EDGARDO, Parte I

EDGARDO
Parte I
(Colaboración: Osvaldo - Nauxica)

 

 

Alto como una palmera, dimensiones generales bien  proporcionadas. Ojos verdes parpadeantes, cabello bien cuidado. Camisa con las faldas afuera. Se quejaba frecuentemente de dolor de espalda: pero evitaba a toda costa cualquier analgésico. Eficiente en las labores que se le encomendaban. Preferencia por el trabajo individual; decididamente no hacía equipo con los demás.   Huraño y  siempre a la defensiva.
Ha levantado un alto muro de concreto con portón metálico alrededor de su casa, que impida ver hacia adentro y salir sin su permiso. Nada le complace y nadie tiene la razón, excepto él. Culpa a todo el mundo, anota todo lo que hacen sus compañeros de labores o dejan de hacer, les  señala errores constantemente.  Se siente perseguido, dice ser víctima de jefes y compañeros. Se disgusta terriblemente si no le escuchan con atención, al punto de pararse e irse, dejando  a sus interlocutores perplejos por su actitud impulsiva. Ha sido transferido en tres ocasiones de lugar de trabajo. Sufre un excesivo desvelo por su esposa e hijos, a quienes les procura los cuidados que normalmente están reservados a madres y niñeras. Ahora  todos los desvelos son por su suegro.
Se acercó a mí con aparente intención de que le escuchara. Venía pálido. Un halo azulado alrededor de la boca.  Con un temblor en los labios y los ojos inmutables  como lunas llenas.  No podía hablar y se secaba continuamente la saliva pegajosa  con que formaba espuma. Gesticulaba con desesperación, como tomando aire. Doblaba el cuerpo sobre el abdomen en un gesto de dolor y parecía que quería vomitar. Sudaba profusamente. Palpaba  los objetos que estaban alrededor como reconociéndolos. Daba la impresión de que no se reconocía a sí mismo.
“Mi  madre me regaló,  -empezó  refiriendo-,    a muy corta edad,  por lo cual permanecí hasta mis siete años al cuidado de mi abuela. Como regalo de Primera Comunión mi abuela se deshizo de mí devolviéndome a donde mi madre. Quien  cuando grande me consentía en casi todo, “como para reparar el daño de haberme abandonado y liberar de pesares su conciencia”. Era habitual en ella suministrarme condones, ya que decía que su hijito “no quería asumir responsabilidades acordes con su edad”.  Mi padre jamás  me reconoció como hijo suyo, -continuó diciendo-, hecho que me hizo ver abiertamente y de modo grotesco el propio día en que  cumplí quince años. Mi primera compañera, con la que tuve a mi pequeña Wendy, me sacó de su vida sentimental. Ella tenía mejor preparación académica y mejores ingresos. No tengo trato con ninguna. Nadie me necesita, nadie me quiere. Calló  Le di un abrazo largo.  Su cuerpo recuperó el calor.
Aquellas circunstancias le habían dado un sentido particular del sentimiento de necesidad: por un lado continuaba precisando la aceptación de sus progenitores y  deseaba ser necesitado por los demás.  Al mismo tiempo decía sentirse rechazado y actuaba a la defensiva.
Me llevó mucho tiempo que aprendiera a ver las relaciones con las personas de un modo equitativo: escuchar activamente los problemas de los demás, pero sin sentirse obligado por ello a resolverlos. Así mismo, que incrementara su autoestima y aprendiera a decir “No”.  Muchas veces intercedí por él, a causa de sus constantes grescas, ya que  la mayoría de las veces actuaba impulsado por motivos fuera de su control.

 

No lo volví a ver.  Tomé un nuevo cargo, el trabajo que me obligaba a viajar fuera del país con mucha frecuencia, al punto que llegué a sentirme extranjero en mi propio suelo.

 

Mi compañera sí, pero en circunstancias que no deseo referir.

 

La última vez que tuvo contacto conmigo fue para comentarme que su abuela había muerto: que ya no podría volverlo a regalar.  “Ahora era, independiente”.
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Comentarios:

Escrito por: guadalupe40       18/07/08 18:29
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Interesante, continúo leyéndote.
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