A Teodoro Sane. In Memorian*.
Café Tortoni, Buenos Aires, mayo de 1995. Entrevista a Teodoro Sane. Grabando:
«La conocí a principios de febrero de 1994, y, a poco de tratarla, se me representó genio y figura-, como una rara mezcla de mujer y niña.
De momentos parecía un ángel. De esas mujeres que parecen haber nacido para ser amadas, admiradas y mimadas. Sensual, dulce, irreverente, audazmente inteligente. Ella era todo. Imprecisa y única. Y comprendía, para mí, a todas las mujeres. Todas las mujeres estaban en ella. Describirla, con adjetivos y palabras como yo lo hice es, en cierto modo, desmerecerla. No creo haberle hecho homenaje suficiente.
Año 1995 y mi segundo arribo después de un año a la ciudad de San Pablo, en una tibia tarde luego de un chaparrón. Volví a sentir el sutil aroma del jazmín después de la lluvia. Esta vez no me esperaba una bella muchacha morena de ojos claros y cambiantes, dientes muy blancos y sonrisa franca.
Dejé mis cosas en el hotel y salí a caminar, solitario y triste, llegando en forma de recuerdos mi estadía anterior. Y repetí el paseo de cuarenta cuadras por aquellas floridas calles de la ciudad.
Ahora retomo febrero de 1994. La orden había llegado a Buenos Aires desde nuestra casa matriz en Barcelona. Y dirigida a mí, flamante director de la editorial, con instrucciones de nuestra central en España. Debía asistir a un congreso editorial en San Pablo. Ya lo había hecho el año anterior, y muy bien, según me felicitaron, al contactar al premio Novel que asistió y lograr que nos confíe la edición de sus ensayos inéditos.
Pero este año había algo más; y ahí está el quid de la historia. Este año debía poner en funciones al nuevo corresponsal brasileño, Edineidi Teixeira. Lo único que sabía de esta señorita recomendada por nuestra directora general- es que tenía 27 años ¡quasi uma garota!- y una precoz carrera literaria; ganadora del último certamen internacional de novela que organiza anualmente nuestra casa de Lisboa. La edición de su libro se había hecho en Portugal y en su idioma, con tanto éxito, que se estaba traduciendo al castellano y al francés.
Hay dos maneras de hacerse notar, con el talento y con el ridículo. Esto último fue la primera impresión que me dio Edineidi Teixeira cuando la vi, con su sombrero de pana negra de ala ancha y un ramillete de azaleas en la mano. Esas señas me había dado para reconocerla; lo indicaba el telegrama que recibiera aquí, en mi oficina de Buenos Aires, el día anterior. «¡Extravagante!» pensé, podría llevar un cartelito con mi nombre, como hacen todos. Pero así era ella, lo supe luego, imprevisible y única, como dije.
El viaje desde Ezeiza a San Pablo había sido de dos horas, o poco más, que las azafatas y oficiales de
Al final del recorrido de los largos corredores del Aeropuerto Internacional de Guarulhos la ubiqué. Estaba ahí, parada en el centro de la sala principal, al pie de la escalera mecánica. Nos saludamos y no sabiendo yo qué hacer con su ramo de azaleas, callé cuanto pensaba y le dije en portugués:
-¡Mui original!
Pensé que vendrías con tu esposa me contestó lenta en correcto español.
Ambos reímos y a partir de ese momento acepté su superioridad idiomática. Nos comunicamos entonces en nuestra lengua. Con el resto de los brasileños lo hice siempre, y hasta la fecha, como pude: en español o en portugués; y las más de las veces en español y en portugués juntos.
Salimos a la playa de estacionamiento y una vez en su coche, un Wolkswagen Fusca que estrenaba, le indiqué que fuéramos al hotel Campo Belo Plaza de Rua Demóstenes 74, donde me hospedara el año anterior y tenía hecha mi reserva.
Al día siguiente nos vimos temprano, como quedáramos, y la puse oficialmente en sus funciones de corresponsal de nuestra editorial. Le auguré éxitos y pregunté si podía invitarla a tomar una copa. Agora ñao, muito obrigada, me contestó nuevamente en su idioma, espontáneamente.
