Dos en Uno (relato para mayores)

Categoría(s): literatura erótica

 

Me seguía calle arriba mirando con lujuria mis piernas. Yo caminaba delante de él sin prisa, degustando cada paso, saboreando el paseo, lento, la contorsión de mis propias caderas que acompasaban el ritmo de mis pies.

El sol nos miraba de frente guiñando un ojo. Yo, incómoda por recibir su resplandor directamente sobre los míos, levantaba mi mano con coquetería para hacer de visera sobre mi mirada.

La sutil transparencia de mi falda iluminada por los rayos del sol dejaban completamente a la vista mis muslos, y el borde derecho de mis bragas que, ladeándose al andar, se había incrustado entre mis dos nalgas permitía distinguir claramente la desnudez de esa parte de mi redonda anatomía.

Sentía sus pasos tras de mí, acelerándose, acercándose..., pero yo continuaba con mi calmado ritmo, contoneándome segura de la sensualidad de mi paso. Al llegar al final de esa calle sentí su aliento en mi cogote y al doblar una esquina su mano derecha había agarrado fuertemente la mía izquierda mientras me empujaba contra la pared y oprimía con fuerza mi cuerpo con el suyo sujetando mi mano por detrás de mi espalda buscando con ansia mis labios con su boca sin mediar palabra.

No me pude resistir. Ese olor a macho con un cierto perfume de almizcle se me empezó a hacer imprescindible, a crearme adicción. No me pude resistir. Me aferré a su boca con la mía devorando, engullendo, saboreando, lamiendo, sorbiendo. Mientras, a la altura de mi pubis, algo duro, poderoso, insistente y decidido golpeaba y oprimía mi cuerpo en cíclicos vaivenes, y algo líquido y espeso notaba salir de entre mis labios vaginales chorreando por mis muslos.

Con fuerza y decisión me giró y puso cara a la pared al mismo tiempo que dejaba caer el peso de su cuerpo sobre el mío mientras el rasposo muro de la calle erosionaba mis pezones a través de mi ropa. El se restregaba contra mí con saña empujando sin dilación mi cuerpo contra el muro. Introdujo uno de sus pies entre mis dos piernas y logró separármelas, y mientras mordisqueaba mis orejas y mi cuello y me susurraba no sé qué al oído, iba subiéndome la falda y palpando con toda la extensión de la palma de sus manos mis indefensos y húmedos muslos.

Volvió a girar mi cuerpo, esta vez mirándonos frente a frente. Desabrochó nervioso, con prisa y sin ninguna delicadeza los pocos botones de mi blusa que aún permanecían cerrados, metiendo su mentón entre mis senos, chupando, mordiendo de un lado a otro, asiendo con sus manos ambos pezones, desde las areolas y parte de las tetas que rodean estos; amasando, machacando, tirando y estrujando con ahínco, como si le fuera en ello la vida.

Nuestra respiración era entrecortada, ansiosa, sonora, jadeante... Estaba como fuera de si y temblaba como un niño, y yo me derramaba en sus brazos abandonándome al momento y a su voluntad...

De repente algo me hizo volver en mí. El sonido inesperado y estridente de una ambulancia a pocos metros de donde nos encontrábamos me hizo reaccionar y apartarlo de mí. Me tapé con mi blusa desabrochada como temiendo presentir que alguien nos descubriera y comencé a abrocharla apresuradamente cuando él, súbitamente, volvió a agarrarme y tirando de mi brazo con fuerza me arrastró hasta un hostal que casualmente había en ese mismo callejón.

Me sentí aliviada al comprobar que nuestra aventura erótica no había terminado ahí. Que en una oscura y lúgubre habitación de un hostal de mala muerte (pero qué importaba eso) veríamos consumadas nuestras ansias de sentirnos uno, de sentir dentro de mí a ese hombre que me había cautivado desde que se cruzaron nuestras miradas en ese tumultuoso mercado donde nos habíamos visto por vez primera él y yo hacía apenas unas horas. Que por fin iba a comprobar el enorme placer de sentir en mi vagina esa verga que se había mostrado dura y potente y me bañaría con su fértil y lubricante leche conduciéndome al más sublime de los paroxismos.

 

 

**************************



La seguía calle arriba mirando con deseo sus contorneadas piernas. Ella caminaba delante de mí con paso cadencioso, con un contoneo que parecía ir a quebrarse su delicado y sensual cuerpo de hembra voraz.

