CAPITULO I
Recuerdos de una utopía
2007
Juan se despierta, demasiado temprano para lo que era su costumbre. Algo extraño, una sensación nunca antes percibida lo invadía.
Su habitación era un cuarto de dimensiones reducidas, con paredes pintadas en un color que no había sido de su agrado, pero que a su padre, albañil de profesión , le habían regalado en la obra en la que se encontraba trabajando, con cortinas realizada por su madre que tenían el calor de todo lo que ella realizaba, pero que no combinaban con el color de las paredes.
Juan, un jovencito de diecisiete años, volvió a percibir esa sensación.
¿Qué le estaba ocurriendo?. ¿Tendría que ver con la edad?
Su primo Ángel, le había confiado que solía despertarse excitado y con necesidad de tocarse. Pero el ya había experimentado esa sensación y mantenía, aunque esporádicamente, relaciones con jovencitas de su edad. Además no se trataba de ese tipo de excitación lo que le sucedía.
¡Otra vez esa sensación!
Era como si lo llamaran de algún lugar y no podía entender de donde...
Lentamente fue siguiendo su intuición; tocó paredes, muebles, se agachó hacia el piso de la habitación, ya que se encontraba en la parte alta de la casa; quizá lo estaría llamando algún amigo desde la sala de estar, en la planta baja. Pero no, ya hubiera subido, ya se hubiera encargado su madre de avisarle.
Pero entonces... ¿de dónde le llegaba ese llamado? Agudizó el oído, trató de llegar con él lo más lejos posible. Fue peor, el llamado se diluía.
Se calmó, se sentó sobre la cama, se tapó la cara con las manos y ... el llamado llegaba desde dentro suyo, pero no eran sus pensamientos...
Era como si otra persona estuviese hablándole desde adentro.... Se asustó, se metió adentro de la cama trató de dormir esa hora que todavía faltaba para levantarse e ir al colegio.
Fue imposible , cada vez sentía con mas fuerza el llamado.
Se acercó al espejo, miró su rostro y encontró una mueca de súplica.
-¿Qué me pasa?- se dijo.
Trató de hacer memoria ¿Había estado tomando el día anterior? ¿Había tenido alguna fiesta o reunión con sus amigos?
No, el día anterior había asistido a clases de historia, con el profesor Alcides Méndez. Además se acostó tarde , porque se quedó estudiando, mañana tendrían un examen ...
De pronto, comenzó a recordar el tema que habían estado conversando en la clase de historia. Recordó como le había impactado el tema de la represión militar y los desaparecidos....
¿Por qué este recuerdo hacia que se aclarara más el llamado que percibía?
Ya inquieto, se incorporó de la cama y se dejó llevar por esa percepción. Se sintió asustado; era una voz que cada vez se hacía más nítida.
Lo llamaba... Juan...-Juan...- Se dejó llevar más por la percepción; la voz comenzó a tener rostro. Pero era un rostro desconocido, aunque parecía alguien de su edad...
Asustado saltó de la cama, se vistió y bajó corriendo las escaleras hasta la cocina. Desayunó apurado, saludó a sus padres y partió hacia el colegio.
No podría hablar con nadie porque se reirían de él.
¿Por qué sentía necesidad de hablar con el profesor Méndez?
Preguntó en sala de profesores; le dijeron que ese día no daba clases , que lo buscara al día siguiente.
Recordar...recordar el rostro...
Imposible en ese ámbito ruidoso, lleno de jóvenes que corrían, charlaban gritaban, se empujaban.
El colegio estaba emplazado en pleno centro de su barrio; asistían hijos de familias obreras, de familias de clases acomodadas e inclusive jóvenes de la villa
El colegio era una institución religiosa; su frente estaba resguardado por un alto paredón con murales pintados por artistas de la zona; precisamente uno de ellos había llamado la atención de Juan desde el primer día que asistió al colegio, y ahora, en el último año de su secundario, seguía ejerciendo el mismo efecto.
El mural representaba a un grupo de jóvenes alrededor de un fogón; los colores eran brillantes y se esfumaban hacia el fondo del mismo, lo que daba una sensación de infinitud, como si se pudiera seguir esa senda y entrar en otros mundos.
El mural tenía un graffiti que rezaba Lo esencial es invisible a los ojos (El Principito) y otro que decía El arte hace visible lo invisible.
Al llegar al colegio se detuvo un rato frente al mural y, más que nunca, sintió atracción; sintió placer al pensar que podría entrar en él y seguir esa senda hacia lo invisible , hacia el fondo del mural, como si allí se encontrase lo esencial...
Transpuso la puerta de entrada y recorrió los pasillos del colegio, como lo hacia todos los días hasta que el timbre le indicaba que debía entrar al salón, estructurarse y recibir los conocimientos que el profesor de turno estaba dispuesto a transmitir. ¡No le interesaba¡, no le interesaba nada.
Sólo cuando el profesor Méndez comenzaba su exposición de historia, parecía sentirse libre, como reviviendo cada relato.
Ese día además de recorrer los pasillos, se sentó en uno de los bancos que tenía el amplio parque en el centro de la institución.
Allí estuvo largo rato tratando de recordar el rostro, pero no pudo. El timbre lo volvió a la realidad y entró a clase.
