DONDE EL SOL NO LLEGA

 


La certeza de saber que estás aquí, me produce una tranquilidad parida. Ojalá te mutilasen – pensaba  mi madre - ¿cómo te las arreglarías para correr, para manejar, para vivir? ¿Qué más da, si te cortan la cabeza o el interior de interiores?, ¿qué más temor puede causar ver a un desarticulado mono de trapo, tratando de modular algunas sílabas guturales o ver a un hierático cascarón, que hiede a vacío?
-Dos veces saca la cuenta, dos veces mutis... mutis. ¡Ah, claro!, ¿cómo no me di cuenta antes?. Mamá, los gatos ya no quieren caminar por mi espalda.
-¡Qué disparate!, si con sólo ponerle leche, gotas de leche alrededor de los bigotes, seguro que responden,  -me decía.
-Mamá, la noche está oscura, me dejaste solo y se apagó la luz.
-Carmencita Rosario, ¡ven! – llamaba la vecina – te buscan. Un señor que dice conocerte desnuda, - las hermanas que jugaban cerca, ríen junto a la vecina.
-¿Quién será aquel que lo dice -. Se preguntó Carmencita Rosario. ¡Claro!, él era pues, él, nadie más podía ser, dos veces él y punto.
-Aún no estoy lista, recíbelo, por favor, Eusebia.
-Javier, ¿cómo estás?, ¿cómo está tu madre?
-Muy bien, Carmencita R.
-No, yo soy Eusebia, cuando me cambie los calzones seré Carmencita R., porque me pondré los rosados, adiós.
-Javier, ¿me puedes dar tu dirección y teléfono para anotarlo y después botarlo?.
-No faltaba más María Estela, pero, ¡y si lo retienes, no importa?.
-¡Qué va!, ¡claro que no importa!, si al llegar a la esquina, me subo a la micro y lo boto, ¿bien?.
Así, pasa el tiempo y los problemas de nuestras canciones, siguen siendo blancos, ningún teñido algo rojizo, blanco, endeblemente blanco. – Todo acaece, cuando la luz del alba – pensaba insistentemente Javier – los azules más azules, los negros más negros.
-¿Cómo está vecina?.
-Javier, Javierito, ¿puedes subir hasta el fondo de mis entrañas y sacarme hacia fuera?, ¡tengo tanta angustia!.
-¡Como no, vecina!, ¡voy al tiro!.
¿Qué sucedía en la vorágine de ideas, que iban, venían, se daban la vuelta y volvían?
Javier nunca tuvo vida, si a esto se le puede llamar vida.  ¡Qué misericordioso! ¡Qué alumbrar, se le suscitó en su cabecita, para aterrizar los aeroplanos ideológicos más absolutos!... ¿ocho?, ¿nueve?, ¡jamás!.
Javier, Javierito, sucede todo el día, cuando las nubes son empujadas por los ángeles y topan tus narices. -No te equivoques y me propongas enlodar las mejores dimensiones de mi cintura y adelgazar, decía mamá.
-Mamá, me decía Javier, yo no puedo con esta madeja de espeluznantes y embobinados pensamientos. Eso, lo decía besando los pezones de su madre agónica, en cada uno de ellos se iba su vida, pero, sabía que así debía ser.
-Mamá, yo sé que no te gusta, pero, tú siempre me dejaste hacer lo que yo quisiera.
-Sí, sí, sí, Javier siempre susurraba a mis pies y conseguía todo, porque a mí, una de las cosas que me agradaba, era, que Javierito,  estuviese en cuclillas delante de mí, mirara hacia arriba y viese mis calzones todos rotos, sarcásticamente rotos, sin elásticos, a punto de caer, sujetándolos sacando mi guata abultada, de tanto pan, dulces y chocolates.
-Mamá, en la oficina, el jefe me dijo, que debía afeitarme y bañarme todos los días. ¿Qué puede importarle, si yo cumplo con mi trabajo?.
-Javierito, niño mío, da las gracias al señor del terno guinda, por hacer que estés siempre a mi lado, sin abrir la boca, nada más que para besar mis pezones.


¡Umm!, un día Javierito no despertó más, no anunció más su vida, no gesticuló más sus manos, o sea, se quedó tieso. Causa, causa común y corriente, la soledad lo envolvió tenazmente en sus garras, absorbiendo todo, desentrañándolo entero, dejando seco el vientre, la cabeza y los pies.

