Dije lo siento. No como un cumplido, sino porque un profundo pesar se agitó en mis adentros... ¿Una sobredosis? ¡Jamás! Cualquier otra explicación, otro motivo.
Cierto que Edgardo vivía una guerra interminable, de incontables batallas, pero siempre lograba sobreponerse y llevar una vida normal. Llevaba un deseo constante de venganza, de matar; pero a quienes acusaba de tener estos instintos era a los cazadores de animales. Cuando tenía problemas con su esposa se quedaba callado, pero al día siguiente discutía con todos sus compañeros de trabajo, hasta por los motivos más nimios e irrelevantes. Al día siguiente, no se podía diferenciar de un niño de tres años que hubiera sido regañado: sumiso, compungido y hasta alegre. Era incapaz de sentir la admiración que una persona común puede experimentar ante un cuadro de Van Gogh o de un Gauguin, o por la música selecta, la poesía y todas las artes. Eso le hacía sentirse mal, pero era un erudito todo ello.
El tiempo estaba exquisito. Pedimos algo que tomar y nos fuimos al amplio y acogedor jardín.
|
Imprimir |
Enviar historia |