Capítulo II
Historia de una Utopía
1976
Era una fría tarde de noviembre, todavía no se percibía el verano. Horacio cubrió sus ojos con las manos, faltaba una hora para entrar a la nocturna..
Afuera retumbaban los sonidos de una marcha, no entendía bien de que se trataba el reclamo, pero sintió que lo invadía una sensación de congoja y frustración.
Habían estado discutiendo junto a sus compañeros del colegio sobre la situación social, la pobreza que se incrementaba y el disgusto con el régimen imperante.
Sentía que aquellos reclamos de la calle estaban relacionados con esos temas, pero no podía entender exactamente de qué se trataba; siguió durmiendo un rato más.
Cuando lo despertó el timbre del teléfono, las luces del atardecer iluminaban las paredes de su cuarto; las había cubierto con recortes de la revista Pelo para tapar los espacios donde el revoque se había caído.
La habitación la compartía con sus dos hermanos menores, Horacio tenía diecinueve años; había perdido dos años de la secundaria porque su familia necesitaba que trabaje.
Su madre, una mujer joven, trabajaba como enfermera en el hospital del barrio y su padre hacía todo tipo de trabajo desde que quedó desocupado al ser despedido de la fábrica donde trabajaba.
No podía entender la situación que le habían tratado de explicar sus padres hacía dos años,
-¿qué impulsaba a su padre a padecer tantas miserias? ¿realmente creía en esas cosas que noche tras noche lo escuchaba relatar enardecidamente mientras cenaban?.-Si, evidentemente a medida que maduraba, que conversaba con sus amigos, entendía que el cese por falta de trabajo no respondía sino a enmascarar el miedo a las ideologías de izquierda.
Por esto pensaba que su padre había sido un tonto al involucrarse de esta manera.
Con estos pensamientos rondando en su cabeza, se vistió, salió de su habitación; dejó sobre la mesa una nota con instrucciones para sus hermanos y un billete de diez pesos; los niños eran los encargados de comprar lo necesario para la cena.
Más tarde llegaría su madre y se encargaría de realizarla y, como de costumbre su padre llegaría de mal humor, amargado por otro día más sin encontrar un trabajo seguro, se tiraría en el sillón y esperaría que esa mujer agobiada por el cansancio de un día arduo de trabajo se encargara de acercarle un plato de comida.
Horacio llegaría alrededor de las once de la noche, cenaría y se acostaría para poder levantarse al día siguiente y salir a repartir los diarios que el canillita del puesto de la esquina le daba; esta era su forma de ayudar en la familia.
Camino al colegio, se encontró con un grupo de amigos que iban de prisa y lo invitaban a seguirlos.
-¡Vení dale, apurate!--¿Adonde van?,- preguntó Horacio.
-A la marcha-, contestaron casi sin aliento.
-Pero,- ¿a qué marcha?, ¿de qué están hablando?--Pero cómo Horacio, ¿en qué planeta vivís?, ¿no te acordás que ayer estuvimos todos de acuerdo en acompañar a los del industrial del otro lado de las vías?. ¿Te acordás que al padre de Mario lo levantaron cuando salía de la fábrica y hace como un mes que no aparece?-
-¡Pero che!, parece que estabas en otra cosa-Horacio recordó en qué estaba el día anterior en el momento en que todos comenzaron a cantar marchitas y a gritar enfurecidos.
El no registró lo que decían porque sus ojos, sus oídos, todos sus sentidos estaban acompañando los suaves movimientos de Clara.
Hacía casi un año que había reparado en esa compañera de la escuela que se sentaba en la fila de al lado suyo, dos bancos más adelante.
Tenía el pelo de un color dorado que lo abstraía de todo lo que pudiera estar pasando a su alrededor; cuando sonreía, a Horacio le parecía que todos los sonidos del universo se conjugaban para deleitarlo; los ojos celestes y su forma de hablar lo tenían totalmente subyugado.
Ese, precisamente, era el planeta en el que se encontraba, cuando sus compañeros habían decidido acompañar la marcha hacia el centro de la ciudad, pidiendo por la aparición del padre de Mario, un compañero del industrial que estaba al otro lado de las vías.
Ahora recordaba...,el también había estado de acuerdo, inclusive se sintió perturbado al decidir que iría, porque lo asaltó el recuerdo de su padre, los reclamos que había estado haciendo éste con sus compañeros de la fábrica, las marchas con el sindicato y luego el despido...
Ahora... la tristeza, la falta de dinero, la depresión y sus charlas sobre su ideología con su familia....
Horacio no entendía si asistir a esa marcha tenía como finalidad acompañar al grupo o estar al lado de Clara; no le importaba, el iría y trataría de llamar la atención de la joven, de una vez por todas.
Marcharon todos juntos; se sentían poderosos, nadie podría detenerlos; eran una multitud...
Pronto se dieron cuenta que las armas que enfundaba la policía no se detendrían ante este grupo de jóvenes arriesgados e irresponsables.
Por suerte solo los amedrentaron; pero, pensó Horacio, los compañeros no medirían el peligro que corrían y volverían a proponer marchar y reclamar; sentía que si hablaba, quedaría como un cobarde, sobre todo ante los ojos de Clara.
