La sábana blanca que evidentemente cubría un cuerpo, caía en una cascada tétrica dejando unos pies varoniles al desnudo. Toda la escasa claridad del lugar volcábase sobre la pulcra tela blanca vislumbrando tenuemente el perfil humano, que asumía de este modo, contornos irrealmente fantasmales.
Ahí tiene usted el cuerpo de la víctima dijo el policía con acento sarcástico.
Entonces ambos se acercan y por un momento, Ricardo dudó y como si sus movimientos adquirieran una movilidad ilusoria, levantó tembloroso aquel paño, todo pareció trastocarse, entró en estado de pánico, la camilla, el cuerpo y la sábana adquirieron formas precisas y duras, como si todo hubiese sido despojado de aquel halo de misterio que lo rodeó desde el principio.
Fue un golpe que lo dejó casi frío a fuerza de ser horroroso, Ricardo musitó palabras incomprensibles y desde el fondo de su alma emitió un grito gutural y penetrante, que se escurrió a través del viento esparciéndolo por toda aquel pueblo endemoniado, removiendo en remolinos breves, hojas secas y arbustos deshojados con olor a muerte. Su movimiento se había congelado y aún permanecía con la sábana levantada viendo el cadáver. Cerró los ojos y se sentó en el suelo en actitud de entrega, sollozaba y gemía como un animal en sacrificio, en ese instante sintió de nuevo la hostil y nebulosa presencia de la locura, intentó abrir los ojos para recuperar la realidad, pero un mal presagio se interponía entre sus deseos y la verdad. Como un esbozo ilusorio, recordó a su reciente compañera.
Patricia, Patricia pronunció entrecortadamente e intentando verla entre sus lágrimas espesas.
Chist, chist... se apresuró a decir Patricia, mientras lo ayudaba a reincorporarse.
Después hablamos, ahora debes descansaragregó ella con voz maternal.
Ricardo, recibió su ayuda con absoluta confianza. Sometido, con paso cansino y sus pensamientos confundidos, se dejaba arrastrar por Patricia, no lograba dar crédito a todo aquello que estaba viviendo. Al llegar a la puerta sintió que el alma se le congelaba y los huesos se le desarmaban, tanto era su dolor que no fue capaz de espantar aquellas moscas inmundas que insistentemente le golpeaban el rostro y le nublaban el camino.
Debo marcharme dijo como si nadie lo escuchara.
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