¡Sidra!, por favor, -dirigiéndose al mozo- en el mismo instante en que dirigía una mirada imperceptible sobre mi humanidad. Me quedó claro que de verdad sabía mucho de mi persona. De no haber sido así, hubiera preguntado: ¿sidra, vino o limonada? Y que la hábil maniobra visual era una forma sutil para disipar cualquier aprehensión en mí. Un nuevo alivio a mis tensiones, que agradecí secretamente.
Ordena lo que se te antoje -continuó-. Es la costumbre en este lugar. Jamás dejarás de encontrar lo que desees. O si prefieres, te permiten preparar tus alimentos.
-Dijo aquello con total naturalidad y sin tono de broma. O bien era cierto, o bien sabía que yo me había convertido en una experta chef. ¿Una prueba más de que sabía tanto acerca de mí? Elegí el número 42 de la cartilla, impresionada por la presentación del platillo, además de que decía sin espinas, al vapor, proveniente de aguas tropicales, sacrificados sin dolor y en equilibrio con
Como gotas de lluvia empezaron a caer notas de un piano, que se vislumbraba entre luces cambiantes en un extremo del salón abierto contiguo. El mozo se ausentó sin tomar el pedido de Richard. Como si no lo hubiera notado, Richard empezó a conversar trayendo a colación temas de actualidad sobre los cuales no mostraba el mínimo interés. Crujieron las ramas de un árbol produciendo un sonido como el de un alma en penas. Segundos después cayó una leve bellota amarilla.
Este accidente hizo que Richard me conectara al recuerdo de una reunión de despedida de clases en que participamos la totalidad de los estudiantes que estábamos a punto de graduarnos. Hicimos historia por el hecho de habernos graduado todos, y con altas calificaciones. El tiempo vino a probar muchas cosas nobles de la enseñaza pública que recibieron las generaciones de nuestra época de estudiantes. Los de mi graduación, un grupo tan cosmopolita como unido, todos, sin excepción llegamos a ser exitosos profesionales, trabajadores felices y humanistas. Varios de ellos, laureados y con mucho mundo recorrido.
Fuimos aclamando alternadamente, en abierta competencia de memoria a Rina, Carlos Parra, Jasmin, Daanroo, Bibian, María, María Rosa, Kaylita, Jalir, Martha, Benjamín, Minerva. Hicimos un alto para ver quiénes se nos iban escapando. Les tocó el turno a Omenia, Carmen Cristina, Amira, Mónica y Martín. Luego a Julio y a Julieta. Mariela, Delia, Ricardo, Dib y Soledad precedieron a Cynthia (yo la asociaba, sin razón, con una ágil tigresa de bengala) y a Nelly a quien me hacía recordar un curioso ritual de cierta especie de insectos de patitas angulosas, en donde la hembra devora a su pareja, en una acto sublime de amor.
-Según se dice -cosa que no es cierta- para Newton lo trascendente fue ver caer aquella manzana, y con eso tuvimos que vérnosla en las clases de Física largo rato... Para mí, lo trascendente es que esa bellota no fuera la drupa de un cocotero y que no haya caído en mi mollera. Desgranó una risa y sus facciones tomaron aspecto más relajado.
-Al principio de la cena intenté averiguar sobre su vida; cómo habían transcurrido estos años para él. Pero era chocar con un muro impenetrable. Eludía con habilidad mis preguntas, y yo cada vez estaba más desconcertada. Siempre me resultó tan fácil hablar con él de todo. Ahora por el contrario la comunicación estaba bloqueada y yo colosalmente incómoda. Ya no había conexión entre nosotros, no fluía la natural inteligencia. Mientras mi sangre se entibiaba al tenor de la sidra, su mente divagaba, recorriendo abstraída, experiencias, sueños, triunfos y tal vez alguno de aquellos momentos que gozáramos juntos. Por eso había llevado la conversación por aquel rumbo. Cuánto hubiera dado yo por saber qué galaxia se trasladaba dentro de su cerebro.