Por lo tanto, cuando esa tarde decidieron que al día siguiente partirían nuevamente, estuvo de acuerdo.
Esa noche tuvo pesadillas, soñaba con extraños que se acercaban a su casa y lo golpeaban; se llevaban a su padre y cuando estaba a punto de gritar ¡paren, yo no tengo nada que ver! aparecía el rostro de Clara y la pesadilla se convertía en sueño perturbador.
Soñaba con su pelo dorado, sus ojos, sus pechos. La besaba hasta quedar exhausto, rozaba con sus dedos sus pezones, los lamía.
Se internaba en ese mundo que era Clara....
Hasta que despertó empapado en sudor y con una sensación de miedo y angustia, sin poder explicarse qué lo generaba; aunque lo intuía...
Al día siguiente efectivamente, volvieron a reunirse y marchar; otra vez la represión policial y las advertencias.
El grupo de jóvenes se sentía enardecido y trató de enfrentar a esas personas que suponían, no entendían que no estaban haciendo quilombo porque sí; estaban reclamando algo muy serio.
De pronto, se vieron amenazados por ráfagas de fuego.
-¡Corran boludos!-El grupo comenzó a dispersarse. Algunos se refugiaban en negocios de la cuadra; otros preferían correr y llegar lo más lejos posible.
-Pero, ¿es que no ven que somos un grupo de pendejos?--Creerán que pertenecemos a alguna agrupación- Pensó Horacio y siguió corriendo.
No sabía hacia donde, pero corría.
Sintió que un sudor helado corría por todo su cuerpo; de pronto, ya sin fuerzas se sentó en el cordón de la vereda y se puso a llorar.
-Tranquilo, ya pasó el peligro La voz de Clara sonó como cien ráfagas de aquellos disparos que había podido esquivar. Era la última persona que esperaba lo viese en esa situación-
-Está bien- contestó Horacio, -no es nada, es que siento impotencia por no haberme quedado y hacerles frente--Nada, tenemos que saber que nuestro reclamo es válido, pero que a ellos les importa un comino-
-Pero..- balbuceó nuevamente Horacio, -entonces ¿para que mierda marchamos?, ¿para qué mierda reclamamos?-Tenés razón. Yo noté que no te hacía mucha gracia esto de las marchas; lo que no entiendo es por qué no te negaste
-Creo que vos tenés la culpa- se animó a decir Horacio; me importaba mucho que no me vieras como un cobarde--Mirá Horacio, yo creo que la cobardía está del otro lado. Del lado de los que torturan, de los que oprimen. Está del lado de los que permiten que miles de chicos se caguen de hambre. Pienso también que hay muchas formas de ayudar, además de ir a las marchas.-
-¿Entonces por qué te sumaste?, dijo Horacio
-Porque no creí que se las agarrarían en serio con nosotros; pensé que dirían dejen a esos pelotudos que armen un poco de bochinche y mientras tanto, nosotros lográbamos que la gente escuchase algo de lo que está pasando-
-Pero no fue así contestó Horacio evidentemente todo el que reclama se convierte en un enemigo, en una amenaza para el régimen-Sin darse cuenta comenzaron a caminar rumbo a las casas de ambos, que se encontraban a unas cinco cuadras de distancia una de la otra.
Horacio experimentaba una sensación de aturdimiento, ante la adrenalina que se había esparcido por todo su cuerpo mientras escapaba del tiroteo y esta sensación de éxtasis que sentía al tener tan cerca a Clara.
Al llegar a la casa de Clara, Horacio la tomó de los hombros y lentamente acercó sus labios a los de ella.
Clara respondió abandonándose a esa boca temblorosa y varonil.
Desde esa tarde se encontraban todos los días al salir de clases. Se escabullían una hora antes de la salida y recorrían las calles del barrio buscando alguna esquina en penumbras o algún baldío para besarse y acariciarse.
Horacio conocía de memoria el cuerpo de Clara; lo recorría con sus manos, la besaba y trataba de llevar el sabor de ella para recordarlo durante toda la noche.
Una tarde antes de entrar a la nocturna, decidieron concretar su amor.
Los padres de Clara viajaban hacia Tandil, habían salido esa mañana, la casa estaba sola.
No asistieron a clases y se internaron en la habitación de Clara donde se amaron desesperadamente; con toda la vehemencia de su juventud.
-No voy a amar a nadie nunca como te amo a vos-, le dijo Horacio.
-Yo tampoco- respondió Clara
-Sabés, replicó Horacio, -estuve pensando que si pudiéramos terminar este año de estudiar y conseguir algún trabajito, quizá podríamos irnos a vivir juntos-Volvieron a besarse y a perderse entre las sábanas de la cama de Clara.
Esa noche durmieron juntos hasta la mañana temprano, cuando Horacio se levantó para repartir los diarios como todos los días.
Ese año fue pasando entre marchas de protesta, canciones de Giecco, Bagglieto, el flaco Spinetta...Los Rollings, Arco Iris, Sui Generis...Pantalones Oxford, medallones, pelo largo y minifaldas con botas hasta las rodillas...Pero sobre todo con una marca inconfundible que los acompañaba todo el tiempo, la utopía de creer en un mundo mejor......
