Subí último al helicóptero. Igual me hubiera quedado en mitad de la selva, pero este no era el caso. Por ahora. Había conocido una inmensa selva, incomparable con aquel pequeño boscaje que me dio las armas para sobrevivir como un animal silvestre; bosque que en otra ocasión me había inspirado palabras para mi amada:
Cuando transito este angosto sendero que serpentea mansamente dentro de esta pequeña mansión que conservo hace tiempo como un monumento a la Naturaleza, o camino en dirección opuesta al mar sobre el lecho húmedo del arroyo que baja de la loma, cuando contemplo las flores o las mariposas entre la espesura, y aspiro el delicado perfume natural de la montaña o escucho la suave melodía de la brisa, no pienso en otra cosa que no sea en este ángel maravilloso que puso Dios a mi vista para coronar hasta los últimos días de mi vida.
No especulo con ilusiones egoístas, pues conozco muy bien mi realidad; pero me atraviesa un gran deseo de que estuvieses a mi lado en este momento, por tan solo un segundo, para decirte una vez más ¡Gracias! Gracias por ser tan cuidadosa con mis heridas cuando más sangraban y dolían, gracias por la suavidad que hay en tus palabras, por el trato gentil, por los abrazos que me das en los momentos más íntimos. Me agita al recordarte, una palpitación celeste, dulce y cargada de amor; una fuerza me impulsa a querer agarrar los movedizos rayos de luz que se filtran, dorando hojas secas que reposan como una estera. Al mecerse el follaje de los viejos árboles, dominado por leve viento que se desplaza en las alturas caen flores pequeñas y pétalos sueltos multicolores, acompañados de menudas gotas de agua fresca y se escucha el susurro como un coro de insectos o de sirenas, o de ángeles
Subí último, no por casualidad, sino por curiosidad. Quería saber cuántas personas formaríamos el cargamento humano: una mujer y ciento doce hombres, incluidos el piloto y yo. Al bajar del helicóptero ningún reportero advirtió que me había esfumado, separándome del grupo de esqueletos vivos. Me dirigí al hospital, como cualquier usuario proveniente de un barrio marginal. Mientras esperaba ser atendido de caridad, en la televisión pasaron la noticia de que un grupo de ciudadanos eran secuestrados. Entre ellos, hombres y mujeres, una de ellas, mitad japonesa. No me cupo duda de que aquél fuera un acto de venganza. Lo lamenté, pero mi misión había concluído.
Quedaban en la selva vivencias incontables, ratos de peligro, aguaceros torrenciales, amenazadoras crecientes de ríos caudalosos, oscuridad, hormigas, mosquitos, espinas, filosas piedras, heridas con los más insospechados objetos, toda clase de fieras y serpientes y el encuentro con la muerte de muchos rehenes de las fuerzas rebeldes. Ahí había puesto a prueba mis destrezas aprendidas en los Scouts. ¡Cuántos nudos y escaleras de cuerda para bajar o subir despeñaderos! Quedaban además infames vituperios y el sonido del gatillo de armas, que descubríamos que estaban descargadas después de oír el martillar de sus gatillos chocar contra el metal. También quedaban ratos agradables, en ríos de frescas aguas. En cierta ocasión estuve largo rato contemplando un grupo de monos que me veían desde un árbol. Eso me hizo creer y luego abandonar de la teoría de la evolución de las especies, a pesar de las risibles similitudes.
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