Luego asistimos a la primera ronda del congreso de editores, en el edificio Memorial de América Latina. Fueron tres días agitados, con contactos literarios y entrevistas; por mi parte expuse una ponencia en relación al reclamo en defensa de los derechos de autor, que
Edineidi, siempre a mi lado, ofició de intérprete y eficaz secretaria. ¡Oh, Dios! ¡Qué mujer! ¡Y qué ojos!... claros cambiantes; era la de los ojos color del tiempo.
La musicalidad de su voz, su risa espontánea y esa variación a las palabras que nosotros terminamos en consonante y ellos agregan vocal, me tenían encantado. Se lo dije.
Me invitó a cenar a su casa. Huérfana de padres, vivía con un hermano veinte años mayor que ella y con su cuñada. El era un químico industrial que por esa semana había viajado a Salvador, en el estado de Bahía. Era viernes; mi pasaje de regreso lo había confirmado para el martes próximo a las 10.30 hora de Brasil, acomodando mi reloj a ese horario. Aún me faltaba cumplimentar la inscripción comercial de la corresponsalía de nuestra editorial en San Pablo y comprar el regalo para Martha, con quien no había mantenido contacto, pero tenía el teléfono de mi hotel por si necesitaba de mí. No me había llamado. Estaba disfrutando de unos días en el campo de mi suegro, en las sierras de San Luis.
La cena sería alrededor de las 21.30 horas y eran recién las 18. Me bañé y mudé de ropa, saliendo del hotel dispuesto a caminar las doce cuadras que tenía hasta el condominio de los Teixeira. Me gusta pasear a pie, y, como tenía tiempo, tomé por una diagonal con un bulevar de altas palmeras y bajos jazmines y azaleas, tapizado de exuberante verdor. Y las doce cuadras se me hicieron cuarenta, errando deleitosamente por calles paulistas, mirando su foresta, la edificación y el rostro de la gente. El atardecer estival inundaba de bienes mi espíritu. A poco andar retomé el bulevar hasta la altura de la casa que fuera de mis abuelos maternos, quienes en viaje desde el Piamonte, vivieron cinco años en Brasil antes de radicarse en Argentina, en la aurora del siglo veinte.
Parado frente a la vieja edificación de estilo colonial portugués, volví a regocijarme, como lo hiciera el año anterior, pensando que mi abuela Amara había puesto las plantas de la vereda de esa casa, descansado bajo el umbral gastado y tantas veces levantado los visillos para mirar la llovizna; y que tantas otras, por esa misma ventana, había despedido a su marido, mi abuelo Lorenzo.
Demoré tanto que llegué a las 22 horas a casa de Edineidi. Me recibió sonriente; le entregué los dos botellones de vino Norton Malbec, tinto mendocino, y la virgencita de Luján de onix verde de San Luis. Me presentó a su cuñada, que hablaba bien el castellano porque de jovencita vivió siete años en Montevideo, y a sus cinco hijos, de ocho a dieciséis años.
La velada transcurrió agradable. La caminata había predispuesto mi ánimo a la plenitud, sorprendiéndome en hallar en Edineidi a una adorable mujer, caudalosa en expresiones, inteligente y tan juvenil como si asomara sus ojos asombrados a la vida. Ante su familia en pleno, y a su pedido, me referí, luego de reconocer las bellezas brasileñas como incomparables, a la tan europea ciudad de Buenos Aires, a nuestro Litoral, a Bariloche y el sur patagónico, al norte argentino y sus valles, a la verde llanura de
Mi acento causaba en ellos grata impresión, estimulándome el asombro con que me escuchaban, como si nuestro país se formara de lugares exóticos y distantes.
Cuando me retiré, pasada una hora de la medianoche, ya éramos grandes amigos, habiéndose mostrado todos accesibles y simpáticos. Pero algo que me conmovió sobremanera, fue el viaje que accedí hacer con Edineidi no sé como- por el fin de semana a la zona turística del estado de San Pablo.
Salimos al amanecer en el Fusca nuestro Escarabajo-. Fuimos directamente a las playas de Santos, nos bañamos y almorzamos mariscos. Al caer el sol salimos para Guaruja; y, al llegar, comimos nuevamente frutos del mar; pero esta vez sopa de cangrejos en la hostería Albamar de la playa Pernambuco. Todo era natural en Edineidi. Vi su sonrisa cuando me adelanté para pedir en portugués: «Dois egenci separados contiguos; com banheiros e teléfones». Ese tema me había tenido preocupado y no sabía cómo actuar llegado el momento.