Horacio y Clara, poco a poco, fueron dejando de asistir a esas marchas; no era el temor a la represión, sino que ambos compartían otra ideología.
Clara se había contactado con un grupo de gente que trabajaba en la villa
Muchas fábricas habían cerrado; gente de mediana edad quedaba sin trabajo con una carga de familia que mantener. La gente más pobre fue la más afectada.
En
Clara fue quien propuso hacer funcionar un teatro para que los chicos tomaran clases y luego dieran funciones los días sábados.
Además se juntaban muchos artistas de la zona, la mayoría desarrollaban trabajos de pinturas, murgas, magia y otros cursos, lo que hacían que estos chicos tuviesen una mirada un poco más mágica del mundo, dentro de la realidad que les tocaba vivir.
-Horacio, ¿sabés que vamos a representar Romeo y Julieta con los chicos de la villa?-dijo una tarde Clara
-Si me habían comentado que el profesor de teatro está muy entusiasmado con la idea-, contestó Horacio.
-Si, parece que no consigue quien dé el perfil de Julieta y me pidió si yo podía hacerlo-Horacio miró embelezado a esa mujer que con casi veinte años parecía una niñita de catorce, pero que tenía toda la sensualidad de una hembra en el ciclo más sensual de su vida.
Pensó en el placer que llegaría a experimentar al verla representando ese papel, se acercó y la besó largamente.
Clara respondió a esos besos sonriendo, sin imaginar cuanta pasión encendía en su hombre.
Todo transcurría en un clima de festividad y alegría entre los integrantes de la villa y el grupo de jóvenes que trabajaba con ellos.
Lo que no imaginaban era que estaban siendo observados atentamente desde algún lugar del poder...Era difícil por esos tiempos pensar semejante atropello a la libertad y a la dignidad humana.
Clara prácticamente dirigía las tareas de arte de la villa. Había tomado ese rol desde que Eduardo, un joven estudiante de teatro había dejado de asistir.
Trataron en vano de conectarse con él. Fueron en reiteradas oportunidades a la pensión donde vivía, ya que no tenía familia en Buenos Aires.
Tanto él como muchos jóvenes habían venido del interior en busca de trabajo; acá se hacía difícil conseguirlo pero de todos modos podían estudiar y con bajos costos pagar, entre varios, una pieza en una pensión y bancarse los libros y el morfi como pudieran.
Pensaron que Eduardo habría tenido que viajar de urgencia a Santiago del Estero, ya que su madre no andaba bien de salud. Les extrañaba que no hubiera avisado a nadie; pero como el grupo se reunía una o dos veces a la semana, no siempre se encontraban las mismas personas y les pareció normal.
De esta forma Clara tomó la posta del trabajo de arte con los chicos de la villa. Había decidido estudiar Bellas Artes cuando terminaron la nocturna. Todo le interesaba, pero más que nada la pintura. Su felicidad radicaba en dejar plasmados sus sentimientos en murales.
Los realizaba con la ayuda de los chicos, quienes le daban sugerencias o les contratan sus historias, sueños o tristezas; luego eran expuestos en algún colegio, o en la parroquia del barrio.
Todo el barrio conocía los murales de Clara.
Muchas personas la miraban con recelo.
-Ésta debe andar en algo raro- decían algunos
-No entiendo como los padres no le aconsejan que estudie alguna carrera normal y se deje de joder con las cosas que dibuja- decían otros.
Clara no se daba por enterada de los dichos de sus vecinos. Su mundo eran los chicos de la villa y los murales.
Horacio la apoyaba en todo lo que hacía y cada día se enamoraba más de esa mujer, con la que ya hacía dos años que compartían cada segundo de sus vidas.
Al terminar la secundaria Horacio decidió estudiar historia; en realidad fue un poco por la decisión de Clara de no casarse. Esta actitud había hecho entrar en crisis a la pareja.
El joven albergaba la idea de formar una familia y dedicarse a ella por el resto de su vida. La decisión de Clara lo desarmó. No podía entender que no sintiera necesidad de vivir junto a él, si se amaban tanto; tener hijos y transmitirles todo el amor que ellos se tenían.
Pero Clara era muy firme en sus convicciones; quería seguir Bellas Artes y disfrutar, además de su pareja, de esa maravilla que Dios había puesto en sus manos, pintar y transmitir lo que le parecía esencial a través de sus pinturas.
Por lo tanto, Horacio decidió seguir estudiando algo que pudiera aplicar a su forma de sentir y ver el mundo. Al no entender tanta injusticia alrededor; creyó factible que conociendo los hechos como habían ido ocurriendo a lo largo de la historia quizá desentrañaría un poco esas dudas que tenía.
Concurrió entonces al Instituto del Profesorado; estudiaba durante el turno de la noche. Por la mañana hasta las cuatro de la tarde había entrado a trabajar en las oficinas de la fábrica que había despedido a su padre.
Fue una ardua tarea ingresar, pero el gerente sentía un respeto muy grande por el padre de Horacio y, después de un año de negociaciones logró incorporarlo; no sin antes hacerle miles de recomendaciones.
-Mirá Horacio-, le dijo, Acá nada de ideologías-Horacio, con tal de empezar a trabajar hizo mil promesas.
