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Edgardo, Parte VIII

EDGARDO
 Parte VIII
(En Colaboración, Osvaldo-Nauxica)

 

             ¡Sidra!, por favor, -dirigiéndose al mozo- en el mismo instante en que dirigía una mirada imperceptible sobre mi  humanidad. Me quedó claro que de verdad sabía mucho de mi persona. De no haber sido así, hubiera preguntado: ¿sidra, vino o limonada? Y que la hábil maniobra visual era una forma sutil  para disipar cualquier  aprehensión en mí. Un nuevo alivio a mis tensiones, que agradecí secretamente.

            Ordena “lo que se te antoje” -continuó-. Es la costumbre en este lugar. Jamás dejarás de encontrar lo que desees. O si prefieres, te permiten preparar  tus alimentos.

-Dijo aquello con total naturalidad y sin tono de broma. O bien era cierto, o bien sabía que yo me había convertido en una experta chef. ¿Una prueba más de que sabía tanto acerca de mí? Elegí  el número 42 de la cartilla, impresionada por  la presentación del platillo, además de que decía “sin espinas, al vapor, proveniente de aguas tropicales,  sacrificados sin dolor y en equilibrio con la Naturaleza”.  

Como gotas de lluvia empezaron a caer notas de un piano, que se vislumbraba entre luces cambiantes en un extremo del salón abierto contiguo. El mozo se ausentó sin tomar el pedido de Richard. Como si no lo hubiera notado, Richard empezó a conversar trayendo a colación temas de actualidad sobre los cuales no mostraba el mínimo interés. Crujieron las ramas de un árbol produciendo un sonido como el de un alma en penas. Segundos después cayó una leve bellota amarilla.

Este accidente hizo que Richard me conectara al recuerdo de una reunión de despedida de clases en que participamos la totalidad de los estudiantes que estábamos  a punto de graduarnos. Hicimos historia por  el hecho de habernos graduado todos, y con altas calificaciones. El tiempo vino a probar muchas cosas nobles de la enseñaza pública que recibieron las generaciones de nuestra época de estudiantes.  Los de mi graduación, un grupo tan cosmopolita como unido, todos, sin excepción  llegamos a ser exitosos profesionales, trabajadores felices y humanistas. Varios de ellos, laureados y con mucho mundo recorrido.

Fuimos aclamando alternadamente, en abierta competencia de memoria a Rina, Carlos Parra, Jasmin, Daanroo, Bibian, María, María Rosa, Kaylita, Jalir, Martha, Benjamín, Minerva. Hicimos un alto para ver quiénes se nos iban escapando. Les  tocó el turno a Omenia, Carmen Cristina, Amira, Mónica y Martín. Luego a Julio y a Julieta. Mariela, Delia, Ricardo, Dib y Soledad precedieron a Cynthia (yo la asociaba, sin razón, con una ágil tigresa de bengala) y a Nelly a quien me hacía recordar un curioso ritual de cierta especie de insectos de patitas angulosas, en donde la hembra devora a su pareja, en una acto sublime de amor.

