Demasiado

Categoría(s): Cuento fantástico

Tal vez todo empezó así, sencillamente, empezando, como ocurren todas las cosas importantes en la vida. Los accidentes sólo suceden cuando no tenemos miedo de sufrirlos; las enfermedades aparecen cuando no tememos padecerlas y el amor... bueno, enamorarnos no sucede a algunos de repente, cuando creemos que nuestra vida ya está completa, que estamos realizados.

En su caso, la cosa fue tan sencilla como ponerse a escribir. Nada de reflexión, ni mentalización, ni motivación. Simplemente prender la computadora, abrir el procesador de textos y escribir. Sin notas previas, sin esquemas mentales. Sólo ir uniendo letras hasta formar sustantivos, verbos, advervios, preposiciones, artículos, gerundios. Así, todo ello junto hasta formar una, dos, siete, nueve frases y luego un párrafo y otro y otro y otro... En un día, con sus correspondientes pausas relajadas, redactó cinco cuentos. Un dolor en la espalda le hizo irse a dormir.

Al sonar el despertador la mañana siguiente, resolvió no ir a trabajar y quedarse en la casa escribiendo. Tras el desayuno, de nuevo se puso en el teclado. Almorzó a las seis de la tarde, principalmente porque coincidía con su cuento número seis de ese día. Sin embargo, mientras comía no pudo resistir el impulso y comenzó a escribir notas apresuradas en una libreta que compró en ese mismo momento. Apenas regresó a su casa, transcribió las notas al soporte electrónico y continuó desarrollándolas. Ese día terminó con un saldo de once escritos, desigualmente largos, pero todos dentro de la longuitud exacta que requerían los argumentos para su desarrollo.

Mientras trataba de dormirse, su mente cayó en cuenta que, tras un largo período de sequía creativa, tenía en su haber dieciseis cuentos nuevos, completamente originales, y casi completamente diferentes entre sí, tanto de temática como de género y hasta de estilo. Y sentía que había más en su interior. No podía verlos en ese momento, pero los sentía bullendo, ansiosos por salir, por plasmarse en la página en blanco.

Tampoco al día siguiente fue a trabajar. En su lugar, visitó a un amigo que conseguía vivir de lo que escribía, aunque, a su juicio, eso no le terminaba de hacer escritor, sobre todo a la vista de la calidad de sus escritos. Sin embargo, era una persona honrada, con criterio artístico muy formado y, principalmente, capaz de echarle una mano sin ese disgusto de aquellos que, conscientes de su mediocridad, temen que ésta se haga evidente por comparación con aquel al que ayudan y tratán de hacerle el camino más arduo de lo que es ya en realidad.

Este amigo se quedó asombrado ante la calidad de los textos, y le propuse acompañerla a la editorial de la revista donde regularmente publicaba, aprovechándo que ese día tenía que entregar él unos artículos. En la editorial, el director de la revista compartió la opinión de su amigo y accedió a publicarle no en el número que estaban por cerrar, sino en el siguiente. No quedó todo en palabras, pues hubo un cheque a su nombre que ratificaba la publicación del cuento. Volvió a casa radiante. Y con más ganas de escribir si aun era posible.

Al tercer día de ausencia laboral, recibió una llamada de su supervisor. No vaciló en presentar la renuncia en ese mismo momento, con toda la amabilidad que le exigía el desconcierto de su supervisor, el cual no alcanzaba a entender como, casi de un día para otro y sin ningún motivo especial aparente, uno de sus mejores empleados podía dimitir. Aceptó pasar a recoger la mínima cantidad que la ley aplicaba a este tipo de renuncias intempestivas y dió por terminada la conversación. Volvió otra vez al computador, prendió un cigarrillo y retomó el hilo de donde se encontraba antes de contestar el teléfono.

Por la tarde, pasó a visitarle su amigo escritor. Le mostró los nuevos cuentos que había escrito y, junto a ellos, algunos artículos que le había inspirado el hecho de publicar su primer cuento en una revista. Apenas terminó de leer todo, su amigo se quitó las gafas, se mesó la barba y, dirigiendo su mirada hacia los folios que tenía en el regazo, le propuso ser su agente.

Fue de esta manera que comenzó a publicar con cierta frecuencia en determinadas partes. Cuando su presencia se hizo permanente en algunas publicaciones, no tardaron en llegar las ofertas ocasionales. Un día, poco después de la firma del primer contrato para la edición de una recopilación de sus mejores cuentos, su amigo le dijo:

- Deberías pensar en escribir una novela.