-Total-, pensó, - ya se olvidarán y no joderán más con el tema-Mientras tanto seguía su relación con Clara, quien se comprometía cada vez más con sus murales y denunciaba la injusticia, el hambre y la desesperación que vivían a diario esas personas.
Se conectó con grupos de artistas de todo el país y empezó a exponer en plazas y ferias artesanales de muchos pueblos del interior.
Una tarde, tomando mate con Horacio y unos compañeros de la villa, reciben a un joven fotógrafo y estudiante de periodismo que volvía de un viaje por Santiago del Estero, donde había ido a visitar a sus padres.
Entre charla y charla comentó que en Santiago se estaba buscando a Eduardo, el profesor de teatro, que hacía tiempo no se sabía nada de él, y que la familia había denunciado ante las autoridades su desaparición.
Aparentemente no dieron con el paradero del joven; pero, se comentaba que el gobierno estaría involucrado.
Horacio volvió a sentir aquel temor que tuvo cuado realizaron con los compañeros de la nocturna su primera marcha; pero esta vez el temor radicaba en Clara.
Sentía una rara sensación de que las pinturas de Clara tenían un alto contenido político; denunciaban una realidad, pero a la vez exponían a la joven.
Esa noche trató de convencerla que dejara por un tiempo de viajar por el país exponiendo los murales, pero Clara no entendía razones.
-Tenés que entender que alguien debe encargarse de hacer conocer esta realidad al resto de la sociedad le decía Clara.
-Acá hay mucha gente que no sabe lo que pasa con estas personas que, desgraciadamente, se encuentran en una situación de inferioridad- agregó.
-Muchos padres de familia perdieron sus trabajos--La mayoría de la gente de la villa se vino del interior porque los corrió el hambre y ahora están confiscados a vivir en un mundo de ingratitud-
Clara, además de denunciar con sus murales esta realidad, intentaba reflejar el ideal de sociedad que pretendía.
Entendía que los seres humanos merecían igualdad de condiciones para enfrentar la vida. Comprendía que estas personas arrancaban viviendo en inferioridad de condiciones, desde lo social.
Culturalmente estaban preparados para una vida diferente; insertos en un sistema que premiaba al más capaz, y dejaba migajas para el que no se subía al tren ganador...
Trabajaba con los jóvenes de la villa en obras de teatro donde reflejaba estas ideas y además trataba, a través de los murales, de explicar que existían cosas esenciales más allá de lo material.......
-¡Una utopía!- le dijo Horacio,
-Estás poniendo en riesgo tu vida por algo que ni vos ni yo, ni un puñado de personas que pensemos de la misma forma vamos a poder lograr- le gritó desesperado.
Desde siempre supo Horacio que algo malo sucedería, Tenía esos sueños recurrentes, donde se presentaba un grupo de hombres armados. Lo maniataban, lo vendaban y, luego era a otro a quien se llevaban.
Pensaba en Clara, como en algún momento de su niñez pensó en su padre.
Este sueño lo atormentaba y el empecinamiento de Clara hacía que discutieran cada vez más seguido.
-Es que parece que no te dieras cuenta la situación que estamos viviendo- le decía entre peleas
-Vos denuncias injusticia social, pero, ¿quien te va a defender a vos si a estos se les ocurre amenazarte, o lo que es peor aún llevarte detenida?-
-Sabés que tenemos un montón de amigos que desaparecieron--Todos intentaban denunciar esa injusticia de la que hablás, pero, ¿dónde están? ¿qué lograron?. Gritaba y se enfurecía.
Clara tenía un carácter fuerte y ya no soportaba más los miedos de Horacio.
Estaba fastidiándose de tantas pálidas.
Ella pretendía que se escuchara y se vieran sus obras. Que se igualaran las oportunidades en la sociedad.
No entendía de política, era una idealista.
No le importaba mucho pensar quienes provocaban esta situación; sólo quería que la gente se uniera y luchara a través del arte y la expresión.
Lentamente fueron alejándose. No dejaron de frecuentarse, pero cada vez eran más espaciados los encuentros amorosos.
Cuando sucedía, olvidaban los miedos , el arte y las denuncias. Pero duraba lo que dura hacer el amor.
Al día siguiente cada uno continuaba con sus proyectos.
Horacio se enfrascaba en las materias del profesorado de historia.
Le costaba mucho; trabajaba hasta las cinco de la tarde y después iba al instituto a cursar hasta las once de la noche.
La fábrica estaba en su barrio; desde allí tomaba el tren y luego el subte para trasladarse al profesorado.
A la vuelta llegaba cansado; se había alquilado un departamentito cerca de la casa de sus padres.
Tenía el objetivo de vivir allí con Clara, pero ésta no accedió. Dijo que no podía ser libre para crear sus pinturas si tenía que compartir horarios con alguien.
Por más que lo amaba con toda su alma, y le dolía decirle todas estas cosas, Clara era tajante.
A medida que fue creciendo, su temperamento se fue haciendo más fuerte. Tenía muy en claro lo que quería.
Frente a sus pinturas se extasiaba. En el fondo estaba convencida que compartía la libido entre el sexo y el arte.
Pero mantenía una situación ambigua, ya que realmente no se conectaba totalmente con la realidad.