Después de cenar salimos a pasear, caminando los mil metros que nos separaban de la playa. La noche de luna llena daba al paisaje una especie de magia extraterrena. De regreso, Edineidi, sorprendiéndome, cantó para mí viejas canciones románticas de su pueblo, que escuchara yo de muchacho a Vinicius de Moraes y a Altemar Dutra. Su voz estaba llena de sugestiones, mostrándose radiante y nimbada de irrealidad. Quedé fascinado, y, sin saber porqué, la tomé de la mano. Edineidi tembló ligeramente, pero no la sentí mal. La sensación era la de conocernos desde siempre. Sus ojos claros a veces clarísimos- y sus dientes de marfil, en contraste con su tes morena y sus largos cabellos ébano, le daban esa noche, para mí, una belleza rayana en lo divino.
Era extraño, Edineidi sonreía y sus blancos dientes adquirían una rara fosforescencia que nunca antes observara en otra mujer. Aunque todo me entusiasmaba, sabía que no podía estar enamorándome. Sin duda era una impresión momentánea; la noche, la soledad, la ausencia de Martha, todo se confabulaba para producir en mí reacciones estéticas.
Ahí fue cuando ella rompió mi encantamiento. Entristeció su cara y me habló en un español casi perfecto, como me había prometido:
Todo esto me recuerda un sueño que tuve hace unas noches: yo iba en un carro por un caminho de montaña y de pronto un hombre apareció sentado a mi lado. Recuerdo que hablamos todo el viaje; no escuchaba su voz, pero me veía sonreír; y sonreír a él, de quien se me apagó totalmente su fisonomía. Entramos en São Paulo y lo dejé en algún lugar. Nos besamos los labios y continué mi caminho sola, con una intensa sensación de que estaba muerta.
No muy agradable tu sueño. Pero ¡Edineidi! ¡Vos no morirás nunca! ¡Vos y nuestra amistad no morirán nunca!
Nos paramos por un instante y ella volvió a sonreír con risa cristalina. Mi corazón se aligeró de la leve sombra que produzco en mi ánimo el sueño de la muchacha.
¿Por qué no estás de novia? pregunté de pronto.
¡Vaia!... No habré encontrado mi alma igual en el caminho.
¿Es posible que nunca te hayas enamorado? Insistí.
-No dije eso. Creer amar puede resultar un espejismo. El amor real suele demorar muito y a veces ni llega. ¿Você no lo ves así? Había algo pesaroso en su acento. Yo negué la tesis:
Muchos temen amar porque creen que es sufrimiento. Y sufrir por amor es el mayor destino del ser humano. Cuando se es amado únicamente, no se crece. Se crece, y mucho, cuando se ama mucho.
Después hablamos de diversas cosas, todas espirituales. Al igual que yo, creía en la posibilidad de la reencarnación como una justicia natural divina, manifestada en la ley de Causas y Efectos.
Las horas se sucedieron placenteras, y, al llegar a la hostería, la besé delicadamente en sus labios; ella, turbada pero agraciada, se soltó de mí suavemente y entró en su habitación, sin intentar yo detenerla.
Cuando me hundí en las frescas sábanas, sentí como si me hubiera librado de un extraño sortilegio. El instante sublime en que pudo haber peligrado la calma de mi corazón no se repetiría; estaba seguro. Y así fue.
Al día siguiente, como estaba programado, pasamos la mañana en la playa, almorzamos en casa de unos amigos de Edineidi que no preguntaron mucho sobre mí- y regresamos a la hostería. Edineidi, por un suave dolor de cabeza, creo que pretextado, pasó la tarde en su habitación. Una mezcla de gratitud, renunciamiento, estupidez y dolor pobló los silencios de nuestro regreso.
Estacionó el Wolkswagen a la puerta de mi hotel y nos despedimos sin mayores estridencias. Sólo un suave rozar de labios y la presión de un abrazo que lo dijo todo. No hubo promesas. Ya no nos volveríamos a ver en este viaje. Edineidi viajaba al día siguiente a Brasilia y yo a Buenos Aires, en el vuelo de Aerolíneas Argentinas de las 10.30 horas.
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Mi regreso fue de alegría, como casi todos los regresos, cuando esperan el amor de una mujer, la esperanza de un hijo y todos los hechos que pueden hacer agradable la vida cotidiana.
