¿Recuerdas Fernanda de aquella vez, cuando nos conocimos?. Qué vas a recordar si ya no haces nada. Era en el tiempo atroz de la penumbra. La sangre lo envolvía todo y una violenta dictadura nos obligaba a amar con fuerza. Fue en un acto cultural en la escuelita.
Luego los chicos, las reuniones clandestinas, las operaciones y nuestras pequeñas intervenciones que, de continuar siendo tan modestas, acabaríamos lanzándole fuegos artificiales a los represores. ¿Te acuerdas?. Y luego, esa noche fatal en donde nos encontraron con Luis y Henry. Mala suerte la de nosotros, justo aquel día fuimos a buscar la propaganda. Luis era muy confiado, pensaba demasiado bien de la gente. Incluso cuando allá adentro le daban y le daban sostenía que tal vez sus torturadores se dieran cuenta del error y acabaran con las horas de espanto. Con Henry admirábamos su fortaleza. Así murió el pobre de Luis. Y yo no me morí por que la sola idea de volver a buscarte me daba más fuerzas. Al flaco Henry igual le dieron duro.
Cuando me soltaron esperé mucho tiempo antes de verte, por tu seguridad y por que no podría soportar tu tristeza al verme destruido. ¿Te acuerdas como llegué?. Tu te habías cambiado a la casa de Francisca, la profesora. Me había encontrado con Henry, quien me dió tu dirección. Antes de llegar pasé a la tiendita allí donde alguna vez viste unos zapatos de taco medio de color rojo italiano. Fue allí donde los compré y puse en el interior de la caja dos claveles blancos, flores que, habíamos decidido, serían el símbolo de todo lo nuestro. Al llegar a la casa, me abrió Mario, el marido de la profesora. Como tenía buen humor te avisó que traían un paquete para ti. En cuanto me viste te echaste a llorar (yo también) y me abrazaste dos infinitos y medio.
Al tiempo decidimos casarnos ¿Qué otra cosa podríamos hacer?. Luego, nuestros pequeños. Canela que constantemente sonreía, incluso desde muy pequeña y Víctor que siempre fue muy retraído. Los cuatro éramos insuperables. Cuando crecieron los chicos y comenzaron a acompañarnos en los actos culturales y manifestaciones, los veia como nuestra prolongación, un signo claro de mi orgullo.
Ahora no dices nada, pero antes nadie te podía parar. Eras tan locuaz y tan convincente. Cuando llegó la democracia siempre dijiste que eso era una gran pantalla y que acabarían gobernando los mismos que nos hicieron mierda. Dicho y hecho. Aprendimos de la desesperanza y entendimos que el cinismo sería la base del discurso gobernante. ¿Te acuerdas del gordo Viscarra?. Ese, que ahora es diputado y tiene los oídos con cera. Quién pensaría que nos olvidaría a todos si era uno de los más radicales cuando hacía uso de la palabra.
Yo se Fernanda que no te acuerdas y eso es triste. Por que desentenderse de lo nuestro es una forma de negarlo. Pero también se que no puedes recordar así como yo lo hago. ¿Cómo olvidar todos los años en la casita azul donde nos fuimos a vivir al campo?. ¿O la vez que le encontramos a Víctor una carta de amor? ¿O las tardes que pasábamos cocinando, tu con tus budines y yo preparando salsas?. ¿Cómo obviar que fuiste tu quien me dio vida después de la tortura?.
Tengo la memoria viva, Fernanda, tan viva que me angustia. Recuerdo nuestros perros, el loro Paco, el caballo Quijote, que te regaló tu tío. Recuerdo tus olores, sabores, la foto que nos tomamos en las cascadas, nuestro cuarto oscuro de revelado, el viaje al sur. ¿Cómo olvidar aquella tarde de sol cuando fui a ver el partido donde jugaba Víctor?. Ese mismo, Fernanda, que se suspendió por lluvia. Y pasé a dejar a nuestro hijo a la casa de su abuela. Ahí fue cuando se me ocurrió comprar la botella de vino y un trozo de carne a modo de sorpresa, para cenar en la noche. Todo eso y las ganas de verte en el babydoll granate de seda. Cómo olvidar que cuando entré no te encontré en el primer piso y me dio por subir con sigilo la escalera, resabio torpe de la dictadura. Cómo borrar de la memoria las últimas imágenes viéndote a ti desnuda y contorsionada siendo poseída por Henry, convertido en el mismo demonio de la fornicación.
Hoy han pasado doce años compañera, desde aquella vez cuando te di muerte a balazos y dejé mal herido a Henry. Una tarde marrón me esperaba fuera de la prisión y una nube de arenilla me señaló el camino. Venía con toda la disposición a olvidarte igual que tu, que ya no puedes recordar. Pero me vi en la obligación de dirigirme a ti cuando pasé por aquella tiendita, esa donde una vez te compre los zapatos nuevos.
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