Edgardo, Parte IV

EDGARDO, IV PARTE
(En Colaboración Osvaldo-Nauxica)

 

El teléfono sonaba, insistente aunque acompasado, como procurando espaciar  cada timbre del anterior. No me agradan las personas ruidosas y presurosas; menos los teléfonos que tengan esas características. Sonó tres veces antes de que decidiera contestar. Momento tan inoportuno. Empezaba a relajar mis tensiones bajo el agua tibia y revoltosa de la bañera de hidromasaje recién construida, y apenas había tomado un par de sorbos  de añejo vino tinto. En lugar de tomar el azafate de madera con el platón ovalado de  deliciosa mariscada, me senté sobre una toalla en el borde de la tina, alargué el brazo un poco más y levanté el locutorio, con un sentimiento precursor inexplicable.

 

¡No podía creer!

 

 Una voz afable y querida no se borra de la memoria, por más tiempo que pase sin oírla.

 

Como si no hubiera escuchado, pregunté dos veces seguidas ¿quién, quién?

 

-Sí, yo!  ¿Qué te extraña?

 

-Nada.  Nada, en realidad… Dos décadas y media no son nada. Tal vez sí me sorprendió que me pasaran una llamada a esta hora que reservo para descansar. ¿Puedo saber el motivo, sin figurar como indiscreto, preguntando?

 

-Debes haber estado muy ocupado y no te enteraste… Una sobredosis, aparentemente, …se llevó a… a… Ed.

 

Transcurrieron varios minutos antes de que cualquiera de los dos dijera nada. Yo no atinaba qué decir. Sólo escuchaba el silencio al otro lado y una respiración interrogativa.

 

Al fin pude decir: ¡Lo siento!

 

            En esos minutos de silencio pasaron nubes de recuerdos, sueños truncos, años de “olvido”. Aquella mujer por cuya felicidad renuncié a la mía, sufría en estos momentos una pérdida irreparable.  Recuerdo sus palabras: “Ed. no sólo me ama, además me necesita. Me gusta. A mis familiares tú les pareces demasiado arrogante. No a mí; por supuesto que te amo; pero tú puedes arreglártelas  muy fácil. Tendrás todo lo que te propongas. Recuerda: la belleza es pasajera, se va con la juventud”. Aquella vez guardé silencio, puse los pies sobre la tierra  y eché a andar en dirección del viento. 

 

-Pero no te llamo por eso. Esperaba verte en el funeral. Por ahora veo que quizá fue mejor que no hayas ido. Sin embargo quisiera poder hablar contigo, mas no en este momento.

 

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Comentarios:

Escrito por: guadalupe40       18/07/08 18:47
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