Me dedicaba distraído a contemplar su cuerpo abandonado a su suerte, a su mala suerte y veía con indiferencia como ella pasaba las tardes sentada en mis recuerdos de ti, pensativa, como esperando un olvido que sabía que quizá no llegaría nunca.
Su paciencia acababa por ponerme nervioso y entonces la gritaba, lanzaba palabras amargas sobre las grietas de su cuerpo que comenzaba a abrirse. A veces habría querido abandonar ese presente , cerrar los ojos y pasar la tarde en mis recuerdos de ti pero acababa siempre sumergido en su cuerpo de fuego. Después, un humo divagaba indiferente por la habitación y sentía el deseo de quedarme solo. Ella, que si algo sabía hacer era leer mi indiferencia, se vestía deprisa y en silencio para no molestarme y se cerraba la puerta y se encendían de nuevo todos mis recuerdos.
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