A pesar de que estaba cansada, no lograba conciliar el sueño. Mi mente estaba agitada. No podía dejar de pensar en Richard. Tenía su imagen clavada en mi retina. Aquellos ojos suyos que siempre me trasmitieron calma, esta noche me inquietaron. La límpida mirada de hace años, que tan bien recordaba, había desaparecido, para dar paso a otra más dura y sombría. Quizá no debería de haber contactado con Richard. A veces no es bueno remover el pasado. ¿Por qué propicié este encuentro? ¿Por qué ahora siento que no debí hacerlo? Y sobretodo ¿Por qué le abrí mi corazón en la tarjeta de felicitación? ¡Cuántas preguntas sin respuestas!
De pronto sonó el teléfono. No podría ser nadie más que él, lo cual me abrió las esperanzas de que fuera a hacer referencia al contenido de mi tarjeta, pero no, Richard no hizo mención alguna, con lo cual plantó en mí una duda y a la vez una esperanza. Sólo quería saber si me encontraba bien. Le dije que sí y nos volvimos a despedir. Dos despedidas en menos de media hora. Sólo había una realidad: él solo en su habitación. Y... yo sola en la mía. Y los dos pensando el uno en el otro.
Tardé poco tiempo en ser consciente del inmenso error que había cometido casándome con Edgardo y dejando marchar a Richard. Si Richard me hubiera presionado más, si hubiera sido más insistente, quién sabe lo que hubiera hecho yo. Pero él no quiso interponerse entre nosotros. Quizá no me quería tanto como decía o quizá pesaba más en su ánimo la amistad que le tenía a Edgardo. Fuera lo que fuera, su pasividad, cambió el destino de nuestras vidas. Y ahora estaba a pocos metros de mí, pero no estaba conmigo.
Cuando desperté por la mañana, llamé a su habitación, nadie respondió a mi llamada. Me extrañó el hecho. Quizá esté desayunando en la cafetería del hotel- Pensé-. Me levanté, duché y vestí rápidamente. Le busqué con la mirada por el coqueto saloncito donde se servían los desayunos, pero no estaba allí. Dirigí mis pasos a la Recepción y pregunté por él.
Y ahora de nuevo en mi casa, todo me parece irreal. La muerte de Edgardo y mi encuentro con Richard se fundían en mi mente, como si se tratara de un cuadro impresionista. Como una pintura del divino Monet, por el que Richard y yo sentíamos similar admiración. Busqué aquellos versos suyos en que hablaba del Misterio de la Mujer guiada por un sentimiento, acerca de cuál es el misterio que rodea a los hombres:
Me lo contó ella misma,
Fue un trabajo difícil, - recordó-:
Luego me describió en detalles
El misterio de la Mujer
Desde que el aire entró en mis venas,
Miré por la ventana, el día espléndido contrastando con la tristeza de mi ánimo. Pensaba en él, que de nuevo despareció de mi vida.
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