Edgardo, Parte VI

EDGARDO
Parte VI
(En colaboración Osvaldo –Nauxica)

 

Dije “lo siento”. No como un cumplido, sino porque un profundo pesar se agitó en mis adentros... ¿Una sobredosis? ¡Jamás! Cualquier otra explicación, otro  motivo.
Me vino un ligero mareo, luego un cambio en la temperatura corporal  y palpitaciones rápidas. De inmediato, la sensación en retrospectiva de vagos presentimientos, muy antiguos, de que algo grave podría llegar a acontecerle a Edgardo, consecuencia de no sé qué conflictos interiores, que solía poner de manifiesto a través de los comportamientos más variados.
A veces se comportaba de un modo tan desajustado, como un perfecto sicótico delirante, como un esquizofrénico. Poco a poco iba regresando a un estado  más o menos neurótico, teñido  de momentos de ansiedad o de depresión, que solían presentarse acompañados de trastornos orgánicos, como lesiones visibles en la piel, síntomas respiratorios o digestivos, o alteraciones del sueño y del peso. Los periodos de relativa calma no le duraban mucho. Curiosamente, cuando más desequilibrado lo notábamos era también cuando más productivo se le veía.

 

Cierto que Edgardo vivía una guerra interminable, de incontables batallas, pero siempre lograba sobreponerse y llevar una vida  normal.  Llevaba un deseo constante de venganza, de matar; pero a quienes acusaba de tener estos  instintos era a los cazadores  de animales.  Cuando tenía problemas con su esposa se quedaba callado, pero al día siguiente discutía con todos sus compañeros de trabajo, hasta por los motivos más nimios e irrelevantes. Al día siguiente, no se podía diferenciar de un niño de tres años que hubiera sido regañado: sumiso, compungido y hasta alegre.  Era incapaz de sentir la admiración que una persona común puede experimentar ante un cuadro de Van Gogh o de un  Gauguin, o por la música selecta, la poesía y todas las artes. Eso le hacía sentirse mal, pero era un erudito todo ello.
Una vez me habló de “Su Diosa”, con tal admiración, con tal agradecimiento, con tal apego y correspondencia, con tal necesidad de ella… “yo no entiendo cómo puede fumar  - me dijo-, conociendo tan bien los efectos cancerígenos del humo del cigarrillo. Más bien arguye que es  placentero, necesario, desestresante y por lo tanto “bueno para la salud”. También me relató lo sucedido aquella vez cuando él llegó  directo a contarle  que en el trabajo todos le perseguían, que lo iban a matar de algún modo.  Ella le aseguró de inmediato: ¡No, antes te mato yo! No hay otro camino. Eso te salvará. ¡Oh, tengo que hacerlo!, tu pobre capullito tiene que matarte para salvarte, amor mío. No permitiré que otros lo hagan. No te voy a abandonar.
Lo miró con melancolía, luego lo estrechó contra su pecho, lo llenó de caricias y se echó a llorar… No, vamos, no te agites, no temas a ellos. No estarás solo, voy a irme contigo al otro mundo. Dejaremos todas las penas que hay en éste.
Luego secó todas las lágrimas, se paró frente al espejo contemplándose detenidamente de arriba abajo. Aquel rostro de expresivos y lánguidos ojos, pómulos  como fresas, labios carnosos,  largo cuello, torso esbelto y busto  prominente, estrecha cintura, caderas hermosas, piernas largas y bien torneadas. El cabello igual al de una diosa.
Me di cuenta en ese momento cuán agradecido estaba yo a Edgardo y cuánto le admiraba: había hecho feliz a aquella mujer de la que casi nunca hablaba, de la misma  que en su momento había sido mi locura.
Terminó esa semana y vino la siguiente. Con esta, el viernes obligado y tan esperado. Al medio día los mozos del hotel dejaron  en el vestíbulo de la suite un hermoso ramo de vistosas flores tropicales, en el que destacaban bellísimas heliconias. Con él una tarjeta varonil, pero no determiné en ella. Como a eso de las tres de la tarde, una llamada.
-“Espera Vd. a alguien”?
-¿Sandra?  No, a nadie, dije, sincero y torpe.
-Podríamos reunirnos, sin interferir  ningún compromiso?
-... ¿Importaría si fuera en la comodidad de este lugar? Porque si es así, puedes llegar a cualquier hora.
Una hora después se anunció en la puerta y entró seguidamente.
-¡Hermosa tarjeta!
-Arreglo floral, dirás.
-Tarjeta, dije. Me refiero al mensaje.
         Se acercó al ramillete, despegó con  delicadeza la tarjeta y la abrió frente a mis ojos, exponiendo la leyenda: ¡F E  L  I  Z    C U  M  P  L  E  A   Ñ  O  S   !, que leí con dificultad.
-¿Quién cumple años?
-¿Quién, si no tú, hoy? ¿Se te olvida también que son cuarenta y tres,  y que eres -mayor que yo?
-Tan sólo un año.
-Menos ocho días
-Había olvidado los últimos veinticinco.
-Veintitrés. Desde que no volví a recordarte estas fechas.
-Te aseguro que es un olvido por completo involuntario.

 

El tiempo estaba exquisito. Pedimos algo que tomar y nos fuimos al amplio y acogedor jardín.

 

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Comentarios:

Escrito por: guadalupe40       18/07/08 18:57
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Si que esta linda esta historia,,,pero puede alguien olvidar el día en que ha nacido?...
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