La navaja, tan filosa como una hoja de papel, resbaló de su mano ensangrentada. Sorprendido y pasmado Carlos cayo de rodillas al piso lloraba.
Había deslizado frenéticamente la filosa hoja por entre la garganta de Arturo, como si fuera mantequilla cerceno su cuello sin darle tiempo siquiera de gritar, la sangre brotó sin control tiñendo de carmín la escena.
── De acuerdo, te daré lo que tengo ── había dicho Arturo llevándose la mano al bolsillo trasero de su pantalón dispuesto a sacar su billetera y entregarle todo de lo que disponía. La adrenalina recorrió el cuerpo de Carlos en un segundo, un temor incontrolable se apodero de el, había sentido un ligero escalofrió, tal vez imagino a Arturo desenfundando un arma y busco la salida mas rápida para deshacerse del miedo.
── ¡Dame todo lo que traigas! ── había dicho balbuceando las palabras, la mano con la que sostenía su arma temblaba, sus piernas también se sacudían por debajo del pantalón esponjado más grande de lo normal, el sudor frió que bajaba del gorro de lana sintética que cubría su maltratado cabello, le resbaló por la cara. Una ligera voz en su interior lo hacia sentir culpable, pero ya no había marcha atrás.
── Tranquilo hermano, tranquilo ── le había dicho Alberto, levantando las manos ala altura de su pecho, interponiéndolas entre su humanidad y el ampón que lo amenazaba. Arturo salía de su trabajo, sus bolsos estaban vacíos, su billetera no tenía más que un puñado de centavos, suficiente para trasladarse a su hogar donde sus tres pequeños hijos esperaban. Carlos le saltó enfrente, lo apunto con su navaja volteando a todos lados, nervioso y asustado.
── No te muevas, no grites o te mueres ── había dicho Carlos, después de saltar en la esquina mas oscura y solitaria de la ciudad. Un hombre muy bien vestido salio de una elegante casa, se acomodo la corbata y comenzó a caminar en dirección a Carlos. Era Arturo, que venia maldiciendo a sus patrones por aplazarle el pago, después que le pagaban una miseria, lo hacían esperar como si no tuviera necesidad. Arturo era el chofer de una familia no muy reconocida pero nada falta de recursos, tenía no más de tres meses trabajando para ellos, después de andar desempleado por más de un año. Sus tres hijos lo esperaban en una pequeña cabaña construida con la madera que sobra en los aserraderos, hojas enormes de cartón con el que hacen los botes de leche cubrían el techo, la madre de estos niños había muerto no hace mucho, obligando a Arturo a hacerse cargo.
── Anda no tengas miedo, mira ya salio, hazlo como te dije ── fue lo ultimo que le dijo a Carlos el mas experimentado ladrón de la cuadra, el le había hablado a Carlos acerca de la familia que ahí vivía, son unos avaros le decía, también dijo que sus negocios no eran tan lícitos. Era la primera vez que Carlos se decidía por el camino torcido del vandalismo, lo habían corrido de su casa por no aportar nada, por estar ahí aplastado en el sofá esperando la siguiente comida. La vida fuera de casa no fue tan fácil como el creyó, pero su carácter no era el de un delincuente, ni siquiera tenia el valor suficiente para hacerlo, mas la necesidad cubrió su miedo
── Papi cuando vuelvas del trabajo nos traes un chocolate ? ── el mayor de los pequeños le dijo a Arturo. Antes de ir al trabajo compro tres barras a pesar de quedarse sin nada más que lo necesario para transportarse había pensado en volver con sus pequeños para dejarles su pequeño obsequio, pero si llegaba tarde seria despedido
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