Algo la mantenía siempre por encima de los acontecimientos .
Sabía realmente que reclamaba prácticamente una utopía, como le decía Horacio; pero su éxtasis llegaba a invadirla de tal modo que ya no podía distinguir si sus reclamos eran el objetivo o se había convertido en un medio para plasmar imágenes en sus telas y murales.
Lentamente fueron espaciando sus encuentros con Horacio.
Hacía casi cinco años de aquel primer encuentro amorosos. Ya no era igual.
Ambos eran dos personas adultas; en alguna medida habían ido perdiendo su espontaneidad.
Por otro lado Horacio sentía que estar con Clara lo hacía sentir mal.
Intentó ir apartándola de su vida. Se dedicó de lleno a sus estudios y a su trabajo.
Conoció otras mujeres que no lograban hacer que olvidara a su Clara.
Al finalizare la década del setenta terminó sus estudios y poco a poco fue empezando a ejercer su profesión.
A los veintiocho años se encontró con un titulo de profesor y dejó la fábrica.
CAPITULO III
El éxtasis y el horror
1980
Clara era una jovencita nacida en los años cincuenta, hija de una familia de clase media.
Su padre se desempeñaba como empleado bancario y su madre era docente en una escuela cercana a su casa. Realizó sus estudios primarios y secundarios en una escuela católica que quedaba a cinco cuadras de su casa. Era una joven delgada, rubia, de ojos marrones profundos.
Sus abuelos habían inmigrado de Italia después de la segunda guerra mundial y se habían afincado en ese barrio. Como otros inmigrantes, compraron un terrenito en un barrio que prometía progreso y, poco a poco, fueron levantando una casita, con las comodidades para albergar a toda la familia por generaciones.
Desde muy pequeña, Clara había escuchado los relatos de su abuela materna, quien había sufrido rigores espantosos durante la guerra; al punto tal que, de acuerdo a deducciones de la propia Clara, su abuela fue violada por un soldado.
Su abuelo, además de padecer la guerra, había sido militante activista en contra de las atrocidades que sufriera su pequeño pueblo, emplazado en la montaña al sur de Italia. Un pueblito de pocas personas, donde la industrialización no había alcanzado a llegar y subsistían trabajando en el campo; como le había relatado tantas veces su abuelo, los dueños de esas tierras explotaban a los trabajadores a los que hacían trabajar por largas jornadas, por una paga miserable y, aunque la explotación que sufrían en las fábricas fuese también un tema de preocupación para los jóvenes de ese entonces, siempre tenían mejores condiciones salariales en las ciudades norteñas. Los jóvenes migraban hacia zonas del norte industrializado y en el pueblo quedaban los viejos quienes se dedicaban a la agricultura.
Su abuelo migró hacia al norte, pero además luchó activamente contra la explotación que se realizaba contra esos hombres que iban en busca de un futuro para sus familias.
Encontrándose en pleno noviazgo con su abuela, los sorprendió la guerra y, como muchos de sus amigos, partió para América, en busca de dólares; la finalidad era volver y comprar tierras.
Primero recaló en Estados Unidos, donde realizó todo tipo de trabajos, volvió a Italia, compró efectivamente esas tierras y se casó.
Pero, el régimen político durante la segunda guerra mundial, no permitía el progreso y la libertad que tanto anhelaban. Por otro lado el ser contrario a ese régimen le trajo muchas persecuciones. Por ese motivo decidieron viajar a América, donde ya se encontraban varios primos y amigos. Así llegaron a Argentina, en busca de progreso y un lugar donde criar a sus hijos.
Esos eran los abuelos de Clara; de ellos había heredado sus ansias de libertad, su forma de trabajar por la justicia. Pero, lo que Clara no sabia era de quien provenía aquélla sensación que experimentaba a través del arte.
-¿Algún antepasado habría sido artista?- se preguntaba frecuentemente.
-¿Habrá alguna persona en este mundo que sienta tanto éxtasis como siento yo al expresar mis sentimientos a través de los murales?-
Por otro lado la confundían los rumores que escuchaba. ¿Por qué la gente se empeñaba en decirle que tuviera cuidado?, ¿cuidado de quién y por qué? Si ella lo único que hacía era poner las palabras de los pobres en una pintura.Sus murales hablaban.....
Bastaba detenerse frente a ellos para escuchar el lamento de los niños con hambre, de los hombres sin trabajo. De las madres desesperadas, de los jóvenes desesperanzados...
Además Horacio, ese hombre que tanto amaba. Precisamente él que la conocía tanto que sabía de su éxtasis por sus pinturas, era quien más se oponía últimamente a que siguiera exponiendo.
-Tengo miedo que te agarren- le dijo Horacio una tarde mientras tomaban mate en el comedor comunitario de la villa
-Dejáme en paz Horacio, me parece que se están poniendo un poco pesados con todo ese tema-.
-Yo no le hago daño a nadie, solamente pinto-.
-Nadie va a venir a buscar a una pobre pelotuda que hace murales en el fin del mundo-Clara estaba muy enamorada de Horacio, desde aquella marcha en que lo encontró casi llorando sentado en el cordón de una vereda.