Por toda respuesta, abrió un cajón y sacó un grueso fajo de hojas impresas.

- ¿Has pensado en alguien en particular?



Dado el rumbo que han llevado las cosas hasta el momento, ¿es necesario señalar que su novela fue un éxito? Más de un premio nacional, varios internacionales y numerosas traducciones. Cuando la editorial se atrevió a pedirle una segunda novela, él ya la tenía escrita. Y esta fue la de la consagración definitiva.

Hasta el momento, a pesar de su constante presencia en los medios de comunicación impresos, los medios audiovisuales le habían ignorado debido a su carácter retraído cuando se mostraba en público. Sin embargo, encontraron la formula para sacarle provecho y comenzó a ser un habitual de las tertulias radiofónicas y televisivas, a ser centro de las coberturas de los actos de sociedad, a ser invitado en las secciones de opinión de los noticieros.

No desperdició ni un gramo del festín que la fama le ofrecía. Acudía a casi toda fiesta a la que era infaltablemente invitado; se excedía fortuitamente con el alcohol y probó durante un tiempo las drogas, tanto duras como blandas, alejándose de ambas cosas porque las consideró aburridas; tuvo muchas amantes ocasionales y varias relativamente estables, incluso al mismo tiempo, pero no llegó a aferrarse a ninguna, ni permitió que ellas hallasen más en él que algo pasajero. No tardó en mudarse a una zona más cara de la ciudad, pero no prescindió de la oficina de su agente, sino que trasladó a su secretaria personal a su casa.

Su amigo seguía siendo su amigo, no solamente su agente, y tal vez en eso residía parte de su éxito. Como agente se ocupaba de dosificar las apariciones escritas y de gestionar adecuadamente las públicas. Se encargaba muy especialmente de seleccionar precisamente donde y cuando publicar, aunque principalmente empleaba el criterio de amigo para elegir qué publicar. Porque, a pesar de la fama y los excesos que conlleva en aquellos recien llegados a ella, su producción no había disminuido, sino más bien al contrario. Y esto le alarmaba, pues sabía que, por su bien, debía dosificar su producción por muy enorme y excelente que fuese. Se cuidaba mucho de que él no supiese que no todo lo que escribía se publicaba, ni siquiera la mayoría. Por suerte, él ahora ya no se preocupaba de ver si esto era así. De hecho, dejó de preocuparse al poco de que su nombre comenzó a ser conocido en los círculos periodísticos y literarios.

Todo hubiese continuado de esta manera de no ser por una ambiciosa agencia de representantes, a cuyos oídos llegó la convicción errónea del artista de que toda su obra estaba publicada. Fue maquiavélica la estrategia organizada para que él se enterase de la verdad, pero efectiva. Justo en el momento en que él discutía con su agente - que para él había dejado ya de ser amigo -, y éste esperaba a que sus ánimos se calmasen para hacerle entrar en razón, ahí estuvieron ellos ofreciéndole un jugoso contrato en el que se comprometían a publicar todo el material que no había visto la luz hasta el momento e, igualmente, absolutamente todo el que crease desde el momento de la firma. Él aceptó sin dudarlo un momento.

De esa manera se rompió su amistad con su antiguo amigo al mismo tiempo que se rompía su relación con su antiguo agente. Éste no trató de disuadirlo, pues sabía de lo imposible de esa tarea, pero el amigo se vio en la obligación de aconsejarle vivamente refrenar su producción. Él hizo oídos sordos. El amigo se sintió dolido, pero el agente sintió la satisfacción de aquellos que ven como los demás toman sus errores como aciertos a sabiendas de que, tarde o temprano, la necesidad misma le reivindicará.

Todo marchó sobre ruedas los primeros meses. Una brillante y lujosa colección englobó todo el material que anteriormente había sido ocultado, la cual fue apoyada por una gran campaña de promoción que hacía especial hincapie en este hecho, mellando al mismo tiempo la reputación del antiguo agente. Éste se vió forzado a retirarse, aunque gracias a algunos amigos que aun conservó, siguió publicando ocasionalmente pero bajo seudónimo. Las ventas de la colección de ineditos fue muy elevada, lo que le permitió a la agencia dar salida al nuevo material por medio de una colección de cuentos exclusivos publicada a través de un periódico. Fue cuando el contrato con este periódico concluyó cuando la agencia se dio cuenta de la realidad.

