Me seguía calle arriba mirando con lujuria mis piernas. Yo caminaba
delante de él sin prisa, degustando cada paso, saboreando el paseo,
lento, la contorsión de mis propias caderas que acompasaban el ritmo de
mis pies.
El
sol nos miraba de frente guiñando un ojo. Yo, incómoda por recibir su
resplandor directamente sobre los míos, levantaba mi mano con coquetería
para hacer de visera sobre mi mirada.
La sutil transparencia de
mi falda iluminada por los rayos del sol dejaban completamente a la
vista mis muslos, y el borde derecho de mis bragas que, ladeándose al
andar, se había incrustado entre mis dos nalgas permitía distinguir
claramente la desnudez de esa parte de mi redonda anatomía.
Sentía sus
pasos tras de mí, acelerándose, acercándose..., pero yo continuaba con
mi calmado ritmo, contoneándome segura de la sensualidad de mi paso. Al
llegar al final de esa calle sentí su aliento en mi cogote y al doblar
una esquina su mano derecha había agarrado fuertemente la mía izquierda
mientras me empujaba contra la pared y oprimía con fuerza mi cuerpo con
el suyo sujetando mi mano por detrás de mi espalda buscando con ansia
mis labios con su boca sin mediar palabra.
No me pude resistir.
Ese olor a macho con un cierto perfume de almizcle se me empezó a hacer
imprescindible, a crearme adicción. No me pude resistir. Me aferré a su
boca con la mía devorando, engullendo, saboreando, lamiendo, sorbiendo.
Mientras, a la altura de mi pubis, algo duro, poderoso, insistente y
decidido golpeaba y oprimía mi cuerpo en cíclicos vaivenes, y algo
líquido y espeso notaba salir de entre mis labios vaginales chorreando
por mis muslos.
Con fuerza y decisión me giró y puso cara a la
pared al mismo tiempo que dejaba caer el peso de su cuerpo sobre el mío
mientras el rasposo muro de la calle erosionaba mis pezones a través de
mi ropa. El se restregaba contra mí con saña empujando sin dilación mi
cuerpo contra el muro. Introdujo uno de sus pies entre mis dos piernas
y logró separármelas, y mientras mordisqueaba mis orejas y mi cuello y
me susurraba no sé qué al oído, iba subiéndome la falda y palpando con
toda la extensión de la palma de sus manos mis indefensos y húmedos
muslos.
Volvió a girar mi cuerpo, esta vez mirándonos frente a
frente. Desabrochó nervioso, con prisa y sin ninguna delicadeza los
pocos botones de mi blusa que aún permanecían cerrados, metiendo su
mentón entre mis senos, chupando, mordiendo de un lado a otro, asiendo
con sus manos ambos pezones, desde las areolas y parte de las tetas que
rodean estos; amasando, machacando, tirando y estrujando con ahínco,
como si le fuera en ello la vida.
Nuestra respiración era
entrecortada, ansiosa, sonora, jadeante... Estaba como fuera de si y
temblaba como un niño, y yo me derramaba en sus brazos abandonándome al
momento y a su voluntad...
De repente algo me hizo volver en mí.
El sonido inesperado y estridente de una ambulancia a pocos metros de
donde nos encontrábamos me hizo reaccionar y apartarlo de mí. Me tapé
con mi blusa desabrochada como temiendo presentir que alguien nos
descubriera y comencé a abrocharla apresuradamente cuando él,
súbitamente, volvió a agarrarme y tirando de mi brazo con fuerza me
arrastró hasta un hostal que casualmente había en ese mismo callejón.
Me
sentí aliviada al comprobar que nuestra aventura erótica no había
terminado ahí. Que en una oscura y lúgubre habitación de un hostal de
mala muerte (pero qué importaba eso) veríamos consumadas nuestras
ansias de sentirnos uno, de sentir dentro de mí a ese hombre que me
había cautivado desde que se cruzaron nuestras miradas en ese
tumultuoso mercado donde nos habíamos visto por vez primera él y yo
hacía apenas unas horas. Que por fin iba a comprobar el enorme placer de
sentir en mi vagina esa verga que se había mostrado dura y potente y me
bañaría con su fértil y lubricante leche conduciéndome al más sublime
de los paroxismos.