Mordiendo cada día más fuerte ahí, justo al lado de los pezones de su madrecita, que al darse cuenta – si es que se dio -, decía – ¡qué feliz soy!, ¡qué bien!, ¡suena todo en mi pecho!, ¡mis senos ya no serán tocados jamás por Javierito -. Saltaba, corría de un lado a otro, se arrodillaba quejándose siempre, mostrando sus pelos negros arraigados, lacios, desordenados.
La casa blanca, las paredes excelsas de blancura, blanca leche, esparcida por los rincones más insólitos de la casita, al medio, un tren al infinito.


Cuando recuerda a Javier, Carmencita Rosario, se descorre un velo de su cerebro, lo recoge, quedando algunas puntas colgando, para no revelar todo,
Por supuesto, y nos dice. – Veo a Javierito, caminando en el cielo más oscuro de la noche, insertando los grises y los no tan grises, dando un color plomizazo, blanquecino... y Javierito rozando sus manitas por las paredes cubiertas de leche, hasta que se les ponen negras de moradas que están, se las aprieta una contra otra y salta Javierito, de uno en uno sus dedos desarticulados. En su boca los pezones de su madre, casi momificados-.
¡Cómo quisieran, Carmencita R:, y María Estela, ¡aah! Y Eusebia, la de los rosados que fuesen los suyos. ¡Ay, Javierito!.


Maria Estela, llora siempre las memorias de Javier. ¿Dónde está?, ¿qué estará haciendo?. Se queda en silencio, vive cada vez las noches de verano, cuando salían bajo la luna grande reflejándose en las aguas del mar.  Daban ganas de caminar por esa senda fosforescente y misteriosa, que invitaba a perderse en las aguas profundas y desafiantes de ese mar tan especial, en el que eyaculaba Javierito cada vez que lo veía, mojándose los pies, adormecidos de tanto correr, huyendo de las olas que cubrían hasta los senos de la luna, que eran dos cráteres completamente abiertos, salivientos, que desde esa lejana distancia, estilaban dos gotas de mar calientes. Ese era el camino que se nos reflejaba enfrente, dos gotas perpetuas, mojadas hasta abrir el mar en pedazos cortitos y entregarlo sin más pasión que así. Aquí está el rostro de vuestra vacilación, de vuestra duda. No hay nada más certero que encontrar a Javier y María Estela, impregnados de visiones reales en un oasis que es la vida. Así, totalmente aislados, asilados el uno del otro, con su madre mirando opuestamente hacia ellos, rígida comulgando todas las hostias del mundo, para poder santiguar sus virtudes y querer comer pecados a diario, desgarrados por su boca grande, como una cueva de vinchucas, expeliendo el mejor de los whiskies clandestinos.
Goteando espermios por los ojos y por los dedos enhiestos, gaviotas todas juntas, todas blancas, de pan, de agua, blancas, redondas, palomas, diamantes gorriones. Pájaros todos, entre ellos Javier. Que quiso alguna vez volar por su propia ala, pero madrecita siempre al frente. - ¡No!, ¡no!, ¡no! Te puedes caer, te puedes pegar, no puedes, no debes, te, te. ¿Qué mal le haría sacarse la cresta, alguna vez?.


-Siempre estuve pegado a los pezones de mi madre, besándolos, acariciándolos con mi lengua, rozándolos con mis ojos y nunca, hasta que se los arranqué de raíz, pude zafar esa cadena que me ataba, sin embargo, justo en ese momento, quedé tieso, como cuenta mi autora, tieso de pura rabia, de pura vida. Y, aquí estoy, ¿vida después de la vida?, ¡no!, escapé tan lejos como pude, estoy fuera de este cuento, fuera de la cabeza de aquella que me inventó. Ahora vivo y ella y mi mamacita pueden creer o querer mi muerte, desear que no nos encontremos más allá de nuestras narices. ¿Qué quieren?, si ya soy más que ustedes. Ya no sigas inventando historias mías, ni cuentos, soy vida propia; ¿Javier?, ¿Javierito?, ¡no!, ¡soy Javier!, el que puede ser feliz succionando toda mi extracción de pobre infeliz, de amargado sin nombre, de imbécil, de idiota enamorado, lo que tú quieras, pero, soy yo, Javier.
Así, María Estela quedó sin imaginación, ya no cuenta nada. Javier la poseyó como a su madre, como a Carmen Rosario, la de los rosados y a Eusebia... ella camina por el desierto, en círculo de día, en circulo de noche, no se pierde ni se encuentra, sólo camina yegua camina.


