Me llamo Danae. Soy hija de Acrisio, rey de Argos y de Eurídice. Pero mi vida
transcurre encerrada en la mazmorra que mi
cruel padre dispuso para mí.
Constantemente vigilada, custodiada por la guardia real, me resulta
imposible la huida hacia una libertad que tanto añoro. Pues no tanto
anhelo la libertad en sí sino la posibilidad
de sentir por fin aquello que mi árido cuerpo de mujer desea sedienta.
Sueño noche y día con los brazos envolventes y fuertes de un hombre que me haga
sentir la mujer que soy y que mi padre se afana en
impedirme.
Cuando pienso en ello mis pezones se endurecen, mi vulva enrojece, se humedece y se vuelve turgente. Rozo mi clítoris con mis dedos y noto
cómo crece pidiendo a gritos un macho capaz de
complacerme.
Mi vagina, jugosa, se abre en demanda de ser penetrada por un auténtico falo, esa parte masculina que aún no
conozco pero que descubrí hace días por vez primera cuando al salir
mi sirvienta de mi celda vi cómo uno de mis guardianes la
agarró por la cintura empujándola hasta un rincón donde mi
mirada podía llegar a través de la celosía por la que difícilmente
logro divisar el exterior.
El guardián envolvía el cuerpo de mi sirvienta con el suyo y
los dos, jadeantes, se entregaban en besos y caricias interminables. De repente él
arrancó la túnica de mi sirvienta y dejó aparecer su denudez... Mis
ojos intentaban no perder detalle y con afán contemplaban la
escena, salvando el obstáculo de recios muros que se interponían.
Entonces el guardían se quitó su ropa y en ese preciso momento fue
cuando descubrí por primera vez algo que mis ojos no recordaban haber
visto en toda mi vida, pero sin embargo, intuía que ese apéndice
sobresaliente, rígido, erecto, era lo que verdaderamente distinguía
físicamente a un hombre de una mujer y con lo que, introducido
en nuestro vacío hueco corporal, nos haría sentir un gozo y
placer inusitados.
Fue entonces cuando lo vi realmente con mis propios ojos... El guardían
agarró a mi sirvienta y le introdujo ese miembro erecto en
su cavidad mientras lo empujaba hacia dentro y hacia fuera en cíclicas
sacudidas que hacían a los dos cada vez estar más encendidos,
jadeando de puro placer, que transmitían, pues sentía
mis pezones erizarse, mis senos endurecerse, recorridos
por una especie de hormigueo, y mis muslos recibían el fluido
que mi vagina, inundada por una extraña sensación y deseo de ser
llenada, destilaba en cantidad.
Transcurrían mis tristes días en desesperación y abulia sólo mitigadas por el recuerdo de la escena vista y por las amenas
conversaciones entre mis guardianes y sirvientas.
Entre los temas que llegaban a mis oídos, uno llamó especialmente mi
atención cuando hablaron de las peripecias y aventuras extraconyugales
de un afamado dios llamado Zeus, capaz de ingeniárselas para
llegar a cualquier mujer que fuese objeto de sus deseos. Imaginé a Zeus
con un cuerpo de hombre perfecto; el hombre que me hubiera gustado
sentir en mis entrañas y que, desde ese preciso momento,
convertí en imagen real de mis deseos.
Zeus había oído hablar también de mí, que encerrada bajo la
cruel custodia de un ambicioso y temeroso padre, no había conocido
varón y deseó poseerme. Desde entonces el deseo de
los dos se hizo creciente hasta que Zeus inventó una de sus famosas
estrategias para acceder carnalmente a mí. Yo esperaba ansiosa el
momento y no había ya nada más que ocupara el centro de mis
pensamientos.
Tenía la certeza de que él me rescataría de mi
insoportable encierro, me sacaría de allí con sus innumerables poderes
y me llevaría muy lejos en su corcel hasta el maravilloso lugar
donde me haría suya y viviríamos nuestra gloriosa aventura erótica.
Lejos de la realidad estaban mis pensamientos e ilusiones. Zeus ciertamente me deseaba con la locura propia de un dios desaforado y
arrebatado por la pasión sexual, pero me habría de poseer allí mismo,
en mi mazmorra, burlando la vigilancia de mis
guardianes.
Una noche primaveral Zeus tomó apariencia de lluvia de partículas de oro que
caían como meteoritos del cielo y penetraban por el ventanuco y las
rendijas de la celda donde me hallaba presa.
Zeus llegó a mí en esta forma, me envolvió entera en oro, como merecía
la hija de un rey, me trasmitió el más sublime de los placeres
carnales; me poseyó, me horadó, me inundó y penetraron en mi interior
cantidad de esas partículas de oro que contenían en su núcleo el más
potente semen que un dios atraído por mujeres mortales era capaz de
producir para engendrar vida en la tierra, vida de héroe. Y así fue
como despositó en mí la semilla de Perseo, el héroe que habría de ser
nuestro hijo y que nacería de mi especial unión con Zeus.
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