Se la conocía con el título de médica. Era una viejecita de cara maternal, abierta, aunque totalmente cubierta de arrugas, pues las tenía horizontales en la frente, ciento de ellas; inclinadas que convergían en el mentón; otras tantas en los carrillos, en los labios y hasta en la nariz; su cuello, flaco y alargado, era un laberinto de venas abultadas y entremezcladas con surcos que venían de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, hasta formar una verdadera trama de arrugas y contraarrugas. Sus manos chicas pero huesudas se movían, sin embargo, con cierta gracia cuando conversaba. Su voz era la de la abuela buena de los cuentos de hadas, y su mirada un desparramo de buenura que gustaba. Vestía siempre de oscuro, preferentemente una larga pollera negra con grandes pliegues que, si bien le marcaban la cintura, la hacía desaparecer cubierta por una segunda envoltura ropil de la misma tela y color, a todo lo cual se agregaba el jamás olvidado rebozo negro que cubría también su cabeza.
En resumen: un conjunto de arrugas en torno a un esquelético cuerpo de mujer anciana, cubierto de trapos negros; con un permanente pucho que a cada rato se apagaba, exhalando el característico olor a tabaco barato quemado, mezclado con el olor típico de las viejas fumadoras.
Pero dentro de este montón de cosas viejas y deprimentes había un alma pura, tierna, santa, dispuesta siempre a servir a los demás. Nunca se fue nadie de la casa de doña Epigmenia sin llevarse el yuyito adecuado para curar el dolor de vientre, la disentería, el empacho del nene, la culebrilla y hasta el mal de ojo. Penetraba en el alma de la gente con su mirada tierna y profunda ante la cual se prodigaba como ente humano que lo da todo sin pedir nada. Su retribución como médica, nunca pasó de la media bolsa de maíz, algunos zapallos, choclos, charqui o cualquier otro comestible que le eran regalados. Ella jamás cobró nada. Era incapaz de hacerlo.
Gustaba de visitar a sus vecinos, y, cuando ya sus piernas no le respondieron, la iban a buscar para que siga haciéndolo, conforme a sus deseos.
Su fama tenía un doble motivo: sus conocimientos médicos y su exquisita personalidad de mujer buena. Escuchaba con verdadera atención al paciente, mirándolo con naturalidad maternal; o a su intermediario, si el primero no podía trasladarse hasta su casa; observaba las aguas (la orina) que le llevaban en un vaso liso que miraba a trasluz, contra el sol, viendo así los reflejos que se dibujan en un papel blanco. Luego diagnosticaba, y recién entonces recetaba. Cuando alguien moría, doña Epigmenia era la primera en ir al velatorio y concurrir al novenario; la primera en ofrecerse para ayudar, la primera en llorar al muerto.
Por cierto que no faltó quien la acusara de tener tratos con el diablo, o de ser la más bruja de las brujas conocidas. Nunca se hizo eco de estas habladurías;... y si de verdad era una bruja, fue la única bruja buena que conoció la zona.
Completamente sorda y casi ciega, con sus cien años de vida a cuesta, sus vecinos la encontraron sentada en la silla baja, de asiento de cuero, que ocupaba siempre que tomaba mate, con un Cristo y un Rosario entre las manos, sonriente sus labios, tiernamente cerrados sus ojos, muerta.-
Nota de autor: Historia en homenaje que brindo pos mortem a doña Epigmenia, curandera de Villa de Merlo.
|
Imprimir |
Enviar historia |