-Cuando hay que hablar, hablemos – decía Javierito, con su semblante vendado de angustias, los surcos en su frente eran viscerales. Nada en él traslucía la falta de formalidad que en realidad cargaba, a raíz de esto, Javier tenía una forma especial para contar sus cosas. - En una noche de silencio, caminando por oscuras calles derretidas en mi espalda, haciendo torrentes en mi piel, luciendo mis galas de costumbre, sentado ¿dónde?, ahí, en la playa mojada de energía, contaminada de desnudos.
¿Caprichos?, al fin y al cabo, dos, dos de aventuras. Dos de baños hasta el pescuezo. Pasos silentes, caja en mano, humos, humos que dibujan el aire, la calle, también tu cara. Orgullo sobre orgullo, sutil aroma a ser humano, robusto piernas largas, pasos, calzados, bototos y zapatillas diluidos en el aire. ¿Cómo te podría decir?, ejem, ejem, y ¿ahora, qué hago?, ¡claro!, mmmmh, hazte un poco más allá, más acá. ¡Qué sé yo!, ¿tu mano?, jamás, ¿cómo se te ocurre?, ¿yo?, ah, si, ¡claro!, ¿qué quieres que te diga?, ayer fue glaciar y hoy telarañas, medias de encaje, ¿encaje?,  ¡cómo no!, y yo y tú... oye, ¿qué haces?. Busca, busca, busca y entrega, ¡esta sí que es buena!. Suenan paneles y mi imaginación a la mierda. ¿Yo?, ¡claro, sí!, uuuffff, yo, tú, no, se te ocurre, ¿qué?, ¿diez?, cincuenta si quieres ¡aaah!. Serpientes, baños, horas, yo, yo, yo, yo, tú, tú, tú... ocupado.


De pronto se encontraba frente a Carmen Rosario, frente a una vida irreal preguntando siempre, - ¿qué dije?, ¿qué hice?.
-Nada, sólo hablaste, - decía Carmen Rosario – palabras de ensueño y pesadillas, ¿qué hiciste con tu vida, Javier?, ¿con tu forma sencilla de ser?, ahora que estás aquí, nadie puede alcanzar esos disparos del aire hacia nosotros, ¿qué hicimos contigo?.

Javier suavemente tomaba sus manos, las estrujaba hasta hacerle sentir  sus dedos, - Escucha, todo lo castrado o reprimido que estoy, se lo debo a mi madre. Ella fue mi progenitora, me absorbió por completo, sacó lo bello que pudiera tener Javier, ese Javier de hermosos ojos, hermosos dientes, y un rostro perfecto, sin embargo, me dejó solo, nada más que en la forma, el fondo siempre fue de ella.
¿Has sentido cuando te elevan del pelo y no tocas el piso?
-No sé, no creo, le responde Carmen R.. –
-Bien, eso vivía todo el tiempo, con la variable que al estar en el aire, me lanzaba de cabeza al barro podrido restregando mi cara con las piedras, comiéndome los gusanos. – Pero, estos gusanos son saludables decía ella. -Creo que me torturaba por equivocación, por ser su hijo en vez de su compañero de vida. Sentía el amor de mi madre, caía con fuerza sobre mí, acariciándome como a su hijo, para luego hacer el amor. Yo respondía porque era mi madre y la amaba sin condiciones, tratando de entender sus torturas. Éramos la pareja perfecta, yo, su hijo, amante fiel e incondicional, admirándola por su dedicación a mí. Me enseñó el amor, la vida, con todas sus pérdidas y ganancias, con sus jugadas. Sus besos eran apasionados, su sensualidad respetable, descubrí la hembra que había en ella, cada día era más insinuante, y logramos establecer una relación de hombre y mujer.
Fue la única mujer que me amó de verdad, eso creí yo, me estimulaba y satisfacía mis deseos por completo. Era perfecto, nunca encontré nada igual, nadie más que ella, mi madre, era mi madre. Encontré sólo mujeres, nada especial.
Quedé huérfano, ya no viví más, no quise vivir más.