Al cabo tuve que hablar con mi esposa. Correspondía y siempre lo hago. Y debo haberlo hecho con cierto exagerado entusiasmo. Ella me dejó decir, pero una sombra cruzó por su felicidad. Lo sé; pero calló. Al cabo de algunos días, charlando de muchas cosas, rió con una sonrisa cristalina, inusitada en ella, y yo quedé serio y pensativo.
¿Qué te pasa? me preguntó-. De pronto pareció que tu mente volaba hacia otras latitudes.
¡Qué extraño! respondí. Reíste como Edineidi.
Se movió molesta en el sillón. Después dijo airada:
Es que estás enamorado de esa mujer.
¡No digas tonterías! repuse terminante. Edineidi podría ser mi hija. Es un lindo recuerdo. Nada más.
La vida continuó su curso, pero algo desde ese día pareció haberse quebrado entre los dos, aunque hicimos lo posible por disimularlo y superarlo, evitando referencias molestas. No hablamos más de ese viaje.
En tanto, a los cinco días de haber regresado de Brasil, recibí una comunicación desde Barcelona, donde me informaban que Edineidi Teixeira se había desvinculado de la editorial por razones personales y de familia. Me avisaban también que se había dispuesto no buscar reemplazante hasta mi próximo viaje, en febrero de este año. Los primeros días de este mes.
Historia reciente. Febrero de 1995. Y tuve que asistir por tercer año consecutivo al congreso de editores en el Memorial de América Latina, en San Pablo. Pero, para evitarme malestares, invité a mi esposa:
Llevamos ya varios años de matrimonio le dije-; y en la espera del hijo que no llega nos hemos descuidado bastante. Cuando acepté la dirección de la editorial renunciaste a ella para no comprometerme y dedicarte a tu profesorado y a la casa. Por mi parte, nunca pude brindarte grandes cosas, pero ahora te ofrezco este viaje que te gustará.
Mi mujer rió de gozo y otra vez encontré la adorable frescura de la risa de Edineidi, pero repuso categóricamente:
Mis padres no andan nada bien; ocuparé el tiempo de tu ausencia para viajar a San Luis y hacerles compañía.
-Pero
Teodoro me interrumpe- En diciembre ya pasamos quince días de vacaciones juntos. Además, fuimos juntos a Brasil en tu primer viaje; cuando te enviaron desde España los pasajes a tu nombre y el de Alicia. ¡Flor de ingenuos los gallegos! ¡Si te iba a dejar viajar sólo con tu secretaria!
Martha hizo una pausa y continuó diciéndome, ya sin la sombra de sus ojos y sonriendo cariñosamente:
Pero gracias, querido de verdad.
Sé que lo dijo todo con amargura contenida, con algo de tormento; por eso yo insistí, omitiendo hacer referencia a su recuerdo de Alicia:
Pero yo te necesito tanto como tus viejos y en esta oportunidad no quisiera viajar solo. Fue igual su negativa. A los dos días nos despedimos en Ezeiza con ternura.
Si puedes me dijo piensa en mí.
Mis ojos se humedecieron. La besé y abordé el avión.
Fue un viaje placentero, sin turbulencias. Pasaron más de dos horas sin darme cuenta y aterrizamos en Cumbica, en el Aeropuerto Internacional de Guarulhos. No me estaba esperando ningún Fusca. Tomé un taxi a Rua Demóstenes 74, hotel Campo Bello".
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Y ahí estaba, de nuevo, caminando por las ruas de São Paulo, después de un día lluvioso, como entonces, con aromas de jazmines. El cielo gris y coloridas azaleas y altas palmeras en el verde bulevar. Visité la casa de mis abuelos. Caminé otra vez cuarenta cuadras y me decidí: fui a casa de Edineidi. Yo también quería terminar con toda duda.
Cuando llegué a la reja del condominio me anuncié y me hicieron pasar. La casa de los Teixeira respiraba austeridad. Conocí al hermano. El contraste de sus ojos y su tez explicaban su ascendencia bahiana y holandesa. Fui presentado por su esposa como el buen amigo del que tanto hablara Edineidi. Y fue ella quien manejó la situación.
Edineidi se nos fue. No está más entre nosotros dijo-. Voy a cumplir con un pedido que me hizo. Y me entregó un cassette y un sobre dirigido a mí.
