Era de esas noches, que el calor sofocante se enredaba a todas las cosas, empalagoso abrazado a la oscuridad que no lucia su traje de estrellas.
Pero había algo más extraño aún, esa noche, a pesar del calor y la humedad, no había insectos ni un solo mosquito, ni una molesta mosca, nada ni cucarachas ni gusanos, ni siquiera un grillo se sentía a kilómetros a la redonda.
Al salir decidido a ver que pasaba, fue absorbido por ese clima extraño, no corría una brisa, ni un suave aire, las hojas de los árboles parecían petrificadas y bajo los faroles de la calle no volaba siquiera una desahuciada polilla.
Silencio, calor y noche mediante comenzó a transitar las calles. Ni un alma nadie, ni un perro que olvidara su sombra al doblar la esquina y sobre todo no había insectos.
Recorrió todas las calles de su barrio buscando una explicación y no pudo hallarla, agobiado regresó por la misma soledad que se había ido.
Frustrado y con hambre pensó en los avances de la industria química, los aerosoles, repelentes, insecticidas
-¡Ja!-se sonrío el mosquito-habremos muerto muchos, pero estos insectos se suicidaron solos y mataron a sus larvas.
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