No me hacía a la idea de que en aquel féretro inmóvil, estuviera el cuerpo yaciente de Edgardo. Aún recuerdo sus palabras de la última vez que le vi: Sabes creo que ahora soy un ser excesivamente independiente.
No fue fácil la vida de Ed, aquel hombretón atractivo de 1,90 de estatura y cuerpo de atleta olímpico que conocí. Su madre tuvo que dejarlo al cuidado de la abuela porque su padre no soportaba ni tan siquiera su presencia.
El padre de Edgardo estaba erróneamente convencido de que no era hijo suyo y cada vez que le veía, sentía que se ponía a prueba su honor y se irritaba. La madre de Edgardo era una buena mujer, temía y quería a su déspota marido y pensó que la única solución de que el hogar viviera en calma y que el resto de sus hijos tuvieran un poco de paz, era alejándole de allí. Pocos años después el padre de Edgardo murió en un accidente, llevándose su error a la tumba y su madre volvió a reintegrarlo en la familia. Sabía que llegaba un animalillo herido y por ello trató de lamer sus heridas malcriándole.
Lo que más me fascinó de Edgardo Cifuentes cuando le conocí fue su encanto personal, tenía una capacidad innata para seducir a la gente con su maravillosa sonrisa y su verbo fácil. Era un hombre realmente inteligente, había estudiado leyes y tenía una enorme capacidad para defender cualquier pleito y ganarlo. Su brillante verborrea, su afilada y descarnada lengua le hacia temible en los juzgados.
Nos casamos un domingo de Mayo, y desde el momento en que me convertí en su esposa comenzó el calvario para mí. Descubrí a un hombre que aunque no era celoso, sí tremendamente posesivo. Intentaba controlar todo lo que hacía y a veces hasta lo que pensaba. Yo era para él una especie de niña a la que había que proteger y cuidar, de un mundo repleto de fieras dispuestas a descuartizarla Al principio me sentí halagada.
Pronto encontró otro despacho pero al poco tiempo volvió a pasar lo mismo, todos conspiraban contra él, todos le ponían zancadillas. En esa ocasión hablé con la gente del bufete a ver qué pasaba, todos me dijeron lo mismo: Edgardo era un ser variable y contradictorio, nadie dudaba de sus capacidades profesionales, pero tampoco nadie soportaba sus continuos cambios de humor, su permanente suspicacia. Intenté hablar con él, hacerle ver que debería modificar su forma de relacionarse con los demás y él dedujo que también yo estaba en contra suya. Su fama de descontento y conflictivo hizo que al final ya nadie le contratase. Vivimos de mi sueldo, que daba para coexistir holgadamente pero no soportaba esa situación; la consideraba humillante, y estaba todo el tiempo de mal humor. Le dio por la bebida y entonces cada noche llegaba borracho y montaba la bronca. No pude más y le dejé. Por poco tiempo.
No soy un Ser Humano -me dijo un día, cuando ya ambos habíamos superado, en apariencia, los conflictos de la separación-. Soy un hombre. Que ama, sufre, lucha y no quiere seguir siendo un desdichado, un solitario. Se notaba la sinceridad en sus palabras. Simplemente vivimos en dos mundos diferentes, me dije resueltamente, aún sabiendo que conforme envejeciéramos tanto más nos diferenciaríamos uno del otro en nuestras formas de pensar y de ser, en general. Esto no contradice el hecho de que las parejas que viven mucho tiempo juntas terminan pareciéndose el uno al otro, (o a la otra y viceversa) físicamente. Nos reconciliamos. ¿Para qué?
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