-“Según se dice -cosa que no es cierta- para Newton lo trascendente fue ver caer aquella manzana, y con eso tuvimos que vérnosla en las clases de Física largo rato... Para mí, lo trascendente es que esa bellota no fuera  la drupa de un cocotero y que no haya caído en mi mollera. Desgranó una risa y sus facciones tomaron aspecto más relajado.
Recuerdo a Félix: para él lo importante del árbol era la pulpa de sus frutos, pues de ahí comían los pajarillos pequeños y los papagayos, se fabricaba el vino, se elaboraban deliciosas conservas o los comíamos frescos o secos. Qué camaradería tan inolvidable: Clara, Vilma, Andrés, Tibisay, Ignacio, Sonia, Guadalupe, Lenys, Karyna, Miriana, Juan Cruz, Yuly, Norberto, Nora, Pamela, Maidú, Gabriela... Mis ojos se empaparon y un requiebro de la voz me hizo callar...
Alcides opinaba a favor de la madera. De ella se hacían desde un bastón hasta el mueble más estilizado y caro, un edificio o un barco. Un artista sería capaz de tallar en madera la más bella escultura. Y decía que las termitas se comían la madera y despreciaban los frutos por más dulces que fueran. Su follaje era el cobijo de las aves. Que el pájaro carpintero construía su nido en la parte más inaccesible del árbol para empollar sus huevos. -Su hijo se ganaba el sustento diario cortando madera con una sierra de motor-. ¡Cuántas amas de casa no han cocinado toda la vida con leña, decía con un suspiro!
-Sin la savia del chicle, cómo rodarían los automóviles. Por algo pasan tantas penurias en las selvas Sudamericanas - había exclamado Gerardo- señalándose la cicatriz de una úlcera en el cuello. Y los tintes y los medicamentos que se extrae de la savia de tantas plantas, y los perfumes, y los insecticidas, ¿qué opinan de ello?
-Para mi entender, en las hojas está  el máximo valor - dijo Rawena-. Las comemos crudas o guisadas, nos dan sombra,  nos hechizan con sus colores. Pero lo más importante: el intercambio de gases con el aire que respiramos. ¡Son la vida! Captan el anhídrido y nos devuelven oxígeno, son el crisol de la fotosíntesis. ¿Quieren algo más?  Sólo pienso en la capa de ozono. Dentro de cincuenta años ustedes estarán tan preocupados como yo por este asunto. No así la humanidad inconsciente ni los gobernantes o quienes hacen las Leyes que todos incumplimos...
-Del árbol, yo me quedo con las flores - agregó la romántica y esquiva Ethel. Por sus colores; por la infinita variedad de formas y por el aroma  que me transporta a los brazos de mi amado, aunque no esté presente. Por el colibrí que llega a libar su miel, por las mariposas que en ellas se paran sin lastimarlas, por tanta poesía que han inspirado en las almas sensibles.
-Si me dejan opinar, elijo la raíz, agregó Eduardo Franco. Que le permite mantenerse en pie, para nuestra contemplación y le alimenta, llevándole el agua que necesita para vivir. Representa a la Historia, a nuestros antepasados y se entierran como firmes convicciones, recuerdos y sentimientos.
La discusión sobre el árbol había llegado a término cuando dije que para mí lo importante era la semilla. ¿Cómo sin ella podría conservarse la especie? Finalmente mencioné que en un crucifico de palo había muerto Jesús. Y aquel que lo vendió por treinta monedas, vio en el árbol  la oportunidad para librarse de su remordimiento...”

 

            -Al principio de la cena intenté averiguar sobre su vida; cómo habían transcurrido estos años para él. Pero era chocar con un muro impenetrable. Eludía con habilidad mis preguntas, y yo cada vez estaba más desconcertada. Siempre me resultó tan fácil hablar con él de todo. Ahora por el contrario la comunicación estaba bloqueada y yo colosalmente incómoda. Ya no había conexión entre nosotros, no fluía la natural inteligencia. Mientras mi sangre se entibiaba al tenor de la sidra, su mente divagaba, recorriendo abstraída, experiencias, sueños, triunfos y tal vez alguno de aquellos momentos  que gozáramos juntos. Por eso había llevado la conversación por aquel rumbo. Cuánto hubiera dado yo por saber qué  galaxia se trasladaba dentro de su cerebro.

            Apareció más tarde el mozo con un nuevo y vistoso traje,  una bandeja de madera reluciente, en la mano izquierda.  En la bandeja, copas, vajilla y una botella de vino tinto.  En el rostro, una sonrisa, mientras dejaba oír  el silbido de una tonada alegre. Richard no permitió que el joven doncel me sirviera: quería hacerlo él, gentilmente. Sí le permitió que llenara su copa. Cuando ya íbamos a servirnos la segunda, vino la cena en otra bandeja, de plata y bronce relucientes.

