Desde que le llamé para comunicarle la muerte de Edgardo, tenía claro que debíamos volver a vernos. Pero no por ello me resultó fácil encontrarme de nuevo con él. Muchas cosas se removieron en mi alma esos días. Y ahora íbamos caminando el uno al lado del otro hacia el jardín del hotel. Durante el corto trayecto no hablamos. El silencio se me hacía pesado y me pareció que íbamos en ascenso por un largo y tortuoso camino, como si lleváramos un enorme peso encima. Pero esa sensación era sólo mía, ya que sólo yo sudaba y respiraba con un enorme esfuerzo contenido, para no ser observada en mi zozobra.
Richard rompió el tenso mutismo al ofrecerme una silla, en cuanto llegamos al otro extremo del jardín. Una leve brisa dejó caer sobre mi cabeza y sobre sus hombros, menudas hojas amarillentas. Un aroma de flores estacionales se extendió por el aire. Este olor tan agradable me sirvió de magnífico pretexto para respirar profundo y disipar un poco de tensión, de emoción y de curiosidad. Me pareció natural hablar de Edgardo, de su muerte y del funeral.
No había empezado a esbozar el tema, pues apenas es que había pronunciado su nombre, cuando ya me miraba inquieto y con un semblante de frustración. Me sentí azorada, y advertí la necesidad de detenerme o de cambiar de rumbo. Dentro de mí quedó sepultado aquel deseo que llevaba de comentarle que, en muchas ocasiones, él había sido tema de nuestros coloquios. Así mismo de la amistad que les unía. Ellos habían descubierto que es casi imposible encontrar tres amigos en la vida; que dos es muy difícil y que uno es un tesoro.
Ed. me había relatado acerca de la vez que siendo colegiales aún, había llegado Richard corriendo como loco a su casa en horas entradas de la madrugada. Que él se levantó temeroso y exaltado suponiendo que algo malo le podría haber pasado, tal vez lo habrían asaltado o se sentiría enfermo. Si no ¿qué otra cosa lo había hecho ir a esas horas? En todo caso se había levantado, daga en mano, para ir con él a donde fuera necesario. Richard le dijo: no te preocupes, ya te veo y eso me tranquiliza. Tuve una horrible pesadilla. Me aparecías en sueños, entristecido o gravemente enfermo (ocultándole que lo había soñado colgando de un árbol con una cuerda al cuello) y temí que pudiera ser cierto, entonces vine a verte.
Con aquella mirada yo creí que Richard me decía: ¿Por qué no te callas? Y sentí que la frase, sin haber sido pronunciada, le daba la vuelta al mundo... Pero en un instante el gesto de Richard se dulcificó de un modo que hizo creerme perdonada, comprendida y amada. Entonces intuí que Richard evitaría por todos los medios remover heridas. Levantar cenizas.
Vino a mi mente el pensamiento consciente de que ya no era la jovencita que conoció. De que los años no pasan en balde. Pero me mordía la duda: ¿Cómo me encontrará, ahora? Es tan gentil que jamás osaría decir vulgaridades del estilo, has engordado, o te han salido arrugas. Yo a él, le encontraba muy bien. Siempre un hombre atractivo y notaba el paso de los años muy generoso con su físico y estilo.
Ahora sería interesante para muchas mujeres, incluso menores que él. Y cómo no: un hombre maduro, de carácter firme y noble, saludable y radiante.
De pronto me dijo:
-¿Piensas volverte a casar?
La pregunta no iba en serio, evidentemente. Era una especie de introducción para
cambiar de tema.
-¿Y tú cómo sabes que no me he casado, contesté?
-Imposible saberlo, si no me lo dices. Pero no creas, sé muchas cosas de ti, Sandra; más de las que te podrías imaginar. Mi exabrupto la hizo ponerse con el alma en un hilo y su mirada trepidó de sorpresa por algo que no sabría precisar qué era.
-Tampoco hay demasiados misterios en mi vida, respondí, a la defensiva.
-¿Segura?
-Richard, no sé por qué tengo la impresión de que estás aludiendo a algo que no
imagino qué es.
De pronto, muy circunspecto, me dijo: olvídalo. Y continuó: Por cierto estás muy galana.
-Gracias, tú también te conservas...
Cuando pensaba que la tertulia iba a discurrir por derroteros corteses y amables, me apuntó:
-Por momentos pensé en no verte.
-¿Por qué?
-Di más bien ¿Para qué? He pensado mucho en el motivo de tu llamada. ¿Para qué querrías verme ahora?
-El llamarte fue un impulso; ya te dije que me extrañó no verte en el Sepelio. Ignoraba que te encontrabas fuera del país. Luego, al hablar contigo me pareció que sería interesante que compartiéramos el momento.
-¿Quieres decir que porque compartimos de alguna manera la vida de Edgardo, debíamos compartir también su muerte?
Me pareció que al decirme esa frase, estaba haciendo una especie de reflexión en voz alta, pues no lo decía en tono de reproche, sino más bien de pregunta compasiva. Me descolocó totalmente. No parecía aquel Richard que conocí. Yo no podía dejar de ver cierto cinismo en su forma de dirigirse a mí, que en algún momento me sonó a un soterrado rencor. Estaba confundida, lo admito.
Decidimos cenar en el hotel. Mejor dicho, él ya lo había decidido. Era tan acogedor aquel bucólico paraje y tan exquisita la atención. Lugar tan íntimo y ajeno a la gente ordinaria. Siempre de gustos tan refinados, el lugar iba armónicamente con su personalidad. Me fui sintiendo tan a gusto como una princesa, como un pez, como una flor, como un ave. Borré de mi percepción toda quimera, Historia, Ciencia y cualquier Arte o descubrimiento llevado a cabo por mortal alguno. No tenía ninguna ilusión en particular, pero todo era ensoñación y magia. Me pareció que lo mejor era dejar que la velada transcurriera a voluntad de Richard, como si se tratara de bailar. Realmente así se había desarrollado hasta el momento, él marcando el paso. Mientras tanto, en mi mente batallaban mil preguntas acerca de la tarjeta que había adjuntado al arreglo floral.
|
Imprimir |
Enviar historia |