Yo no sabía qué estaba pasando o qué había pasado. Sentí que se atenazaba mi garganta. Presintiendo algo solemne me puse de pie y desgarré el sobre, leyendo para mí: Teo: Puede ser que nunca más vuelva a verte o a saber de ti ¡Mejor! Sé que jamás volveremos a encontrarnos; por es he de decirte esto que me queima. Desde el día que pernoitamos en egenci supe qué eras el amor verdadeiro. Creio que lo presentimos ambos ni bem nos vimos, sólo que você tardaste más en darte cuenta y te asustaste. Sé que estaba predestinado nuestro encontro y nuestra relación tan intensa, pura y noble y verdadeira, como breve. Você despertó mi loco corazón de su letargo. Você le diste con suenhos todo cuanto habita menester para vivir. Después marchaste ignorando el mundo que promoveste en mí. Luego que te dejé en el hotel vinieron días áridos y vacíos. Me sentí desolada, la desesperanza me visitó, y, con ella, cierta falta de voluntad para vivir. Al tercei día renuncié a la editorial, agradeciendo la oportunidad que me habían dado. Aduje razoes insalvables de salud y cedí os derechos de mis libros a mi familia. Desde ese momento você fugiste la verdade e la ilusión. No pude ni quis sacarte de mi mente. ¡Tugiste que legar desde tan lejos para imprimir a mi vida el ritmo sublime del amor! Pero era algo egencia, como juntar la terra com el cielo. Por es, amado, si no es possível estar juntos mejor es no estar. Te dejo as viejas canciones de Vinicius y Altemar que tanto te gustan, grabadas con mi voz y mi guitarra. ¡Hasta más allá de la vida! Tua por sempre, Edineidi.
El silencio que siguió pareció interminable. Para mí, la dolorosa revelación fue como un alumbramiento largo y penoso; y de pronto me sentí culpable de muchas cosas. Culpable de no haberme mostrado menos comprensivo y más indiferente a los problemas de soledad que parecían aflorar a la superficie de los sentimientos de Edineidi. Si hubiera sido un simple ejecutivo de negocios que iba a cumplir su cometido, habría pasado por aquella existencia sin dejar rastros. ¡Ah!... si al menos me hubiera mostrado menos humano; pero resulta que mostré las flaquezas de mi sensibilidad: mi gusto por las cosas bellas, la naturaleza virgen, la música suave, las viejas canciones de Moraes y de Dutra. Y a la palabra sencilla y cálida de Edineidi correspondí yo con mi vena poética, revelándole mis emociones ante el paisaje de postal tendido ante mis ojos asombrados.
Hacía girar la carta entre mis dedos sin atreverme a alzar la vista ante quienes, respetando mi silencio, me observaban con ojos lacrimosos. Quizá para ayudarme a superar el minuto amargo, la mujer asumió la responsabilidad de hablar primero. Lo hizo en perfecto español:
No se suicidó; no la juzgue mal dijo, como si pensara que el acto importaba una debilidad muy lejos de Edineidi. Yo la miré interrogando y ella prosiguió:
Fue, sí, realmente penoso. Cuando regresó a casa del viaje que hizo con usted, al cruzar la puerta le dio un infarto al corazón. No falleció al momento, claro, pero ahí descubrimos una dolencia que venía arrastrando quién sabe desde cuando, y que fue insalvable luego del ataque. Quedó muy mal, pero en un momento de lucidez escribió esta carta para usted y me pidió que si alguna vez venía se la entregara, junto al cassette. La noche del séptimo día un nuevo ataque se la llevó. No tuve el atrevimiento de informarle. Además, se lo había prometido a ella.
Curiosamente, y por suerte, le tomó durmiendo intervino el marido. No creemos que haya sufrido, por su expresión.
Pasé una mala noche, y al día siguiente me dispuse a no pensar, en tanto pudiera; el tiempo, que es bálsamo, haría lo suyo. Pero sabía bien que no sería nada fácil.