            -Vegetariano, sólo en las tardes, dijo-: Su plato fuerte consistió en trufas naturales partidas en cuatro, trocitos de tallos de palmera naturales, alfalfa, rayado de zanahoria, apio, cubitos de manzana gala, una onza de aguacate, deditos de pepino, dos cucharadas de aceite de oliva virgen prensado en frío; tres almendras y como único ingrediente caliente, flores de itabo al vapor y calabacín tierno.

             -Al final de la cena me pidió ayuda para contar, sin error, las calorías  que iba a necesitar durante las horas siguientes.  Pero llegó por sí mismo a la conclusión de que era indispensable completar con una tableta de cacao magro con avellanas y leche descremada en polvo. Ese sentido del humor  a veces lo hacía aparecer  como un asunto tan serio, que al final causaba risa.

            En varias ocasiones sentí como si quisiera revelarme un gran secreto. Pero  no me sentí con derecho a preguntarle nada; absolutamente nada,  pues me sentía culpable y malhechora, responsable de mi propia frustración y de su sigilo. Paladeamos la última copa como rumiantes al final de la siesta. Me invitó a pasar al salón semiabierto, cuya vista principal quedaba al lado opuesto de donde habíamos departido y cenado. La orquesta celebraba sus veinticinco exitosos años.  Y aquella era la música “de nuestros tiempos”. Bailamos sin descanso, como dos enamorados. Si antes, durante nuestra plática y durante la cena me sentí como una reina, ahora me sentía como una diosa.

-Conduje a Sandra a la habitación que había reservado para ella. Nos despedimos con un “gracias, y buenas noches”, que pronunciamos ambos al mismo tiempo. Al regreso a la suite tomé la tarjeta que Sandra había vuelto a colgar del ramillete. Reparé que era la réplica de un  Monet,  y al ver aquellas aguas azules y aquellos lotos inmortalicé tiempos muy lejanos. Al ver la postal por detrás, tenía un pequeño agujero pre-perforado en el centro. Exactamente como aquellas tarjetas que utilizábamos en otros tiempos para enviar mensajes clandestinos. Desprendí el círculo de cartón con cuidado y palpé los surcos invisibles del mensaje grabado sobre la imagen. La coloqué en el tocadiscos para escucharla en otro momento.

 

Por ahora quería dormirme bajo los efectos de aquella impresión que me había causado al llegar con un vestido negro que no reflejaba luto o duelo. Con aquel cabello tan elegantemente arreglado, ese perfume exquisito y suave. Su maquillaje apenas perceptible constituía una obra de arte. Su caminar suave, seguro, resuelto y elegante. Su mirada profunda   y con interés en algo indefinido,  siempre atenta al mínimo gesto o respuesta. Para mí había sido un triunfo aquella velada tan amena, por el hecho de que había transcurrido sin hacer mención de mi amigo, con lo cual abrían despertado sentimientos de una pérdida irreparable, tanto en mí como en Sandra.

 

Entre ejercicios de respiración me fui quedando dormido. La visión fugaz, entre sueños, de la figura de Edgardo con sus pasos apresurados y torpes, me hizo abrir los ojos,  sobresaltado, para comprobar  que aún quedaba noche por delante y el tiempo necesario para arreglar y emprender aquella interesante y difícil tarea. Llamé a Sandra para comprobar si seguía en la habitación y me dijo que había soñado con Edgardo. No hizo mención a la tarjeta.
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Comentarios:

Escrito por: guadalupe40       18/07/08 19:16
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Al leer un nuevo capítulo me entusiasmas más y en este en especial al vernos reflejados los amigos de Escribe Ya, gracias a los dos, lástima voy a salir pero Dios mediante mañana continúo leyéndolos.....
Escrito por: Vilma       17/07/08 22:51
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Tomaaaaaaa!!!!! genial simplemente genial! creo que he llegado hasta a saborear (y eso que he terminado ya de cenar) ese rico plato vegetariano me apunto la receta.
Muchas felicidades!!!!!!!!!! Un saludo Vi.
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