La seguía calle arriba mirando con
deseo sus contorneadas piernas. Ella caminaba delante de mí con paso cadencioso, con
un contoneo que parecía ir a quebrarse su delicado y sensual cuerpo de
hembra voraz.
Los potentes rayos del sol me hacían enceguecer y
me impedían deleitarme por completo en el espectáculo que se ofrecía
ante mi vista. Un espectáculo de carne prieta, dura, sensual y que
rabiosamente pedía a gritos ser mancillada por las garras de un macho
como yo, con un deseo ardiente, insaciable, incalculable y una verga
que a cualquiera podría parecer descomunal al mismo tiempo que una
necesidad irresistible la haría desearla a toda costa dentro de sí.
Sabía
perfectamente que ella sabía que yo la estaba siguiendo. No en vano su
mirada felina se había clavado en mí minutos antes. Tal vez por esa
razón se deleitaba en su contoneo como si el tiempo no existiera, como
si la calle fuera eterna y no tuviera que llegar a ninguna parte. O
sí... Tal vez tuviera que llegar al punto, ese mismo punto, en el que
habríamos de encontrarnos los dos.
Me llevaba ventaja, pero
su paso exageradamente lento me permitía cada vez más acercarme a ella.
Por fin le di alcance. Los efluvios de su perfume frutal iban a hacerme
enloquecer de pasión.
Agarré su mano con la mía y la empujé
contra la pared pegando mi pecho al suyo. Sentí sus dos pezones, turgentes, erctos, acariciar
mis pectorales a través de la telas que nos separaban. Nuestras bocas
se unieron con deseo voraz. Un sabor inusitado descubrí al morder su
lengua, un sabor acre, ferroso.
Mi miembro erecto parecía ir a
estallar bajo la cremallera del pantalón y gritaba pidiendo liberarse.
Lo apreté contra el cuerpo de ella, lo restregué contra su púbis y a
empellones lo fui golpeando con ansia en un acto de venganza por haber
provocado en mí con su contoneo, con su transparencia, con su mirada
felina, ese deseo irresistible.
La agarré con fuerza e hice
girar su cuerpo para sentir el roce de sus redondas nalgas envolviendo
la dureza de mi pene. Separé sus piernas y quise entrar en ella pero
nuestras prendas de ropa me impedían el acceso. Comencé a elevar su
falda en cumplimiento de mi deseo de descubrir la carne fresca,
sudorosa y escurridiza que se adivinaba bajo ella. Y mordí con
vehemencia su cuello y el lóbulo de sus orejas susurrándole al oído
cómo eran mis ansias de penetrarla.
La volví de nuevo frente a
mí. Desabroché su blusa y descubrí un par de bien provistos y turgentes
pechos que mis manos ansiosas deseaban agarrar, estrujar, y mi boca
chupar, morder, succionar, y comencé a dar rienda suelta a mis impulsos
mientras sentía cada vez más cómo ella se dejaba, se abandonaba a ella
misma para entregarse, para ser mía y sólo mía.
Nuestra
respiración entrecortada, ansiosa, sonora, jadeante, me enloquecía y
quería penetrarla allí mismo, en aquel callejón solitario y soleado...
El
sonido intempestivo de la sirena de una ambulancia a una manzana de
allí nos arrancó súbitamente de nuestro mundo, de nuestro momento. Ella
me empujó bruscamente para separarme y agarrando las dos partes de su
blusa se cubrió pudorosamente sus senos como indicando que había
llegado el fianl de nuestra aventura erótica.
No podía ser
así..., la suerte me hizo divisar un cartel anunciador de un hostal a
pocos metros de allí. La agarré de nuevo con fuerza ante el temor de
perderla y tirando de ella la llevé casi en volandas hasta el hostal
donde en una de sus mugrientas y apagadas habitaciones (no importaba)
habría de sentir el tremendo placer de liberar mi miembro de su
torturante prisión e introducirlo en la húmeda caverna que con la
caricia de sus paredes habría de aliviar mi sed y mi fuego y mis
ansias de descargarme de ese fluido espeso que quemaba mis entrañas y
oprimía las paredes de mis testículos en una dolorsa y acuciante
sensación. Allí, dentro de lo más profundo de su cuerpo, descargaría mi
líquido vital en el más sublime de los paroxismos.
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