Miraba al infinito por la ventana de aquel bar donde siempre se encontraban sus pasiones. Tomó valor y la última gota de un café que se congelaba de frío. Se levantó de la mesa, dejó propina y se fue sin saludar a quien tenía al lado regalándole una despedida.
Llegó a su departamento y tomó aquella caja llena de ilusiones y pedazos de sueños; promesas rotas y cartas románticas. Papeles en donde él firmaba diciendo ser por siempre de ella, fotos en donde los rostros prometían una vida unidos, recuerdos que le quebraron el corazón y se lo astillaron haciendo imposible su reconstrucción. Quemó todo: los recuerdos y los besos; los sueños y las abrazos, las ilusiones y las caricias, y juró nunca más volver a repetir tal locura. Enamorarse.
El tiempo corrió con patas cortas, como las mentiras. Ella endureció su corazón, él le regalaba besos a quien fuera por solo un instante de placer. Ella congeló los sueños y los guardó en el refrigerador del olvido. Él quemó infinitas sábanas en busca del amor que nunca encontró, que una vez había dejado ir.
Un buen día (o mal dia, como mejor convenga), el viento le trajo a ella las cenizas de todo lo que alguna vez había quemado. Ella no le abrió la puerta, él pensó que de una buena vez por todas lo había olvidado. Ambos se equivocaron.
Ella lo sigue llorando.
Él... él es un pobre tipo.
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