las razones de aquel apodo, no obstante lo consideraba injusto y eso era suficiente para mí.
 Entre mates en medio de la tarde, el alemán me refería historias de la Alemania Nazi, de las atrocidades que sufrieron sus compatriotas inocentes, de los bombardeos aliados, del horror vivido por su familia y de que una vez siendo apenas un niño, aconteció, inevitable y profético, el hecho sobre el que yo —y los cazadores de nazis— pusimos especial interés.
 En tiempos de la primera gran guerra Frantz vivía sólo con su madre en una pequeña granja al sur de Alemania. Su padre combatía en el frente, en Austria; su hermano mayor había muerto en Francia, desintegrado por una bomba aliada; y su hermana, también mayor que él, fue monja en un hospital de campaña en Heidelberg. Una noche, un grupo de soldados alemanes irrumpió en la granja. No eran muchos, apenas un puñado, hambrientos y con miedo; los aliados estaban cerca. El curso de la guerra no les era favorable por entonces y un frío aire de derrota soplaba inexorable sobre sus espaldas. Usurparon la sala. Se devoraron su escasa comida y bebieron los vinos que su padre había escondido en el sótano. Aguardaron allí atrincherados, listos para entrar en combate si era necesario. Hacia el crepúsculo de la jornada siguiente, los sorprendió una fragmentada división inglesa que pasaba por allí. Sólo unos pocos lograron huir.  El niño Frantz, aterrado, se refugió en el oscuro sótano. Escondido en un viejo baúl, halló a un joven soldado alemán que había eludido la sangrienta emboscada. Por piedad, o porque al fin de cuentas era un compatriota, lo ocultó en el doble fondo de un armario repleto de cosas viejas y herramientas en desuso. Jamás lo encontraron; y para cuando los ingleses se marcharon, Frantz lo liberó. El soldado era delgado, de nariz afilada, de profundos ojos azules y con un rebelde mechón de pelo oscuro que se insinuaba sobre su frente. El joven memorizó su nombre como si de aquél baladí acto dependiera el futuro, y en agradecimiento, le regaló una barra de chocolate que extrajo de su chaqueta.
 Poco más de veinte años después, Frantz recibió noticias de aquel soldado alemán salvado por él.
 Entré a su piecita, más oscura y húmeda que nunca; el alemán yacía perpetuo sobre su cama y ajeno al frío que insinuaba la noche. Alguien halló entre sus pertenencias una deshilachada bandera alemana y cubrió su cuerpo con ella; lo juzgué como un merecido gesto, casi piadoso. Su rostro pálido reflejaba una paz que —me consta— jamás halló entre los mortales. Supe de inmediato que había alcanzado la libertad que tan obstinadamente buscó, y creo haber vislumbrado un reencuentro. Sentí una inmensa tristeza por aquel infausto amigo, pero me alivió suponerlo ya redimido, lejos del horror; lejos de sus lacerantes recuerdos y de quienes lo condenaron sin razón y con menos justicia. 
 Un joven alto y desgarbado que emergió de la piecita, dijo al pasar: “Murió el ángel”. Clavé mi mirada en sus ojos pequeños y desafiantes, escondidos tras un rostro que me sugirió a nocturnas pegatinas y marchas contra la represión y a favor de los derechos humanos que se insinuaban por aquellos años en las apacibles calles de Posadas. No lo dijo porque sí, lo dijo porque estaba yo. Tal vez sospechaba que yo no ignoraba la verdadera identidad del alemán. Sentí el incontenible deseo de ahogar aquel perverso insulto. “Acá no se murió ningún Ángel”, le espeté. Casi de inmediato, descubrí a otros desconocidos que lo aguardaban en el patio, y que al percibir mi enfado, se acercaron con disimulo hacia la puerta. El joven se detuvo junto a mí y dirigiéndome una desdeñosa sonrisa, me dijo: “Este viejo nazi fue el autor de la peor atrocidad que...”  Fue entonces cuando las manos de Graciela, la dueña de la pensión, sujetaron mi puño presto a responder su injuria, y me arrastraron hasta el rincón más alejado del dormitorio. La mujer apaciguó mi reacción apretujando disimuladamente contra mi pecho una pequeña caja de madera, vieja y gastada. Me miró como quien mira a un chiquilín tonto a punto de cometer una no menor tontería, y me dijo entre dientes que el alemán me la había dejado como recuerdo poco antes de morir. De inmediato, me obligó a salir de allí con la caja y mis vanos reproches. Ya en mi cuarto la abrí. Tenía prolijamente guardadas unas cuantas medallas de honor, supuse pertenecieron a su padre; otra más grande e importante con la cruz esvástica grabada en su centro, un brazalete rojo con la misma insignia estampada en tenebroso negro, unas cuantas fotografías antiguas y un trozo de papel amarillento con una dedicatoria en manuscrito alemán. Lo único comprensible del texto me resultó su nombre en el encabezado. Mi ignorancia del idioma alentó mi decisión de guardarla para siempre junto a mi recuerdo de El Alemán.
 La semana pasada, visité a mi antiguo profesor de Historia. Con mi postergada curiosidad y la carta, recurrí a sus probados conocimientos del idioma germánico. Debía develar aquel incoherente secreto que sospecho, otros alguna vez le arrebataron de la vulnerable memoria de mi viejo amigo. Él no había sido un soldado nazi. Jamás empuñó un fusil. Jamás disparó una sola bala. Jamás persiguió a un solo judío. Entonces, ¿qué aberrante hecho cometió Frantz Hessler para ser considerado por sus detractores como el verdadero ángel de la muerte?
El crepúsculo reverberó sobre los cristales de las vitrinas abarrotadas de libros de historia de mi viejo profesor. Con asombro, leímos la breve y aberrante traducción:
A Frantz Hessler:
  No ha transcurrido un solo día de mi vida que mi memoria no evoque aquel episodio en el sótano de la granja. Recordaré para siempre cuando valientemente protegió, a riesgo de su propia vida, la de un soldado de la patria. Usted, mi querido Frantz, no sólo salvó mi vida, salvó el futuro de la raza aria y acaso el nuevo designio de la humanidad toda. Sirva esta medalla y mi brazalete de ceremonias como testimonio fiel de mi eterna gratitud.
Berlín, enero 18 de 1940
  

A.H. (Adolph Hitler)

                               

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Comentarios:

Escrito por: eslavoz       17/05/08 23:39
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increible historia, me atrapó furiosamente
un gusto descubrirte amigo
Escrito por: avesolitaria       14/05/08 13:44
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Magnífica historia!!. Interesante, bien relatada, perfectamente escrita y descrita con profundidad psicológica y creando suspense. Tiene todos los ingredientes para atrapar al lector.
Un abrazo
Escrito por: omenia       13/05/08 21:45
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Creo que "El alemán" sufrió en carne propia el haber salvado al futuro dictador, al genocida mayor de la historia de la humanidad, quizá por eso jamás regresó a su patria, la vergüenza debió acompañarlo el resto de sus días, porque si bien el gesto que tuvo al salvar a un hombre lo podría enorgullecer, el que ese hombre fuera quien llegó a ser , ese... ese es otro cantar.
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