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Realicé los trámites pendientes y a la tarde me llegué hasta la administración del diario O ESTADO DE SÃO PAULO, publicando un aviso con la dirección de la editorial en Buenos Aires y un llamado a postulantes a la corresponsalía vacante, solicitando de ellos sus curricula vitae. Me quedaba un día, el siguiente, y alquilé un coche con chofer. Necesitaba hablar con alguien, no tener en que pensar. Del Campo Belo Plaza nos dirigimos a la región paqueta de San Pablo. Cruzamos las avenidas de Las Alamedas, en los Jardims. Me detuve en un Shopping para comprar un regalo para Martha. Invité al chofer a almorzar y él no podía creerlo. Mientras tomábamos el clásico cafezinho programamos la tarde.
A marcha lenta fuimos por la señorial Avenida Brazil, con sus viejas mansiones que construyeran los barões do café hace un siglo y que hoy albergan oficinas de importantes compañías de seguros y centrales de Bancos, show room de alta costura y otras administraciones de igual calidad. Pasamos por el monumento a los inmigrantes y el parque Ibipurá, doblamos hasta la paralela avenida Paulista, postal de la ciudad. Despedí al chofer y visité por tres horas el Museo de Arte Moderno, apreciando obras memorables, como Assemblage: toalete de Vênus e egencia, de Auguste Rodin; A Primera Vitória de Anibal, de Emile Antoine Bourdelle, y Fonta das Nanás, de ege de Saint Phale; todas ellas de una exposición de
Tomé un taxi y regresé al hotel. Llegué, a pesar del tránsito infernal, a las 18 horas. Nuevamente me bañé y cambié. El calor húmedo y la llovizna insistente hacían que mi cuerpo lo necesitara.
Me había propuesto no pensar en Edineidi, pero no hacía falta, Edineidi me acompañaba en todo momento. Lo presentía. Un programa cultural que me enviara al hotel la oficina de relaciones públicas de
Tomé un taxi y dije, leyendo en el programa, en el más puro portugués: «Rua Auro Soares de Moura, 664. Barra Funda». Juro que lo disfruté. También disfrutamos ambos- la música sinfónica de jazz con la dirección del maestro Cyro Pereyra.
De más está decir que esa noche dormí muy bien. Al día siguiente regresaba a Buenos Aires. Iba a necesitar a mi familia más que nunca. Cerraría un importante capítulo de la novela de mi vida. Con esta convicción una dulce sensación me invadió».
Teodoro se levantó de su silla y fue al baño. «Para estirar un poco las piernas me dijo-. Ya finaliza la historia. La historia de Edineidi, la de los ojos color del tiempo». Yo puse en pausa el grabador.
En tanto regresaba, recordé que Oscar Wilde escribió que la vida es una brillante comedia.
Y así fue que terminó. También lo grabo:
«Me abrochaba el cinturón del asiento 49 A (ventanilla) del avión de Aerolíneas Argentinas, con nadie a mi lado. Tampoco sentí, en esa oportunidad, la presencia de Edineidi; como si se hubiera despedido en San Pablo y para siempre de mí, en este mundo terrenal. El portavoz anunciaba un tiempo de vuelo de 2:30 horas. Me puse los auriculares, llegando a mí la música de una chacarera santiagueña y la voz de Peteco Carabajal. Volvía a mi realidad. Empezaba a sentirme otra vez en casa.
Aterrizábamos en Ezeiza. Mi mujer me recibió con alegría. Del bolso de mano saco mi documento y el pasaje; y qué curioso, leo en el sobre del mismo una frase de Paul Morand que me dejó pensando »
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Viene el mozo a mi pedido, pago los diez cafés consumidos esa tarde y salimos a la avenida de Mayo. Creo que ambos estábamos todavía en la misma burbuja. Ya casi no hablamos; quedamos en vernos en un mes, pues regresaba yo al día siguiente a Villa Mercedes. Lo llamaría cuando hubiera hecho el manuscrito de la historia escuchada que él se negara a escribir. Se lo prometí. Él se fue en su coche en sentido contrario al mío, y yo tomé el subte que, combinando, me dejó en la estación Scalabrini Ortiz de la línea "D"; desde ahí un taxi me llevó hasta Olivos. Mi hermana Ana María, su familia y la cena, me estaban esperando.
Lo olvidaba, la frase de Paul Morand que dejara pensando a Teodoro, decía: "Cuando volvemos de un viaje nos preguntamos si es la tierra la que ha empequeñecido, o si somos nosotros quienes hemos crecido".-. * Teodoro Sane, escritor. Santa Rosa,
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