Apareció más tarde el mozo con un nuevo y vistoso traje, una bandeja de madera reluciente, en la mano izquierda. En la bandeja, copas, vajilla y una botella de vino tinto. En el rostro, una sonrisa, mientras dejaba oír el silbido de una tonada alegre. Richard no permitió que el joven doncel me sirviera: quería hacerlo él, gentilmente. Sí le permitió que llenara su copa. Cuando ya íbamos a servirnos la segunda, vino la cena en otra bandeja, de plata y bronce relucientes.
-Vegetariano, sólo en las tardes, dijo-: Su plato fuerte consistió en trufas naturales partidas en cuatro, trocitos de tallos de palmera naturales, alfalfa, rayado de zanahoria, apio, cubitos de manzana gala, una onza de aguacate, deditos de pepino, dos cucharadas de aceite de oliva virgen prensado en frío; tres almendras y como único ingrediente caliente, flores de itabo al vapor y calabacín tierno.
-Al final de la cena me pidió ayuda para contar, sin error, las calorías que iba a necesitar durante las horas siguientes. Pero llegó por sí mismo a la conclusión de que era indispensable completar con una tableta de cacao magro con avellanas y leche descremada en polvo. Ese sentido del humor a veces lo hacía aparecer como un asunto tan serio, que al final causaba risa.
En varias ocasiones sentí como si quisiera revelarme un gran secreto. Pero no me sentí con derecho a preguntarle nada; absolutamente nada, pues me sentía culpable y malhechora, responsable de mi propia frustración y de su sigilo. Paladeamos la última copa como rumiantes al final de la siesta. Me invitó a pasar al salón semiabierto, cuya vista principal quedaba al lado opuesto de donde habíamos departido y cenado. La orquesta celebraba sus veinticinco exitosos años. Y aquella era la música de nuestros tiempos. Bailamos sin descanso, como dos enamorados. Si antes, durante nuestra plática y durante la cena me sentí como una reina, ahora me sentía como una diosa.
-Conduje a Sandra a la habitación que había reservado para ella. Nos despedimos con un gracias, y buenas noches, que pronunciamos ambos al mismo tiempo. Al regreso a la suite tomé la tarjeta que Sandra había vuelto a colgar del ramillete. Reparé que era la réplica de un Monet, y al ver aquellas aguas azules y aquellos lotos inmortalicé tiempos muy lejanos. Al ver la postal por detrás, tenía un pequeño agujero pre-perforado en el centro. Exactamente como aquellas tarjetas que utilizábamos en otros tiempos para enviar mensajes clandestinos. Desprendí el círculo de cartón con cuidado y palpé los surcos invisibles del mensaje grabado sobre la imagen. La coloqué en el tocadiscos para escucharla en otro momento.Por ahora quería dormirme bajo los efectos de aquella impresión que me había causado al llegar con un vestido negro que no reflejaba luto o duelo. Con aquel cabello tan elegantemente arreglado, ese perfume exquisito y suave. Su maquillaje apenas perceptible constituía una obra de arte. Su caminar suave, seguro, resuelto y elegante. Su mirada profunda y con interés en algo indefinido, siempre atenta al mínimo gesto o respuesta. Para mí había sido un triunfo aquella velada tan amena, por el hecho de que había transcurrido sin hacer mención de mi amigo, con lo cual abrían despertado sentimientos de una pérdida irreparable, tanto en mí como en Sandra.
Entre ejercicios de respiración me fui quedando dormido. La visión fugaz, entre sueños, de la figura de Edgardo con sus pasos apresurados y torpes, me hizo abrir los ojos, sobresaltado, para comprobar que aún quedaba noche por delante y el tiempo necesario para arreglar y emprender aquella interesante y difícil tarea. Llamé a Sandra para comprobar si seguía en la habitación y me dijo que había soñado con Edgardo. No hizo mención a la tarjeta.
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