Aquella marcha en la que reclamaban que apareciera el padre de un compañero del industrial del otro lado de las vías, cuando apenas eran unos jovencitos que estaban terminado la nocturna.
Recodaba siempre como se enterneció frente al miedo de Horacio. La adrenalina que había sentido cuando los corrió la policía por una simple marcha
Jamás pudo entender el miedo de Horacio
Si, coincidieron los dos en que con solo marchar no solucionaban nada y se habían puesto a trabajar con un grupo de jóvenes en la villa.
La villa estaba a diez cuadra de la casa de ambos y generalmente pasaban a trabajar dos o tres veces por semana.
Recordaba Clara que al terminar la nocturna, Horacio había querido que se fuesen a vivir juntos. Lo que no podía entender era por qué, deseándolo tanto, amándolo tanto, no le atraía la idea de vivir con él. En realidad no quería vivir con nadie.
Poco a poco se fue alejando de su casa, que era cálida, confortable, con paredes pintadas en color amarillo patito y muebles siempre con olor a barniz.
Con sábanas amorosamente perfumadas por su madre y con aroma a comida siempre lista y calentita.
De a poco, se fue alejando de esa casa que era un útero maternal y se fue quedando en el galpón del comedor comunitario, pintando hasta altas horas de la noche, hasta que el sueño la vencía y terminaban acercándole unas mantas o algún colchoncito.
Allí amanecía al día siguiente para seguir dando talleres de pintura o para seguir pintando.
Salvo los días que tenía que cursar en Bellas Artes, los demás los pasaba de esa manera. Afrontando cada vez con mas bronca los reclamos de Horacio, a quien prácticamente iba sintiendo un desconocido.
En realidad cuando comenzó a exponer y rodar por todas las ferias artesanales del país, fue quedándose cada vez con menos compañía- Esporádicamente tenía encuentros con algún joven que lograba quitarle la excitación que le producían sus pinturas.
-Estoy poseída- pensaba.
No entendía por que podía mantener sexo con personas a quienes apenas conocía. Cada vez que terminaba sus murales se sentía a punto de tener un orgasmo, por lo tanto buscaba la compañía de algún joven cercano y terminaba su obra disfrutando el sexo.
Al día siguiente se sentía vacía , llena de culpa, por eso intentó controlar esa sensación; lo que comenzó a provocar una forma de éxtasis en ella que la transportaba en el tiempo. Se veía en otras dimensiones, en otros mundos y hasta logró sentirse otra persona.
Un día se lo comentó a una amiga quien le recomendó visitar a una bruja para que la ayudara. Clara no creía en esas cosas, pero le pareció divertido y además la distraería un poco de sus pinturas.
Llegaron juntas a la casa de la bruja. Era una casita de madera y chapa justo frente de un arroyo entubado, en la parte de atrás de la villa.
Cuando llegaron , la bruja la miró con desconfianza y le dijo:
-¿Con quien es que has hecho trato, niña del demonio?-Las jóvenes se rieron y dejaron que la vieja se explayara en todo tipo de cánticos y alabanzas.
Al irse dejaron el dinero que habían estipulado en una mesita y sintieron que la mujer agarraba con fuerza el brazo de Clara
-De verdad niña, ¿con quien has hecho trato? De todos modos cuídate, no veo buenos vientos en tu futuro-Clara no dio importancia a los comentarios de esta mujer y al tiempo había olvidado ese encuentro. Con todo, siguió pintando y excitándose ante cada obra terminada. Fue modificando su actitud, diciéndose que terminaría pareciendo una ramera si tenía sexo con cualquiera y por el solo hecho de excitarse con sus murales. A Horacio hacía prácticamente un año que no lo veía y poco a poco su rostro y su cuerpo se fueron esfumando de su mente.
Ya no pensaba en tener sexo con un hombre, solo su libido afloraba ante las telas de sus murales y obviamente, era difícil contener tanta pasión. De todas formas contuvo sus deseos de hacer el amor con quien primero se cruzara, pero esto afectaba su claridad mental.
Se encontró en ocasiones, masturbándose ante algunas de sus obras recién terminadas y otras veces, se sentaba simplemente a contemplarlas y conversaba con ellas.
Una mañana, luego de contemplar un mural donde se veía un grupo de jóvenes en un fogón, comenzó a dialogar con ellos. Hacia el fondo del dibujo se veía un sendero que, imaginaba Clara, llevaba hacia un mundo idílico, donde todo era amor, paz, justicia y donde los chicos no se cagaban de hambre.
Allí la esperaba un joven hermoso, le tomaba de la mano y la llevaba a conocer como sería ese mundo dentro de unos años. Sintió que ese joven la abrazaba y la besaba apasionadamente y sin mover sus labios, a través de los pensamientos de Clara, le susurraba que era hermosa y que allí eran muy felices, que nadie lastimaba, que nadie explotaba, que solo vivían para reír y para enamorarse. Todo esto excitaba a Clara, se sentía tan cerca de ese joven desconocido que la asfixiaba.
-No conozco tu nombre-Sin abrir los labios el joven le dijo:
Me llamo Juan. Me conocés muy bien, vivo adentro de tus pinturas-Clara entendió la obviedad de lo que Juan le había transmitido y se dejó llevar por el placer del encuentro con el joven.
