Desde la ventana.

Categoría(s): Cuento.

El día soleado del funeral de Mariano Rosas Negras, desde la ventana de la gran casa en ruinas ubicada frente a la catedral, lloraba de alegría Quitania, quien había compuesto para él las últimas melodías que dirigió en el encuentro de música clásica de la ciudad. Mientras tres de sus amantes ingresaban vestidas de colores exóticos tras el ataúd, la joven no podía evitar ese tipo de risa macabra que después conduce al arrepentimiento.


Cuando  finalizó el espectáculo de ingreso  al lugar sagrado en que se bendecían los cuerpos antes de enterrarse en el otro mundo, Quitania se sentó frente a un pentagrama vacío para imponerle las notas de su próxima gloria, a la venganza narrada en un compás de cuatro tiempos; pensamiento que días atrás la había perseguido haciéndola alucinar con el triunfo de sus composiciones.


 El piano abandonado entonaba cada sonata sin refunfuñar. Iba plácidamente variando  los tonos, en una confusión de los más graves con los más estridentes, que se producían con el paso delicado y cruel de unas manos angostas que al extenderse alcanzaban un metro de largo. Ante este fenómeno, los vecinos de ambos costados de la mansión que alguna vez había sido del Conde de Talerín, asombrados sacaban sus cabezas por las persianas para averiguar de qué se trataba eso que intentaba tomar posesión de un milenario torbellino de sonidos.


Nadie se atrevió a cruzar el portón de entrada  por la invasión de gladiolos que la hacía tenebrosa; tuvieron que esperar a que cesara el bullicio armónico para poder dejar a sus hijos revolotear de nuevo por las calles y continuar con sus quehaceres domésticos. En el panteón, los sepultureros echaban las últimas tres paladas de arena seca sobre el cajón de aquél maestro que era acompañado por una fila de seiscientos sesenta y seis desconocidos, que escondían los rostros mojados y las miradas desviadas, en ese horizonte sin fin en que desaparecía para siempre.


Quitania ahora con el poder de hacer valer el trabajo al que había dedicado toda su niñez y parte de su juventud, comenzó a cortarse  las partes más extremas de sus catorce dedos de las manos, y con paciencia remendó una a una sus heridas, dejando un espacio para coser las uñas que antiguamente los decoraban. Durante el proceso no sentía dolor alguno de sólo pensar que su director de orquesta  ya fuera parte de la noche, de la oscuridad de sus sentidos.


Al amanecer, repasó con cautela de no ser observada, la ruta emocional de sus canciones y supo que con ellas no llegaría a la cárcel ni al hospital psiquiátrico sino a un lugar preferencial en los libros de historia. Una semana más tarde, decidió dar a conocer su obra en una plaza pública, pero cuando hizo vibrar al escenario entero con la ironía de sus desorganizados arpegios, apareció una sombra envolviéndola y de repente se la llevó dejando tras de sí  una estela verde, profunda y asfixiante como la del prado del cementerio central.


De los  asistentes al concierto poco se sabe, pues la mayoría perdieron su facultad del habla. Los habitantes de la ciudad que estaban despiertos a las 6:00 p.m, hora del desacontecimiento, desde la habitación con ventana más próxima a las gárgolas de la catedral,  han empezado a escribir esta historia de amor.

 

Lo hacen siguiendo un automatismo silencioso, como si su conducta la rigiera un contrato de ultratumba, cuya garantía de cumplimiento reside en la amenaza de ser devorados por Rosas Negras y Quitania, almas de un mismo monstruo.

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Comentarios:

Escrito por: Escribana       10/10/07 17:39
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Wow... Gran historia! Ni le sobra ni le falta ^^
Páginas: 1

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