


| Escritor: | hanksaul |
| Públicado: | 29/06/2012 |
El marco introductorio es como muchos otros, algo predecible. Una estancia simple, con muebles suficientes para que no se note el vacio, con puertas que comunican con otras habitaciones; recamaras, baño, cocina, ese tipo de cosas.
La casa es mía y había invitado a L. para beber, charlar y ver una película. Al entrar lo primero que llamo su atención fueron mis reproducciones de Chagall decía que cuadros tan coloridos, le daban una atmosfera agradable y que según su maestra de feng shui ayudaban a limpiar de energías negativas toda la casa. Yo me limitaba a sonreír y a acompañar sus pasos, guiado por el perfume a flores que desprendía su cabello.
Todo bien, una historia común, como cualquier otra. Dos personas que se conocen, se agradan, se gustan y debido a la atracción mutua, se encuentran a solas, diciendo lo que hay que decirse, haciendo lo que hay que hacerse, la dosis exacta de tímida coquetería. Una simple historia de amor hasta que ..
L. descuidada me dio la espalda, aproveche y la golpee una sola vez, de manera contundente y seca. Justo detrás de la oreja derecha. Su cabeza hizo ploc o no exactamente pero algo así, un ruido sordo y apagado. Se desvaneció justo, cayó de mala manera, de boca contra la alfombra. Una de sus piernas quedo flexionada bajo la otra, dibujando un arco extraño. Me incline junto a ella y trate de acomodarla, al moverla note un poco de sangre sobre su frente.
Me asuste, retrocedí un poco, me puse de pie. Fui a la cocina por un vaso de agua. Lo bebí ahí mismo, luego me serví otro. Bebía lentamente y mientras, veía por la pequeña ventana como la noche llena de sombras, comenzaba a apoderarse de la ciudad.
Regrese a donde estaba. Seguía ahí tirada, respirando tranquilamente. Si otra persona la hubiese visto y no hiciera caso a la sangre y pasara por alto la extraña posición de las piernas, seguramente creería que dormía. Tome asiento en un sillón y me puse a fumar, puse también algo de música, algo tranquilo un cuarteto para violín y piano de Ernest Chausson.
El cuerpo tirado en la alfombra, el humo, la música, la tranquilidad, la paz que se sentía y se respiraba, la noche deslizándose sin parar, toda la escena representándose en ese momento estaba tan llena de trágica dulzura que estuve a punto de ser feliz.
Lo único que me molestaba un poco y casi lograba ponerme enfermo era la sangre, la sangre tan roja, con su olor dulzón y metálico y la consistencia pegajosa que adquiere una vez coagulada. Una gran costra se había formado en su cabeza justo donde le había dado el golpe. Tome su cabello para girarla y limpiar su frente y solo toque una masa gelatinosa que me dio un poco de asco.
Fui de nuevo a la cocina y me lave la mano en el grifo. De vuelta a donde estaba L. o el cuerpo de L. tome papel absorbente y un líquido para limpiar. Me serví un whisky, tome de nuevo asiento sobre el mismo sillón donde estaba antes. L. aun seguía respirando, solo que un poco más de prisa, ocasionalmente escupía y soltaba un quejido casi imperceptible, como un gato pequeño o como un murmullo.
Paso un tiempo, diez- quince minutos y movió un pie, luego un brazo. Me le acerque y me senté sobre su pecho. Cuando abrió los ojos, mis manos estaban aferradas a su cuello, apreté fuertemente. Confundida o mareada como estaba no intento defenderse, tan solo se apodero de ella un temblor muy leve, como si tuviera frio. Seguí apretando hasta que dejo de moverse y los ojos se le pusieron rojos. Fue algo sencillo y lo disfrute tanto, sobre todo su último aliento, su última bocanada, su última mirada, llena de lágrimas, de miedo, de muerte, de oscura resignación, de libertad.
Me le quede observando, sin moverme, aguantando mi propia respiración, mi pensamientos guiados por las notas de la música, trágica y dulce, todo a un mismo tiempo. Seguía tan bella, tanto como un ángel. Como una de esas hadas de los cuentos que nos cuentan para dormir, cuando somos niños. Increíblemente bella y tranquila, esa tranquilidad que solo trae la muerte. Casi perfecta. Y digo casi, porque aun le faltaba algo. Tenía que ser mía, pertenecerme por completo, quedarse conmigo. No, más bien quedarse en mí para siempre. .. comencé por comerme sus ojos.
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