Esa tarde la visitó su amiga, la misma que unos meses antes la había acompañado a la casa de la bruja. La notó distraída y distanciada. Una mueca de estupor y de placer se veía en su cara.
Preocupada su amiga preguntó:-¿Clara qué te pasa, te sentís bien?-Ni idea-, respondió Clara, quien aún mantenía una mueca de indiferencia y de éxtasis en su rostro.
Poco a poco fue recobrando el sentido y decidió no contar a su amiga sobre la experiencia vivida. Pensaría que había fumado algo o peor aún, que se estaba volviendo loca. De esta manera también se fue alejando de ella y quedándose sola con sus experiencias, que cada vez se hacán más reales.
Ya no esperaba que ocurrieran solas, sino que se entregaba a ellas con toda su alma. Se detenía por horas a contemplar el último mural que había hecho y allí, en penumbras se encontraba con Juan, el jovencito que encontraba al final del sendero detrás del fogón. Había incluso dejado de pintar; su mundo se reducía al pequeño cuarto del Comedor comunitario, el mural, el sendero y Juan.
Juan parecía ser más jovencito que ella, pero era tan bello...Tenía el cabello corto, un tanto diferente a los pibes que estudiaban con ella o que trabajaban en la villa, no parecía vestirse a la moda, al fin y al cabo eran los 80 y ellos seguían con sus pelos y ropa como en los 70, era hora de ver otras formas de vivir.
Aunque Juan le parecía familiar, por momentos le resultaba un desconocido y pensaba, estoy transportándome en el tiempo. Al principio se inquietó un poco, pero se repuso rápidamente y se abandonó a esa idea con placer.
Durante meses mantuvo sexo con Juan, detrás del sendero del mural. Varias veces pensó que estaba alucinando, pero después de todo si esa era su realidad, era mucho más placentera que la que había conocido anteriormente. Ya no recordaba bien el rostro de sus amigos, de su padres, ni el de Horacio. Aunque muchas veces confundía el cuerpo de Juan con el de aquel.
Pero Juan era tan distinto, parecía de otro mundo; como si en esa época no se viviera con miedo, no se sintiera hambre, no existiera el totalitarismo.
Un día le preguntó, por qué nadie le decía nada si faltaba tantos días de su casa, Juan contestó, pero ya soy grande, aviso y listo.
Pero no tenés miedo de andar de noche en la calle. Si te agarra la cana después de las doce te llevan y...
Juan se rió; dejáte de joder Clara, ya tengo edad para andar en la calle a esa hora. A lo sumo me pueden afanar, y si me lleva la cana, mis viejos arman quilombo porque no hay causa que lo justifique y me sacan.
Clara sentía éxtasis y se dejaba llevar por esa sensación hasta que tenía un orgasmo tras otro. Luego pasaba días durmiendo para reponerse.
Un día se encontraba totalmente dormida, cuando sintió un golpe fuerte en el portón del saloncito donde dormía. Unos tipos uniformados entraron, gritando:
- Movéte hija de puta, drogada de mierda-Clara se desvaneció, cuando volvió en si estaba tirada en el piso en una habitación llena de humedad, con los ojos tapados. Sintió que tosían cerca de elle,
-¿quién esta ahí?-, pregunto.-Prefirió callarse y esperar. Después de un buen rato, sintió que se acercaban personas y sintió miedo.
-No te asustés- nosotros estamos igual que vos-Clara sintió repentinamente miedo, rabia y se acordó de Horacio.
Tuvo miedo por su familia y por Horacio.. rabia porque no podría pintar y porque de esa forma ni podría conectarse con Juan...
Esa noche soñó con él, sus compañeros de celda la sintieron gemir y llorar.
No entendían que le pasaba. Intuían que estaba soñando con su hombre...
Hacía varios días que no sabían nada de Clara. La gente del comedor comunitario pensó que debían avisar a sus familiares ya Horacio.
Sus padres se habían estado preocupando desde hacia largo tiempo y esto confirmaba sus sospechas. Comenzaron a peregrinar por todo tipo de instituciones para saber algo dela joven, asi estuvieron durante años.
A los cinco años de ese hecho su padre sufrió un problema cardiaco y falleció y su madre se unió a un grupo de señoras que se juntaban en la plaza frente a
Horacio, por otra parte, encontró uno de los murales que había pintado Clara. Estaba escondido en la parte de atrás del cuarto donde dormía la joven, arriba de un techito sobre el baño. Le pareció que no debía decir nada y se lo llevo.
Hacia un tiempo que Horacio recibía amenazas para decir donde se encontraba Clara., Después de su desaparición, pensó que seria bueno irse un tiempito a la casa de unos familiares de sus padres en España.
En 1985 decidió volver al país y retomar su profesión como profesor de Historia.
Se empleó en una escuela religiosa emplazada en pleno centro de su barrio, cuyo frente estaba resguardado por un alto paredón; a ella asistían hijos de familias obreras, de familias de clases acomodadas e inclusive jóvenes de la villa
El primer día de clases el director del colegio lo acompañó hasta el salón donde daría su clase de historia a los chicos del quinto año y lo presentó;
-Chicos, les presento al profesor Alcides Horacio Méndez-
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