Mi despertar es un despertar simple, sin mayores sobresaltos. Esta madrugada no fue igual; tu sudor, tu suave piel, tu respiración eran tan vívidas en mí que no pude distinguir entre sueño y realidad. Era tan cierto lo que seguía sintiendo que no quise siquiera entreabrir los ojos para eternizar la sensación. Tus labios, tus brazos, los humores que nos recorrieron, todo merecía revivirse tanto como sea posible.
Respiré lo más lento posible, me limité a sostener una tenue entrada de aire y a dejar salir los gemidos que imaginarte me provocaba. Casi sin darme cuenta posé mi mano sobre mi pubis y comencé a recorrerlo como lo había hecho tu lengua; mis dedos fueron por un momento la réplica de los tuyos. Mis piernas se abrieron y dieron libertad a ese mundo de sensaciones que no parecía tener fin. Sin poder abrir los ojos y casi por asalto sentí que apartaban mi mano, y continuaban la tarea a la que estaba entregada por completo. Con una sonrisa de sorpresa y placer luego, recordé que habíamos decidido despertar juntos, para poder revivir lo que sentimos antes de fundirnos en ese cálido abrazo que albergó nuestro sueño.
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