Del Lastre que es el miedo

Categoría(s): historia

 

Me llamo María Josefina Martínez, estoy por cumplir los treinta años de edad, me crié en una familia Cristiana Evangélica y por tal razón nunca supe nada de borracheras, ni drogas y ni remotamente entendía que le pasaba a mi esposo y su extraño comportamiento, el cual incluía agresiones físicas, todo tipo de ofensas, en muchas oportunidades frente a nuestra pequeña niña.

Una mañana, viendo un programa de televisión comenzó a aclararse mi mente, el entrevistado iba dando uno a uno los indicios que confirmaban mis remotas sospechas; cambio repentino de estado de ánimo, un colirio siempre en los bolsillos, pérdida de apetito, taciturnidad, toma de agua a cada momento y  aliento de fuerte olor. Aquel repugnante hedor que brotaba de su boca y el cual sentía muy de cerca cuando en sus contantes arrebatos pasionales, luego de una imprevista golpiza que soportaba estoicamente, tratando de no producir gritos que pudieran alterarle más de lo que estaba o despertar a la niña, me besaba repetidas veces saciando su lascivia. Ya no había dudas, el muy desgraciado consumía drogas, algo debía hacer para darle fin a este capítulo oscuro de mi vida, pero, tenía tanto miedo, que en muchas oportunidades me había llevado al extremo de pensar en el suicidio.

Con mi madre no podía contar, siempre me aconsejaba que la mujer debía soportar los maltratos del hombre que había escogido como esposo, porque el matrimonio era indisoluble, por el contrario mi madrina cuando me conseguía golpeada y llorosa, me decía que no tenía que aguantarle palo a ningún hombre, que le diera yo también. Que le iba a estar dando yo nada, si de solo escuchar sus llaves cuando abría la puerta al llegar a casa, sentía que el estómago se me retorcía del pavor que me producía aquel ser.

El día lo pasaba dentro de lo que se puede llamar bien, pero al llegar el atardecer y acercarse la hora de su retorno comenzaba a debilitarme, unas intensas nauseas me invadían y pensaba cosas como que me merecía aquello que me pasaba, por ser tan estúpida como era.

Cuando sentía que llegaba entrada la noche, me hacía la dormida, esperando que se acostase sin que nada pasara, pero muchas veces me daba un estirón en los cabellos levantandome de un tirón, para luego estrujarme la cara gritandome todo tipo de improperios. Constantemente me acusaba de acostarme con otros hombres, yo llena de pánico solo le hacía gestos negativos con el rostro.

En varias oportunidades llegó a mi lugar de trabajo formando escándalos, yo abochornada trataba de calmarlo, hablandole muy bajo para que los compañeros de oficina no se enteraran, pero me gritaba !Ramera¡ a todo pulmón y me acusaba de traicionarle con muchos hombres. Luego de irse, quedaba llorando desconsolada, sintiendome atrapada, sin saber que hacer.

Aquella tarde mi hermano me llamó al trabajo (enterado por boca de mi madrina del vía crucis que vivía), me invitó a vernos a la salida. Nos sentamos en una fuente de soda cercana a la oficina y luego de conversar de diferentes temas, sin profundizar ninguno, me dijo que me había inscrito en una serie de talleres sobre autoestima que comenzaban al día siguiente en una sala de Parque Central, quise justificarme en que no podía ir por los inconvenientes en el hogar con mi esposo, él me insistió y me confesó que precisamente esos problemas lo habían motivado a inscribirme en tales cursos.

Toda la noche y al día siguiente la pasé aterrada ante la idea de asistir a aquel cursito, invento de mi hermano, el solo pensar que German llegara a casa primero que yo, me asustaba haciendome pensar en lo peor, sin embargo, al entrar la tarde, algo internamente me decía que debía ir a aquel lugar una voz me gritaba una y mil veces que mi hermano siempre había respetado mi intimidad y por algo me invitaba a aquel sitio.

Allí me sentí a gusto, rápidamente entendí que la mayoría de los asistentes enfrentaban problemas tan o quizás más grave que los míos.

El miércoles de la siguiente semana asistí puntualmente, pero fue a la tercera semana cuando con tan solo leer el título del taller quedé impresionada, ese día se hablaría "Del Lastre que es el miedo", desde el inicio de aquella charla de apróximadamente tres horas de duración comencé a sentir que hablaban de mí, e increiblemente yo siempre callada, tratando de que no se percataran de mi existencia en tres ocasiones levanté mi mano participando en las dinámicas. Cada quien fue confesando a que le temía y por qué, me costó cnfesar mi miedo, pero al hacerlo sentí que me liberaba.

Aquella noche, al caminar por los desiertos pasillos de Parque Central me sentía diferente, pensaba de otra forma, una especie de vitalidad me invadía a cada paso que daba.

Al llegar a casa, Germán veía televisión sentado en el mueble con una cerveza en la mano, al entrar me miró levantandose iracundo, se me encimó tomándome por el brazo. -¿Que te pasa?- Le grité, zafándome con un movimiento brusco, por un momento pareció confundirse ante mi inesperada reacción, se encolerizó y me soltó un manotazo en pleno rostro, sentí el crujir interno de los huesos de mi nariz, luego comenzó a ahorcarme, creo que quería que le suplicara como otras muchas veces lo había hecho, pero les confieso, no tenía ni una pizca de miedo, luego, me empujó al cuarto lanzándome a la cama, desgarró mis ropas y me realizó el sexo violentamente, como tantas veces lo había hecho, pero por primera vez sentí que aquella noche aquel acto me humillaba y decidí que ya no más.

A la mañana siguiente muy temprano me presenté en la jefatura, los dependientes de aquella institución al verme en aquel estado me enviaron en una patrulla al médico forense.

Germán fue citado y le prohibieron que se acercara a mi hogar, estuvo varios días detenido.

Aquellos días sin él sentí que era posible una nueva vida, descubriendo que sonreía continuamente.

Una semana después se apareció en la oficina y de entrada me llamó puta, no se con que ímpetu me levanté en la silla en que estaba, acercándome a él y con mi rostro muy cerca del suyo le grité a todo pulmón ¡si, soy puta y qué!

Estupefacto me miró desconociéndome, alejándose sin pronunciar palabra, hasta el sol de hoy.

 

 A todas las María Josefinas que aún quedan en nuestros pueblos.

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Comentarios:

Escrito por: lau       01/05/08 06:22
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corazón!!.... muy buena historia otra más de la vida real!!!, pero como dice ese famoso dicho: "el valiente vive hasta que el cóbarde quiere", y ojalá nadie absolutamente nadie se dejara mangonear así...........la dignidad ante todo y el respeto por delante...................buen relato me gusto mucho, ilustrativo......un abrazo muy fuerte.............
Escrito por: MarZuLu       21/04/08 03:01
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Contundente narrativa que con crudeza se aproxima a esa realidad que palpita en nuestros tiempos, imágenes connotativas, terribles escenas que deben considerarse y re plantearla en los ministerios públicos.

Muy interesante, me atrapó desde el inicio.
Abrazos
Lucy
Escrito por: Abedul       01/04/08 03:10
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Impactante y crudo.
Como la vida misma.
Escrito por: Alicia2050       30/03/08 19:11
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Ay, amigo el caso es de las miles de mujeres que por no saber afrontar su vida sola ven pasar los años, muy bueno el escrito en contra de la violencia familiar..tu amiga de siempre....
Páginas: 1

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