-Tú, Carmen R., me encontraste por casualidad, esto que te cuento, debe ser tuyo para siempre, jamás salir de tu boca, no se puede publicar bajo ningún pretexto, además, no te creerán, nadie acepta que un simple mortal cuente sus amores con su madre sin restricción. Que fue feliz con ella sexualmente, ni siquiera Edipo, pues se angustió de tal forma que se aniquiló por completo.
Yo fui feliz con ella, dándome cuenta de quienes éramos cada uno.
Carmen R. Escuchaba con atención sus palabras y por su mente vagaban un sinfín de dudas.
-Javier, ¿cómo puedes haber amado a tu madre con tal fuerza y hoy no sentir nada?.
-Así como la amé llegué a odiarla fervientemente, la odiaba por ese amor grande que existía, que no daba para nadie más, nadie más que ella y yo. Me fui encerrando, cada vez más pequeño, más inhumano. Era ella, sola y única, mi gran amor, mi gran y repudiado amor. La odiaba y no quería salir de esa situación, no la dejaba nunca, sentía celos de cualquiera que se acercara, que hablase o mirase. Todos eran mis enemigos, no había vecinos, conocidos, primos, nada.
Solo intuía y allí aparecía, a su lado, por debajo de sus piernas y entre su cintura.
-Javier, Javierito, pórtate bien con tus vecinos, con tus compañeros de juego. No podía.
-¿Te das cuenta Carmencita Rosario, cómo algo tan fuerte y hermoso, puede destruir la vida de un hombre?.

Antes, Javier nunca fue, siempre fue ella, mortalmente de ella. Las torturas, tanto sicológicas como físicas, fueron administradas paulatinamente, poco a poco, sin que él ni nadie que estuviese cerca, se diese cuenta real. Sí, era una mujer siniestramente inteligente, nada que decir, nada que argumentar.
Todo lo hizo para su propósito, su hijo, su único y amado hijo.

 

Hoy Javier camina por las calles del siquiátrico más grande que existe, nuestro mundo.







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Comentarios:

Escrito por: Jadi       05/12/07 22:26
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Antes que nada, amiga, felicidades por el poema del mes de noviembre... ¡te lo mereces!
La historia es fuerte y osada, según la veo yo. Se nota en tí la facilidad para meterte en las profundidades emocionales y psicológicas de la angustia, la ansiedad, la paranaoia... Fuerte, fuerte y conmovedora.

Un abrazo,
Jadi
Escrito por: Maledetapalabra       29/11/07 13:42
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Al carajo,voy con quizas una exageracion,como nachito voy a leerte en esta historia muchas veces,y la exageracion tiene que ver con la fuerte emocion que me dio leer y releer el Coloquio de Monos y Una de E. A Poe, es la misma que estoy sintiendo ahora,es realmente una catarata intensa de cosas muy fuertes y profundas,te felicito de corazon Dilcia.
Escrito por: perrosabueso       25/11/07 13:59
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Empece a leerlo, pero con la novela encima, necesito todos los sentidos para disfrutarte. Ya vendre mas lueguito.
Escrito por: patricio       25/11/07 02:07
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Me olvidaba de la temática. A mi me gustan los temas raros, en este caso una relación incestuosa. Lo que mas me gusto fue tu sensibilidad de darle el giro de que el tipo esta hecho mierda por la intensidad de ese amor y no por sentimientos de culpa o nada tan poco original como eso. Bueno, creo que eso es todo. Chau.
Escrito por: patricio       25/11/07 02:06
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Esto si que es de mi estilo (no estoy diciendo que yo pueda escribir así). Bien loco, una escritura agresiva, que se impone. No me dio tregua, eso fue lo que mas me gusto, que no pude hacer pie en ningún momento, que a cada rato me golpeabas con frases como:

“¿qué más temor puede causar ver a un desarticulado mono de trapo, tratando de modular algunas sílabas guturales o ver a un hierático cascarón, que hiede a vacío?”

“cuando las nubes son empujadas por los ángeles”

“no puedo con esta madeja de espeluznantes y embobinados pensamientos”

“Suenan paneles y mi imaginación a la mierda.”

Y muchas mas que me frotaban los ojos. Como un papel de lija.
Escrito por: Rina       23/11/07 21:29
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Amiga, tuve que leerlo dos veces para entender el mensaje...una lectura muy complejo, profunda...
Muy interesante
Nos estamos leyendo
Besos

PD: Ya comenzo la campaña comentario recibido dos por hacer
Escrito por: sgrassimeli       23/11/07 17:05
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Crudísima...repulsiva...profundísima (de dependencias retroalimentadas, identificaciones, soledades)...oscura y clara...escribís de una manera muy personal e inteligente hay que pelearse con los sentidos para encontrarle el significado a estas letras.
Ah...felicitaciones por el poema del mes.
Saludos. Silvina.
Páginas: 1

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