Edgardo, Parte XI

Edgardo, Parte XI
(En colaboración Osvaldo-Nauxica)

 

            Me dirigí al hospital para un reconocimiento físico general. En la sala de espera nadie notó nada. No se escuchó ningún ruido que llamara la atención. Vi entrar a dos supuestos pacientes que pasaron a mi lado y salieron por la puerta más cercana. Instantes después sentí calor y humedad en ambas piernas y en el hombro. Luego un fuerte dolor y no supe más.

 

            Desperté durante la noche. Evidentemente vendría saliendo de un quirófano. Mis venas se prolongaban a través de tubos de plástico, veía vendajes e inmovilidad en mis extremidades inferiores, que colgaban por medio de palancas metálicas. Estaban, junto a mi catre una enfermera, y en la puerta dos soldados. Volví a quedarme dormido hasta el amanecer. Permanecí en esa misma habitación, que sólo tenía espacio para una cama, varias semanas. Durante mi estancia escuché el comentario acerca de un hombre que se había suicidado, aguantando la respiración, al mejor estilo del antiguo soldado romano. No tuve necesidad de preguntar cómo se llamaba. Mi intuición y lazos de amistad me lo revelaron.

 

Qué ironía, la operación de rescate había sido todo un éxito, sin un solo disparo. Y en el propio hospital se habían producido tres, silenciosos y certeros, contra mí. “Hierba mala nunca muere” –decía mi abuelo-. Pero yo estuve a punto, y finalmente perdí únicamente un poco de músculo de la pierna izquierda y del brazo del mismo lado. Cuando estuve en condiciones  de manejar un papel y un lápiz, escribí:

 

            Mi vida es un poema sin palabras,
Torbellino de pasión desenfrenada.
Es ola gigantesca o mar en calma,
Gota de miel, sed del desierto
O frío de la montaña.

 

Mi amor es alborada y es ocaso,
Es sol de mediodía, noche callada.
Quieta laguna, cuna de frescos lotos;
Cascada que se rompe
En finísimos hilos
Antes de besar la roca que la espera.

 

Mi cuerpo, tronco añoso,
Anclado al desconsuelo,
Bebe la sangre dulzona del subsuelo
Para trocarla en pan y sombra.

 

En mi corteza hay espinas,
También musgos y una leyenda escrita.
De mi ramal más fuerte y más flexible
Se hicieron una barca,
Un puente y un cayado.

 

Toma lo que más te convenga:
Mis frutos, el perfume de mis flores,
El nido que cuelga allá  en la rama…

 

Pues si tengo que volar,
Levanto el vuelo.
 
Dos meses después iba rumbo al aeropuerto.  No había cicatrices visibles en mi cuerpo ni pérdida de funciones y había recuperado peso.
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Comentarios:

Escrito por: etelsaga       24/07/08 17:07
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Sigo sin comprender el giro de la historia... Intriga, suspenso...
Escrito por: Lenys       19/07/08 20:18
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Estoy cada vez más emocionada, la verdad este ha sido un capítulo muy especial. La conjución de un texto narrativo y la poesía, pues hacen un complemento perfecto.

Mis felicitaciones. En espera del próximo, ahora sí que sea pronto jajaja. Besos.
Páginas: 1

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