Los potentes rayos del sol me hacían enceguecer y me impedían deleitarme por completo en el espectáculo que se ofrecía ante mi vista. Un espectáculo de carne prieta, dura, sensual y que rabiosamente pedía a gritos ser mancillada por las garras de un macho como yo, con un deseo ardiente, insaciable, incalculable y una verga que a cualquiera podría parecer descomunal al mismo tiempo que una necesidad irresistible la haría desearla a toda costa dentro de sí.

Sabía perfectamente que ella sabía que yo la estaba siguiendo. No en vano su mirada felina se había clavado en mí minutos antes. Tal vez por esa razón se deleitaba en su contoneo como si el tiempo no existiera, como si la calle fuera eterna y no tuviera que llegar a ninguna parte. O sí... Tal vez tuviera que llegar al punto, ese mismo punto, en el que habríamos de encontrarnos los dos.

Me llevaba ventaja, pero su paso exageradamente lento me permitía cada vez más acercarme a ella. Por fin le di alcance. Los efluvios de su perfume frutal iban a hacerme enloquecer de pasión.

Agarré su mano con la mía y la empujé contra la pared pegando mi pecho al suyo. Sentí sus dos pezones, turgentes, erctos, acariciar mis pectorales a través de la telas que nos separaban. Nuestras bocas se unieron con deseo voraz. Un sabor inusitado descubrí al morder su lengua, un sabor acre, ferroso.

Mi miembro erecto parecía ir a estallar bajo la cremallera del pantalón y gritaba pidiendo liberarse. Lo apreté contra el cuerpo de ella, lo restregué contra su púbis y a empellones lo fui golpeando con ansia en un acto de venganza por haber provocado en mí con su contoneo, con su transparencia, con su mirada felina, ese deseo irresistible.

La agarré con fuerza e hice girar su cuerpo para sentir el roce de sus redondas nalgas envolviendo la dureza de mi pene. Separé sus piernas y quise entrar en ella pero nuestras prendas de ropa me impedían el acceso. Comencé a elevar su falda en cumplimiento de mi deseo de descubrir la carne fresca, sudorosa y escurridiza que se adivinaba bajo ella. Y mordí con vehemencia su cuello y el lóbulo de sus orejas susurrándole al oído cómo eran mis ansias de penetrarla.

La volví de nuevo frente a mí. Desabroché su blusa y descubrí un par de bien provistos y turgentes pechos que mis manos ansiosas deseaban agarrar, estrujar, y mi boca chupar, morder, succionar, y comencé a dar rienda suelta a mis impulsos mientras sentía cada vez más cómo ella se dejaba, se abandonaba a ella misma para entregarse, para ser mía y sólo mía.

Nuestra respiración entrecortada, ansiosa, sonora, jadeante, me enloquecía y quería penetrarla allí mismo, en aquel callejón solitario y soleado...

El sonido intempestivo de la sirena de una ambulancia a una manzana de allí nos arrancó súbitamente de nuestro mundo, de nuestro momento. Ella me empujó bruscamente para separarme y agarrando las dos partes de su blusa se cubrió pudorosamente sus senos como indicando que había llegado el fianl de nuestra aventura erótica.

No podía ser así..., la suerte me hizo divisar un cartel anunciador de un hostal a pocos metros de allí. La agarré de nuevo con fuerza ante el temor de perderla y tirando de ella la llevé casi en volandas hasta el hostal donde en una de sus mugrientas y apagadas habitaciones (no importaba) habría de sentir el tremendo placer de liberar mi miembro de su torturante prisión e introducirlo en la húmeda caverna que con la caricia de sus paredes habría de aliviar mi sed y mi fuego y mis ansias de descargarme de ese fluido espeso que quemaba mis entrañas y oprimía las paredes de mis testículos en una dolorsa y acuciante sensación. Allí, dentro de lo más profundo de su cuerpo, descargaría mi líquido vital en el más sublime de los paroxismos.

 

 

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Comentarios:

Escrito por: rattcia       01/07/08 22:21
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Amiga, muy buena y original forma de contar este relato. En especial el contraste. Me parece bien logrado el enfoque masculino...

Felicitaciones.

miss América
Escrito por: Renanalvarez       01/07/08 19:58
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Dualidad que se hace uno en pesamientos, donde en las pericias del amor salvan verdades entregarse plenamente enamorados.
excelente amiga y a dos voces.
saludos
Martín
Páginas: 1

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