La producción que recibían por parte del artista era mucho mayor de la que podía absorber la demanda. Pronto se vieron en serios aprietos para cumplir el contrato que mantenían con él, y para no correr el riesgo de ser burlados de la misma forma en que ellos burlaron, resolvieron mantener una reunión con él para exponerle de una manera clara y franca lo que ocurría.

Desafortunada es un bonito eufemismo para describir aquella reunión. Él interpretó que le estaban pidiendo que dejase de escribir, por más que ellos insistieron en que tan sólo bastaba con que él mismo se moderase en el material que entregaba para publicar. La agencia había hecho una apuesta pensando en que el ritmo de trabajo del escritor no sería tan elevado como para meterles en apuros con un acuerdo construido, según ellos, para alabar el ego del artista, pero se equivocaron. El comía, bebía, respiraba sólo para escribir. Aun con una agenda repleta, los textos fluían de sus dedos con una celeridad impresionante para cualquier escritor, alarmante para una agencia con un contrato de este tipo.

No se sacó nada en claro de la reunión. Ninguno de los dos quería ceder, y sólo se consiguió que el se volviese más suspicaz, revisando que todo lo que escribía era publicado. Consiguió un abogado para mantener a la agencia amenazada con una tenebrosa demanda en caso de que el contrato se viese incumplido. Sin embargo, en otra reunión, esta vez interna de la agencia, un representante dio con la solución, tan sencilla como efectiva.

Unos meses después, comenzó a ocurrir lo inevitable. Los trabajos del escritor empezaron a ser rechazados. Claro que seguía manteniendo algunas columnas en algunos periódicos, algunos artículos en algunas revistas y secciones en otras, pero el boom había pasado. El mercado editorial se consideraba saturado del autor. La agencia no hizo más al respecto que hacerle llegar las educadas cartas de rechazo, llenas de tantas cortesías intrincadas que hasta llegaban a ser insultantes para la inteligencia. No se comunicaron con él hasta que el número de dichas cartas fue lo suficientemente crecido como para dejarle predispuesto a aceptar las opciones que le iban a plantear. No era necesario dejar de escribir. Tan sólo hacerlo con otro nombre. Los fajos de cartas eran ya tan numerosos, que él cedió.

Por suerte, era lo suficientemente flexible en su estilo como para ser capaz de diferenciarse de si mismo. Toda su obra se vio publicada, pero por diferentes partes, con diferentes nombres. Así fueron corriendo los años, mientras su estilo se desdoblaba una y otra vez hasta ser casi omnipresente en todos los géneros. Su nombre verdadero se hacía público con una cierta cadencia, de manera que no caía del todo en el anonimato.

Así fue que llegó la fecha de vencimiento del contrato. Obviamente, la agencia no quiso renovarlo. Para entonces, todos los representantes literarios sabían de la copiosidad del autor y nadie quiso embarcarse con él en las mismas condiciones que tenía antes. Él decidió entonces representarse a sí mismo, intentando conseguir un contrato con alguna editorial bajo esas condiciones a las que estaba acostumbrado. Lo más que consiguió fue una edición cada 9 meses. Y lo aceptó.

Seguramente habrán visto por las escaparates su más reciente obra. Acaba de salir a la circulación hace relativamente poco. Como todo su trabajo, es excelente, no cabe la menor duda. Tal vez incluso le hayan visto en sus ya escasas apariciones públicas, con excepción de sus intervenciones semanales en un par de tertulias radiofónicas. Se le ve sereno, tranquilo, sobrio, maduro, satisfecho. Pero no se dejen engañar, continua escribiendo con el mismo impulso frenético que le llevó al estrellato y que luego le relegó a ser un simple planeta más de este sistema solar que muda cada cierto tiempo de astro. En su casa se amontonan una tras otra obras que jamás verán la luz. Su biblioteca se halla compuesta únicamente por volúmenes que él ha escrito y que una imprenta, bajo el más reservado secreto, le imprime como si estuviesen publicados por una editorial. Yo he tenido la oportunidad de leer algún que otro libro, y ninguno tiene desperdicio. Sin embargo, aun así muriese en este mismo momento, jamás se podría terminar de leer su obra. Lo peor es que goza de buena salud, y hasta que su mano desfallezca no dejará de escribir libros que nunca nadie llegará a leer.


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