Me dirigí al hospital para un reconocimiento físico general. En la sala de espera nadie notó nada. No se escuchó ningún ruido que llamara la atención. Vi entrar a dos supuestos pacientes que pasaron a mi lado y salieron por la puerta más cercana. Instantes después sentí calor y humedad en ambas piernas y en el hombro. Luego un fuerte dolor y no supe más.
Desperté durante la noche. Evidentemente vendría saliendo de un quirófano. Mis venas se prolongaban a través de tubos de plástico, veía vendajes e inmovilidad en mis extremidades inferiores, que colgaban por medio de palancas metálicas. Estaban, junto a mi catre una enfermera, y en la puerta dos soldados. Volví a quedarme dormido hasta el amanecer. Permanecí en esa misma habitación, que sólo tenía espacio para una cama, varias semanas. Durante mi estancia escuché el comentario acerca de un hombre que se había suicidado, aguantando la respiración, al mejor estilo del antiguo soldado romano. No tuve necesidad de preguntar cómo se llamaba. Mi intuición y lazos de amistad me lo revelaron.
Qué ironía, la operación de rescate había sido todo un éxito, sin un solo disparo. Y en el propio hospital se habían producido tres, silenciosos y certeros, contra mí. Hierba mala nunca muere decía mi abuelo-. Pero yo estuve a punto, y finalmente perdí únicamente un poco de músculo de la pierna izquierda y del brazo del mismo lado. Cuando estuve en condiciones de manejar un papel y un lápiz, escribí:
Mi vida es un poema sin palabras,
Mi amor es alborada y es ocaso,
Mi cuerpo, tronco añoso,
En mi corteza hay espinas,
Toma lo que más te convenga:
Pues si tengo que volar,
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